Un derbi con mascarilla
Tenerife y Las Palmas tienen poco de lo que presumir en vísperas del primer clásico sin público

El balón con el que se jugará el partido. / CDT

A ninguno le conviene abrir la boca para alzar la voz ni presumir de nada. Es el derbi de la mascarilla, el primero de la historia con puntos en juego pero cero aficionados en la grada. La crisis del coronavirus privará a uno de los más bellos clásicos del mundo del ambiente festivo y del cruce de las aficiones, una esperando en el graderío y la otra cruzando las islas en barco o avión. Nada comparable al Tenerife-Las Palmas (o viceversa), al que este año la Covid le quitan el alma, que no la esencia.
A la crisis sanitaria hay que unir otras dos. La institucional, sumidas ambas presidencias -la de Concepción y la de Ramírez- en un vacío reputacional. Las aficiones que el domingo faltarán en las gradas del Gran Canaria ya han retirado su confianza y afecto a los dos mandatarios, protagonistas estos días por asuntos que poco tienen que ver con el fútbol y sí con turbios episodios judiciales.
Añadan otra crisis, la deportiva, que afecta más al Tenerife que a su acérrimo enemigo. Construyó Cordero un proyecto con ínfulas de aspirante y de momento se quedan lejos de ganarse cualquier etiqueta que graparse al traje. No son candidatos, ni temibles ni brillantes los blanquiazules de Fran, que vienen de quitarse de encima el partido contra el Zaragoza como quien se saca una muela que duele. El 1-0 dejó alivio, nada más.
Las Palmas perdió a Pedri y saneó sus cuentas, que irán alimentándose de los éxitos de la estrella que ya no está. Hace años que la UD apuesta más y mejor por la cantera canaria, ausente protagonista en las filas blanquiazules para desgracia y añoranza de sus aficionados, que imantan sus sueños a la magia del derbi, que no entiende de tendencias, rachas ni trayectorias. Lejos en el tiempo queda la última vez (y la única) que el Tenerife profanó Siete Palmas, con gol de Alfaro; aunque el paso de los años ha solidificado la tesis de que los de la isla del Teide compiten mejor en el clásico. No solo lo avalan los dígitos (la UD no gana un derbi oficial desde 2014) sino también las sensaciones que dejan los más recientes antecedentes. La última vez, los blanquiazules -entrenados por Baraja- compitieron hasta la extenuación con uno menos y rescataron un punto que supo a tres.
Llegados a este momento, el derbi de la mascarilla adquiere una importancia capital en un momento temprano pero trascendente de la temporada en curso. Nadie a estas alturas -tal vez sí había motivos para soñarlo en verano- se atreve a decir ahora que pudiera repetirse este duelo en el 'play off', o en la segunda vuelta con los dos equipos arriba. Ahora es tiempo de necesidad. Y el derbi lo polariza todo, al menos hasta el domingo a las once. En horario estelar pero sin público. Donde antes había espectadores a miles, ahora habrá solo cánticos enlatados por megafonía. Al derbi de las tres crisis le quitaron el alma. Queda la rivalidad sana de siempre y la certidumbre de que quien gane verá al otro por el retrovisor. Y no es poco.

Manoj Daswani
Santa Cruz de Tenerife, 1982. Licenciado en Ciencias de la Comunicación. Ha estado en los últimos cuatro...




