Viernes, 22 de Enero de 2021

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La columna de Rafa Gallego

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Hoy te hablo desde lejos. Las circunstancias, y la nieve de algún modo, aunque en realidad sé que no es este un motivo, me han impedido regresar a León cuando tenía previsto, de manera que te abrazo con estas primeras palabras del veintiuno manteniendo mucha distancia, en línea con la costumbre que estamos adquiriendo, eso que nos ha enseñado a sobrellevar esta realidad del contagio: medir los gestos, colocar los codos, esconder el aliento.

Pienso en esto que me ha ocurrido a mí, el hecho de no poder regresar, y lo extiendo a situaciones más duras, personas que se quedan atrapadas en las alambradas del miedo o de la seguridad. Más allá de trabajos, de relaciones familiares, de compromisos ineludibles, está la impotencia de quienes escapan de una realidad más dura con la esperanza de una vida mejor. Comprendo que para cada quién su problema es el que cuenta y que las dificultades para viajar entre países ―ir al Reino Unido, salir de Holanda, venir a España― pueden ser un grave contratiempo para muchos. Aquí, en este pueblo de La Mancha hoy cubierto de blanco, desde el que te hablo, en las calles vacías por la nieve y el COVID se ven rostros de personas que han venido de muy lejos. Me resulta difícil colocarme en sus vidas, entender el mundo desde su perspectiva, adivinar el grado de satisfacción que esta nueva vida pueda darles. Veo difícil encajar su presencia en los ritmos de otros tiempos, cuando el pueblo era de paso lento y la vida pasaba entre chismes y hazañas, cuando aventar la mies en la era convocaba a los muchachos y el tiempo se paraba para ponerse del lado del que soplaba el viento. Pero no creas que hablo con añoranza. No se trata de eso. Sé que la vida tiene en la historia una válvula mitral, que, como en el corazón, impide que lo que pasa vuelva, que la sangre de la aurícula regrese desde el ventrículo.

Esa válvula mitral de la vida que es la historia no es un cepo ni un grillete, sino que es la belleza de la fugacidad de lo que ocurre, la enorme riqueza de no poder volver atrás. Yo hoy no puedo regresar, pero es la vida lo que me detiene.

Me asomo a las miradas de estos chicos jóvenes que hoy no pueden ir a trabajar porque en el campo la nieve lo ha parado todo y me preocupa saber si miran para atrás o si su ya decidida carrera hacia el primer mundo es un salto hacia adelante encogido en una mitral de no retorno. La sangre nueva y limpia empuja de la aurícula al ventrículo para que brote hacia la arteria aorta, aunque hay un mundo que se escapa a la seguridad de quienes tenemos miedo y vemos en ese empuje una falta de control que nos preocupa. Es cierto, lo comprendo, no hay vuelta atrás. Nada tiene ese carácter. Lo que ha pasado, pasado está y ni tan siquiera quienes son capaces de deshacer las piedras en la tierra que cultivan, pueden vencer el flujo de la sangre en el lado izquierdo del corazón.

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