Lunes, 18 de Enero de 2021

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El estilita / Radio Coruña

Era jueves, creo, o puede que fuera viernes, cuando el teléfono sonó. La recepcionista me dijo quién era, así que cogí el auricular con una mezcla de expectación y desgana. Al otro lado de la línea se encontraba el tipo al que había "desokupado" de una casa de la Sagrada Familia hacía un par de días y, por supuesto, llamaba para quejarse por el artículo que había escrito. "Me perjudica mucho", me dijo. Contuve un suspiro mientras mi mente, huyendo del tedio, sufría un flashback.

La empresa de desokupaciones, que se llama "Micasanoeslatuya" había enviado un correo adelantando que iba a llevar a cabo la primera intervención privada de este tipo en A Coruña. Naturalmente, había llamado para interesarme por el tema, y había hablado con el sujeto al cargo de la comunicación, que me confirmó que nunca habían realizado una actuación así en A Coruña, aunque sí habían realizado lo que calificaron de "negociación de un alquiler en precario". Aquello tenía cierto deje siniestro en el que no quise ahondar, porque la noticia me había puesto de buen humor, y no quería arruinarlo tan pronto. El sujeto me puso en antecedentes sobre el individuo. Me explicó que el okupa era un pintor de brocha gorda y que se había apropiado de una casa de tres pisos a la muerte de sus dueños, una anciana pareja a la que había cuidado y que ni siquiera vivía allí. Me aseguró que no había querido entrar en razón, así que los herederos habían decidido contratarles.

El día de autos, llegué poco después de que mi fotógrafo a la casa, una de esas bajas que se encuentran cerca de la ronda de Nelle, frente al parque de Santa Margarita. Un segurata grande como un armario enfundado en un chaleco anticorte se encontraba en el umbral de la puerta, mientras que otros dos sujetos, más bajos pero fornidos y provistos igualmente de chalecos, montaban guardia con él en la acera. Acababan de cambiar la cerradura, y todo parecía bajo control. El tiempo con el que había hablado por teléfono, un tal Rubén, estaba allí y charlamos un rato. Me explicó su modus operandi, que es bien sencillo: el dueño les da un poder para actuar, vigilan la casa, tomando nota de las ideas y venidas de la casa, y aprovechan su ausencia para cambiar la cerradura y evitan que vuelva a entrar y cuando se cansa de intentarlo, instalan una alarma conectada con la Policía.

Me contó de otros casos que habían tenido, me habló de un narcopiso en Lugo donde un clan gitano intimidaba a los vecinos para que se marcharan, de unos inquilinos que se negaban a pagar negándole su único medio de subsistencia a una viejecita. Tal y como lo contaban, parecían el Equipo A. "Si usted tiene okupas y si los encuentra, quizá pueda contratarlos", parafraseé mentalmente. Rubén no entendió por qué sonreía ocupado como estaba atendiendo a los otros medios. La tele se encontraba ya allí, y siempre que las cámaras hacen acto de presencia, los tipos como yo, los del bloc de notas, pasamos a segundo plano. Estaba a punto de irme cuando Rubén me dijo que el okupa estaba de camino.

Apareció poco después: era un tipo bajito, tripón, con una melena gris con flequillo, que no ocultaba su cara de enfado, Iba vestido con pantalones de obra, y una camiseta blanca con el logo de una empresa de reformas en la espalda y se enfrentó con aquellos tipos que le sacaban dos cabezas a gritos. "Me llama un vecino cuando estoy trabajando y me encuentro con esto ¿Qué estáis haciendo?", preguntó. Ellos le informaron de que actuaban con un poder de los dueños, que habían cambiado la cerradura. El pintor quiso entrar para saber qué habían hecho dentro, y ellos le hicieron retroceder a empujones. La cosa se calentaba y los fotógrafos no dejaban de sacar fotos. El pintor les tachó de matones y macarras, pero los de la empresa no se inmutaron y se limitaron a aconsejarle que llamara a la Policía, y el supuesto okupa les tomó la palabra. Apareció la Policía Local, que inspeccionó en el interior de la vivienda para averiguar si realmente vivía allí. La nevera estaba vacía aunque había ropa, pero era de mujer. El pintor podía haber reclamado que era suya, claro, pero aquello habría dado lugar a más explicaciones. Llamó a su abogado y le informó de lo que había ocurrido, y luego se puso a hablar con unas señoras que habían acudido atraídas por el jaleo.

Yo le abordé inmediatamente y me identifiqué, grabadora en mano. En tono indignado, nos contó a todos los periodistas que estábamos allí que él había vivido de alquiler en la casa de la pareja de ancianos a los que cuidaba y que, como se había muerto su hijo, le habían dejado la casa a él. Que el que había contratado a la empresa de desocupaciones era un primo que vivía en Barcelona o algo así y que nunca había venido de visita. Que los ancianitos que le dejaron la casa le habían dejado un papel, todo legal, pero que le habían dicho que lo guardara en la otra cosa porque presentían que esto podía pasar y que era mentira que los abogados del tipo de Barcelona le hubieran pedido ningún documento. Era una historia extraña, pero estoy acostumbrado a oírlas: tome nota y lo publiqué todo.

Dos días después, podía constatar que mi afán no había servido de nada. "Me perjudica mucho", insistía por teléfono. Yo le respondí que aquello era imposible, que en el artículo no habíamos incluido si nombre y en la fotografía habíamos difuminado su rostro, pero el alegó que se podía ver el logo de su empresa en la camiseta y que le había llamado "supuesto okupa". Me pidió que publicara una rectificación en la que aclarara que él había vivido de alquiler y luego se la habían dejado en herencia los dueños. Repuse que ya había publicado todo eso. Hubo un silencio confuso al otro lado de la línea seguido de una confesión: "Es que no he leído la noticia".

Aquello me hizo callar a mí también, desconcertado ante su desfachatez. Al parecer, la noticia se la había pasado un amigo por teléfono y solo había leído el titular antes de apresurarse a llamar, presa de la indignación. Pillado en un renuncio, coincidió conmigo en que no tenía sentido publicar una rectificación en la que se dijera lo mismo que ya había sido impreso. Me prometió que me avisaría cuando le dejaran entrar en la casa de nuevo porque había presentado los papeles que probaban su propiedad en el juzgado. Yo resistí la tentación de preguntarle si había leído aquellos papeles antes de entregarlos y colgué el teléfono. Eso fue hace dos semanas. Aún estoy esperando.

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