Viernes, 10 de Julio de 2020

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A veces, la noticia se monta como un puzzle. No se trata solo de distinguir entre la información falsa y la verídica

La primera señal de que ocurría algo fue el mensaje de Whatsapp de una compañera, pasadas las diez de la noche. Aseguraba que había habido tiros en Orillamar y un coche se había dado a la fuga en medio del chirrido de las ruedas. Había un herido y el tirador estaba atrincherado en un piso. La cosa prometía. Cuando mi jefa me llamó, ya estaba atándome los zapatos y a punto de salir por la puerta. "Ten cuidado", me dijo. Yo le respondí que habría que hablar de un aumento de sueldo. Hubo un silencio al otro lado de la línea, lo que interpreté como una señal de que su interés por mi bienestar no llegaba tan lejos. Cogí las llaves y arranqué en dirección a las viviendas sociales conocidas como Los Arcones. Aquellos dos bloques, construidos durante el largo mandato de Paco Vázquez, se habían levantado para alojar a las familias gitanas que antes vivían en las chabolas junto al cementerio de San Amaro, pero habían acabado convirtiéndose en un foco de inseguridad y narcotráfico, el más importante de la ciudad, ante el que los sucesivos gobiernos municipales se limitaban a ponerse de perfil.

Hacía solo dos años, aquel lugar había sido el escenario de uno de los mayores logros de mi carrera, al adelantarme a la mayor redada policial en A Coruña en lo que iba de siglo. Cuando se desplegaron los antidisturbios de madrugada yo ya estaba allí, y pude disfrutar de los primeros momentos de la acción en exclusiva. Desgraciadamente, sufrí una confusión con el fotógrafo y para cuando llegó, ya se había montado el cordón policial. Conseguimos algunas buenas fotos, pero aquello bastó para convertir mi presunta victoria en una anécdota agridulce. A medida que iba recordando todo aquello, una mezcla de resentimiento y depresión comenzó a invadirme, y mi estado de ánimo no mejoró cuando me encontré en el lugar a los redactores y los fotógrafos de la competencia charlando tranquilamente en una esquina.

La escena no aclaraba gran cosa: se veían varias docenas de policías locales y nacionales charlando con unos sujetos, y todos los vecinos estaban asomados a las ventanas. Todo parecía demasiado tranquilo. No había cordón policial, ni coches con las luces de emergencia puestas, ni un helicóptero sobrevolando los tejados. Aquello terminó por eliminar cualquier rastro de la euforia que me había provocado la mejor noticia de sucesos en lo que iba de año, un año que había llenado las páginas del periódico de cadáveres, excepto en la página de sucesos. Pasó una hora, durante la cual llamé o envié mensajes a todos los policías que conocía. Sugerí a mis colegas de otros medios que podían irse, que yo me encargaría de avisarles de todo lo que ocurriera, pero mi amable ofrecimiento solo obtuvo como respuesta unas risas sarcásticas. Esperamos todos juntos la llegada de los GEOS, los tipos de fuerzas especiales que se encargan de rescatar a rehenes o, como en ese caso, asaltar casas donde se habían hecho fuertes sujetos armados. Sin embargo, no llegaron a aparecer. Quizás estaban en medio de una tabla de abdominales y no podían interrumpirla, como un sonámbulo al que no se debe despertar de golpe.

En todo caso, el sospechoso salió por sus propios medios y los policías se ocuparon de sacarlo de allí antes de que sus vecinos le arrancaran la piel a tiras: gritaban desde las ventanas prometiendo venganza. Era una cacofonía horrible de la que yo intentaba extraer alguna información útil. Una vecina de por ahí, una mujer bajita, con el pelo recogido en una cola de caballo, se acercó e hizo algún comentario que dio a entender que sabía qué estaba pasando. Me acerqué a ella caminando de lado, igual que te acercas a una tía buena en un bar, y conversé con ella como quien no quiere la cosa, en plan cotilleo para pasar el tiempo. Me contó algunas cosas, pero no las pude confirmar, y aquello me obligó a publicar una noticia descafeinada. La competencia tenía el mismo problema. Los escasos detalles no coincidían entre una noticia y otra. Unos se habían enterado de un detalle, y otros de otro. Había una pistola, un cuchillo, un piso, un sospechoso, un detenido. No, dos. Había un herido, pero este estaba grave. No, solo había sufrido un rasguño y estaba fuera de peligro.

A veces, la noticia se monta como un puzzle. No se trata solo de distinguir entre la información falsa y la verídica. A menudo descubres que datos aparentemente contradictorios solo necesitaban que los colocaras en el orden correcto para que tuvieran sentido, así que no fue hasta el día siguiente cuando obtuve suficientes piezas y el orden correcto como para contar la historia. Por supuesto, tenía que ver con drogas.

La cosa pudo ser así: hay un tipo al que apodan "Maíto", un toxicómano cuarentón que tenía como proveedor a otro sospechoso sujeto, "Tarzán". Supongo que lo apodan así por lo del mono, o quizá le guste llevar ropa interior de leopardo. Quién sabe. En fin, que "Tarzán" dejó de aprovisionarle por razones desconocidas. "Maíto" estaba desesperado. No solo tenía que atender a su propio mono, sino a sus clientes, porque se ganaba la vida vendiendo al por menor. Decidió recurrir a otro narco de las viviendas sociales, apodado el "Puma", que había sido detenido en la redada de hace dos años y ya estaba en libertad, pero no se hallaba en casa en ese momento. Sin embargo, "Maíto" se encontró en la plaza que separa ambos bloques de viviendas al padre de este, un pastor evangelista. Y ahí es donde se complica la trama.

No era una cuestión solo de drogas, también había sexo de por medio: el tal "Maíto" está casado con una familiar del "Puma", pero había abandonado a su legítima para vivir con otra mujer, así que había resquemor. El pastor se lo recriminó allí, en público. Hubo gritos y reproches. Los otros gitanos comenzaron a acercarse y a discutir y la situación se descontroló rápidamente. La sangre calé, que de natural tiende a calentarse, hervía. De repente, "Maíto" estaba forcejeando con un montón de tipos furiosos. "A tu mujer, la respetas". En esto que el futuro herido de bala, un chico de 21 años, también hijo del pastor, se metió en medio para sacar a su evangelista padre de allí. Más confusión, más gritos, más golpes. Entonces sonó el disparo. Los demás consiguieron arrebatarle el arma a "Maíto", que corrió a refugiarse a su casa, y el resto de los testigos se dispersaron para desaparecer antes de que llegara la Policía.

Quizá por eso a los agentes les costó descubrir que la víctima estaba en la Casa del Mar, adonde había acudido por sus propios medios para curarse el rasguño que había recibido en la mano. Juró y perjuró que no sabía que había recibido un disparo, y de hecho había explicado al facultativo que se había cortado la mano. "¡No mientas! ¡No le protejas!", le gritaron desde las ventanas. Así que el chaval rompió el código de silencio gitano y dijo que sí, que había sido "Maíto". Ese se encontraba todavía en su casa con la única compañía de su mono, tirado en una cama o en el sofá, con un cuchillo en la mano por si su familia política asaltaba su casa. El patriarca, o quien fuera, trató de convencerle de que saliera, pero en vano. El tiempo se acababa y a los GEOS solo les quedaban un par de flexiones por hacer. A los policías les entregaron el arma arrebatada. Por fin alguien apareció con las llaves y pudieron abrir la puerta. Allí estaba "Maíto", de bajón. No opuso resistencia ante unos policías que se habían convertido en sus mejores amigos. Salió agachado y más escoltado que detenido, entre amenazas de muerte que le gritaban desde arriba, como un árbitro de segunda división.

Ahora a "Maíto" le aguarda un juicio por agresión con arma de fuego, y tenencia ilícita de armas. Con su historial, acabará en Teixeiro, eso seguro. Así hará tiempo mientras pasa su otra condena: la justicia gitana, mucho más rápida, expeditiva, patriarcal e isotérmica, ha decretado su destierro. Hasta que se enfríen los ánimos.

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