Viernes, 24 de Septiembre de 2021

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Resaca de un milagro

Brillante revisión de la España reciente en "Sueños y visiones de Rodrigo Rato" representada en el Falla

Javier Lara y Juan Ceacero en la obra "Sueños y visiones de Rodrigo Rato"

Javier Lara y Juan Ceacero en la obra "Sueños y visiones de Rodrigo Rato" / Teatro Kamikaze

¿Por qué cuando nos duchamos hay que meter la cortina dentro de la bañera? Porque, de lo contrario, hay riesgo de empaparlo todo de agua y resbalar. En esta prosaica metáfora sobre la política se resume el auge y caída de Rodrigo Rato el que fuera emblema de la supuesta eficacia económica del PP, finalmente, derrumbado por la corrupción, la burbuja inmobiliaria, los desvíos de dinero o las tarjetas black. Sueños y visiones de Rodrigo Rato, representada este miércoles 21 de octubre en el Teatro Falla de Cádiz, condensa en apenas una hora la intensidad de una fiesta, la del llamado milagro económico español, y su densa resaca.

La obra está basada en un vibrante libreto de Pablo Remón y Roberto Martín Maiztegui, que mereció el Premio Jardiel Poncela SGAE de Teatro de 2018. Una lúcida crónica real, combinada con elementos oníricos, retazos de humor, licencias teatrales, minimalismo escénico y dosis de esperpento. La contundencia del texto es elevada por una sólida dirección, a cargo de Raquel Alarcón, y unas meritorias interpretaciones de Juan Ceacero y Javier Lara, que dejan sin aliento.

¿Quién se esconde detrás de Rodrigo Rato? ¿Cómo es ese hombre que observamos a través la tele? Al que vimos ascender en el Gobierno, al que vimos como un jefe de estado al frente del Fondo Monetario Internacional, al que escuchamos haciendo sonar una campana con la salida a bolsa de Bankia. Pero también al que vimos contra las cuerdas, saliendo de la Audiencia Nacional, agachando el cuello a la fuerza para subirse a un coche policial. Y a esa búsqueda de la persona en el personaje juega la obra con grandes dosis de ironía, sin excesiva mala leche. Hay crítica política, pero no de zascas ni bofetadas, sino aguda y afinada.

A Rato, interpretado por Javier Lara, se le aparecen sus particulares fantasmas, todos encarnados por Ceacero, como se le aparecían al señor Scrooge de Cuento de Navidad de Dickens. Está su bisabuelo, un hombre de poder que no entiende su piso de 80 metros cuadrados; su padre al que ata el nudo de la corbata antes de que se lo lleven detenido por desviar dinero a Suiza (porque Ramón de Rato tuvo sus particulares líos con la justicia antes que su hijo); el Fraga que tira de metáforas de cortinas de ducha; o Aznar, delirando por una llama (la llama como animal rumiante) que se encontró en Moncloa cuando sucedió a Felipe González y siempre le pareció que se reía de él. Otra metáfora eficaz para la obra.

Y el texto engancha porque desliza con sutileza la genética de la corrupción, la avaricia del rico, la ambición política que todo lo puede, la crueldad de una gestión que animó a construir para terminar derribándolo todo, o la podredumbre de una clase de dirigentes que debatían sucesiones y calibraban lealtades en un telesilla de Baqueira Beret. Y todo rompiendo la cuarta pared, exhibiendo acotaciones, poniendo en duda la realidad del relato, aclarando que hay episodios narrados que son verdad-verdad, otros verdad-mentira, otros mentira-mentira; y otros, simplemente, que son puntos ciegos. Porque no todas las historias se pueden completar plenamente. Porque no todas las decisiones de Rodrigo Rato, como las del resto de seres humanos, se pueden llegar a entender. 

Así que destaca ese inteligente juego entre la realidad y la ficción. Y brilla la dirección con una puesta en escena que juega con apenas cuatro sillas. Un escenario desnudo, vestido con la eficacia de dos actores que no dan tregua. Que pasan del ritmo frenético al silencio, que bailan de forma desaforada música tecno pero también cruzan miradas y fuman mientras suena Julio Iglesias. Hay citas literarias a McCarthy o Jorge Manrique, y canciones evocadoras como la que abre Que Dios reparta fuerte de Novedades Carminha: "Solo hay que ver lo guapos que estáis / Siempre viajando, qué bien lo pasáis /¿A qué coño os dedicáis?"

La obra debía haber llegado al Falla en formato de Teatro de piel, el ciclo en el que un reducido número de espectadores se sienta en el propio escenario para tener más cerca a los actores, al igual que en Madrid se estrenó en el ambigú del Teatro Kamikaze. Pero la pandemia ha forzado que tuviera que representarse en Cádiz en formato convencional, lo que unido al escaso público presente y a las obligatorias distancias, dejó cierto halo de frialdad, compensado en parte por una prolongada ovación final.

Sueños y visiones es un retrato de un país con altares removidos, sacudido por la ruina, con ídolos caídos. De esos gobernantes que promovieron construir muchas viviendas gracias a préstamos baratos para ser los que más casas levantáramos en toda Europa. Lo llamaron milagro económico y encumbró a sus protagonistas. Era toda una gran mentira, pero les funcionó.

Al final, el poder, y de eso habla la obra, se vuelve tan intenso como esos fines de semana de tres días sin dormir que promovía la ruta del bakalao, con Chimo Bayo a la cabeza. Una época de desfase que también ejerce de metáfora final. La fiesta con enorme resaca. Una bomba de relojería que explotó llevándose por delante a su protagonista y a muchas víctimas colaterales, de las que no se habla en la obra, pero se les intuye.

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