Domingo, 17 de Enero de 2021

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LA COLUMNA DE RAFA GALLEGO

Hipocampo

Ahora que sé que esta Navidad vas a estar de guardia, porque en realidad todos vamos a estarlo —si no de guardia, por lo menos sí en guardia—, comprendo la inútil sensación de abandono y soledad que la ausencia de todo lo otro me provoca. Dices que es mejor en casa, que hablar de salir al restaurante a celebrar es una locura, que tu madre comprende que es bueno que os veáis los hermanos y que os anima a que vayáis adonde os parezca, pero que ella se queda en casa.Navidad en guardia.

Navidad en guardia ya en las farolas de León. Están allí ya colgados los adornos. Todavía no lucen, pero ya nos explican que los días de las fiestas se acercan. Lo he visto en las estanterías de los supermercados y he pensado que también estando de guardia se celebra, que por eso los turrones nos advierten silenciosos de lo que llega, de la algarabía muda de esta Navidad de balcones, de calles cerradas, de toques de queda. Se quedará en nuestra memoria la experiencia. Buscará un rincón del hipocampo y se retorcerá acomodándose a las rugosas sinuosidades de esa parte del cerebro. Se acostará temprano ese recuerdo en el almacén que recoge lo que conservamos. Ya sabes que la memoria es caprichosa —bicicleta, cuchara, manzana— y selecciona sin tu consentimiento lo que se queda en el hipocampo y después se pierde y lo que se empaqueta a largo plazo enla corteza prefrontal. Tienes tantos recuerdos acostados que hay miles, no sé si millones —te confieso que no tengo ni idea, es más, ni siquiera sé si hay alguien que pueda tener alguna idea sobre esto—, que no eres capaz de recordar. Están ahí acostaditos, con independencia de lo que tú quieras o no quieras hacer con ellos. Me duele cuando veo que no brota ese recuerdo que evocas, cuando la distancia entre lo que pasa y lo que recuerdas es tan grande que no se puede traspasar. Pero mientras eso no suceda, te asaltarán espontáneos, como imágenes de cuentos que nadie te ha contado y te traerán momentos que repites con la agonía o con el gozo de lo que ya has vivido.

Me pasó esta semana leyendo El sonido del trueno a mis alumnos, el viejo cuento de Ray Bradbury sobre el efecto mariposa. Me pasó porque, mientras leía, les enseñaba las imágenes que Richard Corben dibujó a propósito de la historia y me asaltaron imágenes de cuando devorábamos las historias del Cimoc o del Tótem—iba en gustos— y pensábamos que nada de lo que hacíamos podía terminar mal. Cuando terminé de leer, hubo un alumno que aplaudió con una sinceridad tan hermosa que pensé una vez más que la de maestro es la única profesión que de verdad merece la pena. Ahora, mientras escribo, me asomo y veo la lluvia de aquellos años de tebeos en las farolas de la Navidad que nos han colgado —esta Navidad de guardia— y me doy cuenta de que no recordamos las cosas como fueron, sino como las recordábamos la última vez que las pudimos recordar.

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