Lunes, 30 de Noviembre de 2020

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La vergüenza de ser pobre: un polizón hambriento en el tranvía de Tenerife

Carlos, ex trabajador del turismo, se quedó en paro en enero y desde entonces no cobra ninguna prestación. Es la radiografía de la nueva pobreza causada por la pandemia, "nunca pensé que me vería en esta situación", sentencia

"El otro día me subí al travía y no pagué, viajé de polizón, prefiero exponerme a una multa que gastar un dinero que necesito para comer", explica Carlos

"El otro día me subí al travía y no pagué, viajé de polizón, prefiero exponerme a una multa que gastar un dinero que necesito para comer", explica Carlos / Getty Images

Carlos se subió al tranvía sin pagar. Se subió de polizón porque no tiene ni cinco euros en la cartera. Hace la cola en el comedor social de su barrio ataviado con unas gafas oscuras y una gorra, oculto tras la mascarilla a sus vecinos porque nunca pensó que llegaría a esta situación. No habla por si alguien reconoce su voz. Se avergüenza porque vive como un fracaso personal, lo que en realidad en un fracaso social.

Su nombre es falso pero su historia es tan cierta como triste. La vida de Carlos, en Tenerife, consiste en revisar cada día el estado del ingreso mínimo vital que solicitó a finales de junio. "En estudio", le dice a diario la página web de la Seguridad Social, "¿qué es exactamente lo que estudian?" Se pregunta. "Es imposible que necesiten tres meses para darse cuenta de que no tengo con qué comer", sentencia.

Lleva una semana con la misma mascarilla porque con el euro que invierte en comprarse dos puede adquirir un cartón de leche. Está casi sordo, porque necesita un par de audífonos que no puede comprarse. "Sordo puedo vivir, pero no puedo vivir sin comer", lamenta. Por momentos ha intentado poner fin a todo, porque jamás imaginó que podría verse en esta situación.

Escucha la historia completa de Carlos en Hoy por Hoy Tenerife aquí.

Su empresa, vinculada directamente a la actividad turística, le contrataba durante diez meses y le paraba otros seis. En enero el paro se acabó, un mes después llegó la pandemia y se terminó el mundo. Ahora hace una compra de cien euros al mes a través de los Servicios Sociales de Santa Cruz de Tenerife y recibe la ayuda de su padre, un pensionista de ochenta años que no conoce del todo las penurias que pasa su hijo. "Lo adorno, se lo oculto, lo vivo en silencio", explica.

Cuentan que los astronautas que llegaron a la luna no conocían a los vecinos de su bloque. Llegamos antes a la luna que a nuestros propios semejantes, ¿cuántos de nosotros nos habremos cruzado con Carlos en el travía sin saber lo más mínimo de su historia? Los nuevos pobres, a diferencia de los viejos pobres, se parecen mucho a cada uno de nosotros. Ya no podemos mirarles con la condescendencia que algunos lo hacían antes.

Los nuevos pobres son nuestros amigos, son colegas que viajan en el tranvía. Son gente que no cuenta lo que pasa. Los nuevos pobres prefieren quitarse de en medio antes que mostrar la vergüenza de su fracaso. Pero no es su fracaso, es el fracaso de todos. El fracaso de una sociedad individualista basada en el sálvese quién pueda, en el ande yo caliente. Una sociedad que sabe encontrar agua en la luna pero no sabe si hay comida en la nevera de su vecino.

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