Martes, 13 de Abril de 2021

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'A Dios rogando...', por Pepe Belmonte

Comentario de opinión para el programa Hoy por Hoy Murcia del catedrático de Literatura de la UMU

Polémicas palabras de un párroco de Yecla sobre la Ley Celaá

Polémicas palabras de un párroco de Yecla sobre la Ley Celaá / Getty Images

'A Dios rogando...'

La Iglesia –o, al menos, uno de sus miembros– ha vuelto a mostrar a la opinión pública su cara más apocalíptica y sombría, volviendo así al ya obsoleto Antiguo Testamento, con el que tanto miedo se les metía a niños y a mayores cuando en el mundo señoreaba la ingenuidad y la ignorancia.

El párroco de la basílica de la Purísima de Yecla, aseguraba hace unos días, en un encendido e incendiario sermón, que la LOMLOE, más conocida como Ley Celáa, propugna la integración en la escuela común de los niños con dificultades de aprendizaje con el fin, no sólo de acabar con la Educación Especial, sino, sobre todo, con el propósito firme, meditado y maquiavélico, de poner en ridículo a estas criaturas ante los demás compañeros, y conducirlos, posteriormente, al matadero, sacrificándolos como si fueran corderos.

El curica de marras, que debería dejar de cantar misa y dedicarse a escribir novelas de terror, ha conseguido, de entrada, que en toda España, a través de los distintos medios de comunicación, se hable de Yecla y se tenga una imagen muy equivocada de uno de los pueblos murcianos donde más se aprecia y valora la cultura, donde más florece la industria del mueble y la del vino, con la elaboración de unos ricos caldos de fama mundial, que a algunos, por lo que se ve, les sientan bastante mal.

Alguien, pues, tendría que darle un buen tirón de orejas y sugerirle a este cura de misa y olla, auténtico "predicador de la muerte" –como los llamaba Nietzsche–, que se pensara muy seriamente su continuidad al frente de un cargo en el que, en los tiempos que corren, tan faltos de optimismo y de buenas noticias, debería dirigirse a su público, a sus incondicionales, con menos ira y cólera, con más rigor y cordura.

El propio Dios –el Dios del Nuevo Testamento, naturalmente– se lo agradecería.

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