Miércoles, 25 de Noviembre de 2020

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La (mala) suerte de los pacientes no COVID

El autor reflexiona en este texto -a raíz de un caso personal- sobre el deterioro en la atención a los pacientes de la sanidad pública asturiana como consecuencia de la pandemia, y llama la atención sobre el rlesgo de que las dificultades sirvan de coartada para rebajar los estándares de calidad del sistema y sobre el coste en vidas humanas de los comportamientos imprudentes en el conjunto de la población

Edificio de hospitalización del HUCA.

Edificio de hospitalización del HUCA. / Pablo Canga

Nunca he creído en la mala suerte. Y de pronto, necesito creer en su existencia. He llegado a pensar que ese será uno de los pocos consuelos que alivien el dolor, la rabia y el sentimiento de culpa que me queman por dentro desde que el pasado 5 de noviembre, una doctora, en una de las unidades de reanimación del HUCA, me dijo que mi padre se estaba muriendo. La mala suerte -me esfuerzo por convencerme- acabó por salirse con la suya pocas horas después.

Mi padre se llamaba Ignacio Canga, aunque él se reconocía, y reconocía a las personas que le querían, cuando le llamaban Tato. El pasado mes de julio, el diagnóstico de un tumor en el páncreas sacudió su vida y la de toda la familia. El pronóstico no era bueno, pero los médicos examinaron todas las posibilidades y para nuestra alegría -alegría muy contenida, es cierto, y amenazada por infinidad de dudas- dictaminaron que el cáncer era operable. Era una operación de alto riesgo por varios factores que obviaré para no aburrir al lector, pero la relación riesgo/beneficio era tan atrayente... “Hay pacientes que tras la intervención se curan completamente” le dijeron.

El martes 13 de octubre, después de una intervención de cinco horas, recibí la llamada de una cirujana comunicándome el éxito de la operación. El tumor había sido completamente resecado y mi padre había superado la operación satisfactoriamente. No obstante, por delante tenía una convalecencia hospitalaria -en el mejor de los casos- de entre dos y tres semanas. El proceso de recuperación seguía su curso y cada día, la misma cirujana que intervino a mi padre nos informaba de su evolución favorable. Tan favorable que, para nuestra sorpresa, a los ¡¡¡tres días!!! de haberle seccionado parcialmente el páncreas comenzaron a hablarnos de darle el alta.

a LOS TRES DÍAS DE HABERLE SECCIONADO EL PÁNCREAS A MI PADRE, EN EL HUCA COMENZARON A HABLARNOS DEL DARLE EL ALTA

El 16 de octubre el Servicio de Salud del Principado decide prohibir las visitas a los pacientes ingresados en los hospitales públicos salvo contadas excepciones. La COVID comenzaba a apretar. A partir de ese momento y durante varios días cesaron las llamadas del equipo médico para informar a la familia. Cuando por fin un doctor volvió a contactar con nosotros, nos puso al corriente de lo bien que evolucionaba el paciente y su excelente apetito. El 23 de octubre -tras una convalecencia de 10 días, ni siquiera las dos semanas que como mínimo nos habían pronosticado- recibí una llamada de mi padre para que fuera a recogerle. Sin que nadie hubiera avisado a la familia, le daban el alta. Nada sabíamos de sus condiciones, riesgos de su estado o cómo proceder en caso de complicaciones. A primera hora de la tarde una celadora lo trasladó a la puerta principal del HUCA en silla de ruedas. Mi padre no se sostenía en pie.

Los días siguientes fueron un auténtico calvario para él y el resto de la familia. El enfermo de buen apetito era incapaz de ingerir una simple taza de caldo y se iba debilitando por momentos hasta el punto de no poder sostener una cuchara. No era para menos. Sufría una fuga de líquido pancreático que al cabo del fin semana desembocó en una sepsis, peritonitis y finalmente fallo multiorgánico. Menos de 72 horas después de un alta prematura – así lo reconocieron posteriormente dos médicos que le atendieron durante el proceso- fue trasladado de nuevo al hospital e intervenido de urgencia.

Contra pronóstico, Tato superó la segunda cirugía y a los dos días fue trasladado a planta desde la unidad de reanimación. El facultativo que me informó del traslado me confesó que su estado requería al menos otros dos días en cuidados intensivos, pero aludiendo a la presión derivada de los casos COVID afirmó que no había alternativa. A lo largo de la semana siguiente, mi padre fue trasladado otras dos veces, la última de ellas a una unidad de cirugía ambulatoria. Fue él mismo, el que a duras penas, y con una salud muy deteriorada, tuvo que ponernos al corriente. Nadie en el HUCA tuvo un minuto para comunicarnos su paradero. Su estado empeoró en los días siguientes, y finalmente, el pasado día 5 sufrió una hemorragia masiva que le llevó de nuevo al quirófano. Su cuerpo dijo basta y a las 12 horas falleció en la unidad de reanimación a la que había sido trasladado de nuevo. Tres horas antes, y cuando su estado era ya irreversible, me negaron el acceso al box de mi padre porque no era “la hora de visita”.

UN ANESTESISTA ME ESPETÓ, "ESTAMOS COMO ESTAMOS", PARA JUSTIFICAR LA NEGATIVA A MANTENER AL PACIENTE EN REANIMACIÓN EL TIEMPO NECESARIO

 Hoy, con lágrimas en los ojos quiero creer que fue mala suerte. Mala suerte de no disponer de la atención hospitalaria imprescindible durante un tiempo mínimamente prudente. Quiero creer que lo que ahora interpreto como medias verdades sobre su verdadero estado fue solo cuestión de mala suerte. Que nos faltó suerte cuando pasaban días sin información alguna y mi familia se sentía desamparada. Que fue mala suerte que alguien decidiera que unas bolsas de colostomía eran un buen repuesto para el drenaje que mi padre llevaba abierto durante su fugaz alta y. mala suerte, que seguro nosotros sabríamos como sustituirlo. Fue mala suerte que, con mi padre en estado crítico, la ambulancia que le devolvió al hospital acudiera con un solo técnico y fuera mi propio hermano quien tuviera que ayudar a su traslado. Mala suerte que la respuesta a nuestras demandas fuera un esquivo “estamos como estamos”. Mala suerte que los drenajes quirúrgicos que le aplicaron tras la segunda operación se obstruyeran sin que nadie se percatara de ello. En fin, el colmo de la mala suerte.

No sé muy bien lo que pretendo con este escrito. No es desde luego resarcimiento, porque no lo hay. Tampoco reclamo castigo de ningún tipo si es que alguien no se condujo correctamente en el ejercicio de sus responsabilidades. Pienso que, sin saberlo, es posible que lo que quiera es que las autoridades doten de los medios precisos a los sanitarios en esta situación dramática en los hospitales. Pienso que quiero que esos mismos profesionales no bajen los brazos ni se refugien en el “estamos como estamos” para dar por buena una asistencia que, en ocasiones, no está dando la talla. Pienso que quiero que no se descuide a las familias de los enfermos en el momento más difícil. Pienso que quiero que nosotros mismos nos cuidemos de no enfermar de COVID por una imprudencia, porque la plaza que ocupemos en un hospital puede costar la vida de una persona -incluida la propia vida-. Pienso que quiero que por mayor que sea la presión asistencial no se pierda la humanidad en el trato con los enfermos. Qué gran suerte sería que la muerte de mi padre sirviera para lograr que alguno de esos pensamientos se haga realidad.

SI NOS CONTAGIAMOS POR IMPRUDENCIA, LA CAMA QUE OCUPEMOS EN EL HOSPITAL PUEDE COSTARLE LA VIDA A OTRA PERSONA

 Y de esta forma me gustaría apartar estos negros pensamientos y recordar a mi padre como la persona buena y jovial que fue. Como el hombre generoso que -sin exagerar- hubiera dado la vida por los suyos. Creo firmemente que murió antes de tiempo, pero también que tuvo una buena vida, con muchos momentos felices en los que tuve la suerte de participar. Hoy te digo lo que en vida apenas pronuncie por un estúpido pudor del que ahora me arrepiento: te quiero, Papá.

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