Viernes, 18 de Septiembre de 2020

Otras localidades

El Estilita

Transparencia informativa

Llevaba una semana en la nueva sede de la redacción y todavía no me había acostumbrado a estar allí sentado mientras al otro lado del cristal caminaban los transeúntes, que nos miraban de reojo. No podía evitar sentirme expuesto, como si la vidriera transparente fuera un escaparate, y yo fuera una especie de maniquí, o uno de esos cachorrito tan monos que ponían en las tiendas de mascotas, antes de que decidieran que era cruel y lo ilegalizaran. Pero yo no soy tan elegante y esbelto como un maniquí, ni tampoco un perrito adorable (algo que siempre he lamentado) y nadie considera que sea cruel exponerme a las miradas de la gente.

Parece increíble que añorara la vieja nave industrial en la que había malgastado casi quince años de mi vida, pero así era, y no solo por el aparcamiento gratuito que teníamos. El traslado nos había pillado en plena pandemia, así que la mayor parte de mis compañeros seguía trabajando de manera telemática, pero yo había acudido a diario a la nave incluso durante el confinamiento porque encuentro que en la redacción me concentro mejor que en casa. Creo que soy incapaz de concentrarme en calzoncillos, tirado en el sofá, pero parece que soy el único al que le ocurre eso. Estaba habituado a ser el único que acudía a la redacción por la mañana pero ahora estaba solo por la tarde, también. Había una recepcionista, pero se iba a las ocho de la tarde, y me quedaba yo solo. Los ordenadores seguían encendidos, dado que mis compañeros los manejaban desde sus casas. Si encendías las pantallas, podías ver como las cajas de texto se abrían y cerraban, los textos se escribían solos y el cursor se movía de un lado a otro, como si hubiera un fantasma en la redacción vacía. Todo estaba en silencio, excepto por el ruido que hacía mi teclado.

Allí había habitaciones que no había pisado nunca, así que la última noche me levanté de la silla y caminé por las instalaciones vacías, por la sala de archivo donde se guardaban las fotografías y documentos que no habían vendido a la Ciudad de la Cultura, por las oficinas de comerciales, por la vieja sala de los fotógrafos, por los despachos polvorientos que ya hacía años que nadie utilizaba y por fin, por la gran nave vacía en la que antes había estado la imprenta, esa gran máquina que cuando era joven, hacía temblar toda el edificio cuando se ponía en marcha. Podías escuchar el ruido que hacía e incluso verla a través del ventanal que la separaba de la redacción mientras los operarios la alimentaban con enormes rollos de papeles igual que nosotros la alimentábamos con titulares y fotografías. No era una bestia quisquillosa: comía todo lo que le arrojaran, desde una exclusiva a un artículo de relleno y bebía tinta de forma insaciable. Pero habían pasado los años por ella igual que por mí, y cada vez costaba más repararla y no podía cumplir las exigencias de impresión de fotografía en color. Al final, la habían vendido a un periódico de Egipto. Resulta que la ley islámica prohíbe la imagen y ensalza la palabra escrita, aunque no la libertad de expresión.

Ya se habían ido muchas compañeras antes que la imprenta, y a ellas las echaba de menos mucho más que a aquella máquina, pero no era lo mismo. Para mí, que la imprenta desapareciera era un símbolo de una época que también se iba, un cambio que no sabía cómo afrontar y que me entristecía. De niño, había aprendido que en los cambios siempre pierdes algo, como en las mudanzas. No importa que vayas a un lugar mejor., suponiendo que eso sea lo que es la nueva redacción. El periódico para el que trabajo tiene más de cien años, y yo también me siento ridículamente anticuado, quizá por eso me parece que la gente que pasa caminando me observa como a un bicho raro en un frasco. Sé que son imaginaciones mías: desde el otro lado del cristal de la nueva redacción, es imposible saber qué estoy escribiendo para algo tan obsoleto como un periódico local en papel.

Por eso me sorprendió tanto cuando se asomó por la puerta que se encuentra frente a mí una señora. Llevaba un sombrero y un paraguas colgaba de su muñeca y sonrió a modo de disculpa por la intrusión. "¿Esto es lo de los periódicos? ¿Es aquí donde ponen anuncios?". Traté de explicarle que yo era redactor, que allí se escribían noticias, y que la sección comercial se encontraba en Pocomaco, en la vieja nave. Me di cuenta de que la buena señora no entendía nada pero parecía reacia a marcharse y seguía con aquella sonrisa de usted me perdone. Mi paciencia se agotaba por momentos. "Si no pregunto no aprenderé ¿No?", me dijo. Yo asentí y le dije que claro, que por supuesto. Que allí, ante todo, transparencia.

Cargando

Escucha la radio en directo

Cadena SER
Directo

Tu contenido empezará después la publicidad

Programación

Último boletín

Emisoras

Elige una emisora

Cadena SER

Compartir

Tu contenido empezará después de la publicidad

Cadena SER

¿Quieres recibir notificaciones con las noticias más importantes?