Miércoles, 05 de Agosto de 2020

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De Jordi Martínez y del Borbón

Diego Luis Fernández Vilaplana, profesor de Geografía e Historia

Diego Luis Fernández Vilaplana, profesor de Geografía e Historia

Diego Luis Fernández Vilaplana, profesor de Geografía e Historia / Radio Alcoy

La monarquía española agoniza. El calvario empezó con el caso Noós, luego se cobró la vida de un paquidermo botsuano y terminará sentenciada por Corinna y los millones saudís. Los últimos escándalos hacen tambalearse a una institución construida, como un castillo de naipes, sobre el mito de la transición (Gallego, 2008) y el cuento del 23F, cuando el rey dudó (de Silva, 1996).

La prensa internacional quiere cobrarse una pieza de caza mayor y Juan Carlos de Borbón está a un tris de sentarse en el banquillo de los acusados, falta saber en qué país. Primero fue el Tribune de Genève quien desveló que el rey emérito escondía 100 millones de dólares en Ginebra. Dinero que, al parecer, le donó en 2008 el rey de Arabia Saudí, Abdulá bin Abdulaziz. El tirano recibió a cambio el Toisón de Oro.

Días después, The Daily Mail se hizo eco de la denuncia de Corinna ante la justicia británica por presuntas amenazas del emérito. Una complicada historia de amor que el dinero, como siempre, terminó por estropear. Pero el Premio Pulitzer será para The Telegraph, tras destapar que Felipe VI es beneficiario de la fundación que recibe comisiones saudís.

En Zarzuela y Moncloa debieron saltar las alarmas. En pleno tsunami sanitario por la COVID, compareció el rey, el nuevo, para anunciar que renuncia a su herencia y que retira la paguita de 200.000 euros a su padre.

Tras la trama acechan la fiscalía helvética, la británica y la del Supremo en España.

Imaginamos a Juan Carlos pasmado ante el revuelo desatado por unas minucias, cuando su fortuna, según The New York Times, asciende a 2.300 millones. Riqueza amasada tras años de arduo trabajo, suponemos, al margen de la jefatura del estado.

El tema es peliagudo, no hay duda, porque afecta a los cimientos del régimen. A golpe de escándalos económicos, se empiezan a escuchar voces críticas con la monarquía restaurada que se fraguó en la leyenda de la democracia regalada al pueblo. El propio Juan Carlos echó mano del argumento tras abdicar: “La Transición que Adolfo y yo impulsamos” (El País, 23/3/2014).

La perspectiva que nos da el tiempo, sin embargo, nos ayuda a entender mejor “un proceso político construido sobre la impunidad y el olvido” (Espinosa, 2005) que concluyó con “la autorreforma del franquismo” (Vidal-Beneyto, 1980). En definitiva: “Una Transición de risa” (Fontana, 2000).

El asunto, como era de esperar, aterrizó en el Ayuntamiento de Alcoi a colación de una placa conmemorativa de la visita de Juan Carlos en 1976, que preside la escalinata del consistorio junto a L’arrastrà de Pelletes de Ramón Castañer (sin relación aparente). La portavoz de Guanyar Alcoi, Sandra Obiol, pidió la retirada (de la placa, no del cuadro) en señal de protesta por las presuntas fechorías relatadas.

El problema es que en el pleno de nuestro Ayuntamiento hace años que no existe ningún tipo de debate. Quien ejerce de hecho el mando, a pesar de no ostentar la vara, tiene una peculiar visión de la política. Y aunque el viernes se destapó como un ferviente monárquico leal a Juan Carlos, aplica el modelo caciquil de tiempos de Alfonso XIII. En cinco minutos dio carpetazo al tema entre insultos y gritos. Y, tras argumentar que “la sociedad evoluciona socialmente”, finiquitó la arenga con un “¡Yo soy de Jordi Martínez!” que bien pudo ser un “¡Muera la inteligencia!”.

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