Domingo, 24 de Enero de 2021

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"Insurrección contra el Congreso de los Estados Unidos de América"

El catedrático de Derecho Penal, profesor y columnista de Radio Albacete, Nicolás García Rivas, habla los hechos ocurridos en Washington el 6 de enero

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La imagen de una masa enfurecida que entra en el Congreso de Estados Unidos a gritos y a golpes, con el fin de paralizar el nombramiento de un Presidente, sería materia de una distopía que, llevada al cine, haría vivir momentos de exaltación nacionalista norteamericana.

Lo que sucedió hace hoy una semana en la Capital del imperio, Washington, demuestra mejor que muchos libros y teorías la debilidad de las instituciones democráticas cuando se someten al embate de los intereses extremistas, que en el siglo XXI tienen con muchísima frecuencia un tono fascista.

El primer presidente de nuestro Tribunal Constitucional, Manuel García Pelayo, insigne jurista, escribió que el sistema de la división de poderes, idealizado por Montesquieu, supone unas relaciones entre fuerzas que generan un estado de equilibrio, de manera que los poderes actúan y se relacionan por la doble facultad de ordenar por sí mismo y corregir lo ordenado por otro, así como por la facultad de anular una resolución tomada por otro.

El presidente Trump quiso ganar un pulso al Congreso (poder legislativo) utilizando para ello la fuerza atractiva de su dimensión populista, sus 74 millones de votos. El Congreso, asediado pero no doblegado, dictaminó finalmente la designación del Presidente legítimo y sucesor de Trump, Joe Biden, y ahora ha iniciado el procedimiento para destituir al Presidente por su instigación a la insurrección contra el Congreso.

El equilibrio de poderes no termina ahí. En las próximas semanas asistiremos, con toda seguridad, a un debate sobre la responsabilidad penal del actual Presidente (y no sólo por lo sucedido en la tarde de Reyes) y veremos cómo resuelve esa democracia “laica” el problema de la persecución penal del Jefe del Estado, mientras aquí, en España, nos contentamos con agradecer al anterior y emérito que cumpliera con su obligación hace 40 años. A cambio, le perdonamos todas las sospechas de corrupción que se ciernen sobre él y seguimos consumiendo el “soma” que el mundo feliz de la monarquía parlamentaria nos tiene reservado.

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