Jueves, 09 de Julio de 2020

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Mario Ocaña

'La ventana'

La ventana de mi cuarto siempre aspiró a ser el espejo de popa de un velero bergantín pero tuvo que conformarse con ver de lejos el mar de la bahía y sentir resbalar por sus cristales solo el agua que los temporales de lluvia traían desde el poniente

La ventana de mi cuarto siempre aspiró a ser el espejo de popa de un velero bergantín pero tuvo que conformarse con ver de lejos el mar de la bahía y sentir resbalar por sus cristales solo el agua que los temporales de lluvia traían desde el poniente.

En esta temporada que llevamos confinadas he visto, desde la ventana, pasar las estaciones y desaparecer la mayor parte de las rutinas de la calle de antes, sustituídas ahora por otras nuevas en las que antes quizás nunca habiamos reparado y ahora sí. Por las mañanas se ha vuelto familiar la figura solitaria de la mujer que limpia la calle, con su uniforme fosforecente, su constancia y su puntualidad. Tan familiar como el silencio, apenas roto ahora por el cambio de marcha del autobus cuando sube resollando la cuesta. La ausencia de ruidos hace que el tintineo de las bombonas de butano de la camioneta de reparto se escuche desde lejos, haciendo que los vecinos la oigan como antes se escuchaba la flauta de los afiladores, ofreciendo su producto.

Desde la ventana he visto a los caminantes mañaneros al trote y a los ciclistas sudando la gota gorda para recogerse antes de que se les acabe el horario deportivo diario. También la llegada de la primavera en los brotes nuevos que despuntan en las copas de los árboles cercanos, donde han anidado mirlos gritones de picos amarillos y palomas turcas que muchas tardes, cuando el sol ya no quema, se pasean por el pretil de la ventana, mirando al interior curiosas y escudriñando, siempre inquietas, los cristales que reflejaban sus ojos redondos y sus perfiles suaves. En los aleros de las casas de la calle se ha vuelto a oir el piar de los pollos de las golondrinas que, desde hace décadas, vuelven todos los años por estas fechas llenando el aire de piruetas vertiginosas y trinos.

Este confinamiento se ha llenado con pequeñas cosas. Detalles simples como el correteo de las lagartijas entre las macetas del patio o la observación de las nubes que corren por el cielo arrastradas por el viento.

Un cielo en el que han desaparecido las rayas blancas que antes dejaban tras si dibujadas el vuelo de los aviones.

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