Domingo, 01 de Noviembre de 2020

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La Columna de Rafa Gallego

Lacrimales

Hay un amigo mío, no voy a decirte el nombre, que es que le hablas del Camino de Santiago y se pone a llorar. Dice que es que no puede evitarlo, que no sabe muy bien por qué, que no sabe si es de ahora o es de siempre, pero que es muy sensible y, como tuvo una experiencia tan intensa haciendo el Camino, le cuesta mucho hablar de ello sin contener las lágrimas. Él nunca se imaginó que fuera a tener una experiencia tan intensa, que le pudieran ocurrir las cosas que le pasaron y se emociona tanto al recordarlo que llora como lo que es, como lo que somos, como un niño pequeño.

Ya que estamos de experimentos esta temporada, te invito también hoy a que, sin pensar mucho, cierres los ojos y te veas llorando. No me interesa saber la última vez que lo has hecho, eso solo es una cuestión de ordenación en el tiempo. Lo que quiero que veas es otra cosa. Cierra los ojos cuando yo te diga y deja que brote en tu imaginación la foto de tu llanto, ese llanto desconsolado e informe, esa brutal erupción de lava ardiente en el volcán de tus lacrimales. No la última. No la más intensa. No la más dolorosa. No busques en un ranquin. Deja solo que ocurra y trata de ver qué te pasa, con qué conectas esa emoción, qué dibujo sacan de ti tus lágrimas.

Voy a entretenerte un poco para que no sea tu razón la que te dirija, porque si te paras a pensar, vas a encontrar tantas cosas por las que ha valido la pena llorar, que vas a enloquecer tratando de decidirte. Lloraría con gusto por los secretos atravesados en las noches de insomnio, los tuyos y los míos, claro. Los de todos. Lloraría a raudales por las comisuras del espanto, el cielo de las pesadillas, la amargura de los desencuentros enclavados en calvarios insoportables. Lloraría por la simpleza, de tristeza y de alegría podría llorar por eso, según el trazo grueso de la mañana lo haría. Por la desolación espantosa del miedo. Por el miedo. Lloraría por todo ese miedo, sí. El miedo a no controlar los contagios me apena tanto o más que los contagios. El miedo a vivir la vida me provoca espasmos. La desangelada astucia del villano, la cruel desgana del poderoso, la insensata demencia de los acomodados me produce deshielo en el congelado torrente de mis lágrimas. Tengo momentos para todo eso y para muchas otras oportunidades de llorar que se me olvidan, como los tienes tú, como los tenemos todos. Por eso te pido que no pienses y te veas ahora, al cerrar los ojos, en un día en el que llorabas.

¿Ves que llorabas? Te diría que lo hacías por ti, pero no voy a hacerte eso, porque no es verdad. Lo hacías por el gusto de enjuagar tus emociones, por el goce de empapar ese segundo, por la alegría de excretar la pena. Los lacrimales son un órgano excretor, porque sirven para sacar fuera unas gotas de ponzoña. ¿Que dice Valladolid que no hacemos bien lo del control de la pandemia? Excretaremos.

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