Viernes, 04 de Diciembre de 2020

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El estilita

Como lo cuento

Era una tarde tranquila de domingo, que las restricciones a la movilidad y el distanciamiento social habían conseguido que rozara el coma. Pese a todo, tenía que trabajar, y acababa de llegar a la redacción y encender mi ordenador cuando apareció una compañera y arrojó sobre mi mesa un folleto, como quien arroja un guante. Le eché un vistazo. Era una publicación de varias páginas y en su cubierta se podía leer "Senfogarismo. Recomendacións para medios de comunicación. Que? Quen? Cando? Onde? Por que? (e como contalo)". Nada más leerlo supe que, efectivamente, aquello era una provocación. Mi compañera sabe qué opino sobre estas cosas, y había decidido animar mi domingo

Ojeé aquella páginas en las que, básicamente, se decía que los periodistas debemos tratar aquel drama humano con sensibilidad pero sin amarillismo. Como viene a ser común estos días sobre cualquier tema remotamente sensible, le daban una importancia extraordinaria a la forma en la que se debe llamar a los sintecho: el término correcto es "persona sin hogar" que nunca, nunca, nunca, debe reducirse a un "sin hogar" y por supuesto, en el panfleto dejaba claro que no se pueden emplear como sinónimos "mendigo" (porque solo el 40% pide en la calle), indigente (porque el nombre se limita a las carencias físicas sin reparar en las consecuencias personales) y vagabundo (porque la mayor parte de ellos están empadronados en la ciudad). Siempre me ha fascinado la obsesión que sienten los más comprometidos por emplear la palabra "persona", para recordarnos la calidad humana de los colectivos vulnerables: "persona migrante" y no "inmigrante", "persona ciega" y no "ciego", "persona sorda" y "no sordo" y "persona con diversidad funcional" y no "discapacitado".

Cosas como estas me parecen a veces de una ingenuidad enternecedora, pero normalmente solo me irritan. Para mí, los eufemismos no son más que un placebo, homeopatía que se traga la gente a la que la verdadera medicina le resulta demasiado amarga, pero la mayor parte de mis colegas, incluso los que están en contra de las formalidades de todo tipo, parecen convencidos de lo importante que es emplear un lenguaje políticamente correcto. Por mi parte, he conocido a bastantes indigentes a lo largo de los años, y he hablado con gente que de verdad se preocupa por ellos, y el problema es tan sencillo como insoluble: la mayor parte de ellos (más del 60%) tiene un problema mental grave, muchas veces combinado con una adicción, ya sean drogas o alcohol, o el juego, o son simplemente antisociales, tipos (porque son hombres en un 90%) que prefieren dormir debajo de un puente a someterse a cualquier norma. Algunos son peligrosos (yo había estado en el juicio del vasco que apuñaló a otro sintecho en Padre Rubinos, y el tribunal había concluido que le clavó la navaja sin motivo, aunque el condenado aseguraba que es esquizofrénico), otros son desagradables y otros, en cambio, simpáticos, tipos con los que puedes charlar en una esquina, pero todos son un desastre, gente incapaz de mantener un trabajo o una relación, gente que le dio la espalda a la sociedad tanto como la sociedad a ellos.

No pude evitar darme cuenta de que el folleto no hacía hincapié en el problema de la salud mental y no me extrañó. Creo que se suele confundir el sentimiento de solidaridad con el de culpa, así que para fomentar el interés por ayudar a este colectivo se suele insistir en el abandono que padecen por parte de una sociedad indiferente. O quizá incluso hostil: en una de las páginas de aquel panfleto alertaban del odio a este colectivo y aseguraban que casi el 50% ha sido objeto de una agresión. Por lo que tenía entendido, era cierto, pero se olvidaban de mencionar que la mayor parte de las veces, los agresores son otros sin techo, porque los robos y peleas entre ellos son frecuentes. Las bandas de neonazis que se dedican a prender fuego a mendigos que duermen en cajeros son una excepción, afortunadamente.

Dudo que reconocer la dimensión personal del problema desmotive al público a la hora de echar una mano a los sintecho. Desde luego, a nadie se la ha ocurrido decir que no hay que atender a un conductor accidentado porque haya excedido el límite de velocidad o negarle la insulina a un diabético porque ha tomado demasiado azúcar. Puede que esté exagerando, pero cuando leo cosas como ese panfleto, siento que también necesito insulina.

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