Miércoles, 20 de Enero de 2021

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En casa por Navidad

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El estilita / Radio Coruña

Lo normal en este trabajo es que tengas que encontrar la noticia, pero a veces la noticia te encuentra a ti. Eso fue exactamente lo que me pasó el viernes después de Navidad: acababa de tomar unas cervezas con unos amigos y regresaba a casa pocos minutos después del toque de queda cuando me di de frente con un gran dispositivo de la Guardia Civil; coches y más coches aparcados en hileras en la cuesta que llevaba a mi casa, y más beneméritos bajando de las furgonetas y discutiendo entre sí y con los bomberos y atendían a alguien en una ambulancia. Alucinado, giré a la derecha, hacía mi piso, y casi atropello a un agente, que me gritó que tuviera cuidado. Me disculpé y conduje por la sinuosa calle lateral que lleva a mi piso. Los que me conozcan dirán que no es cierto, pero por un momento pensé en dejarlo ahí: estaba en un día libre, llovía, hacía frío y era demasiado tarde como para avisar a nadie. Si lo hiciera, si llamaba a la redacción, sería inútil: no había ningún redactor ni fotógrafo de guardia, y el periódico estaba imprimiéndose en aquellos momentos. Lo mejor, lo más sensato, era enviar un mensaje a la redactora jefe, y que ella asignara la tarea de averiguar que estaba pasando a un compañero al día siguiente.

Regresé a la cuesta y me encontré con que un agente estaba discutiendo con un tipo mayor y con el mando de los bomberos, tratando de decidir qué hacer. Mi norma es no identificarme nunca si no me lo piden, porque he descubierto que la gente colabora más con los simples curiosos que con los periodistas, así que me acerqué disimuladamente como si fuera un simple vecino más, como de hecho lo era, y me acabé uniendo a la conversación, como si fuera uno de esos extraños que se te acoplan en un bar sin saber muy bien de dónde han salido y a los que ni siquiera les preguntas el nombre porque te parece maleducado. La táctica funcionó a la perfección: me miraron de reojo, pero nadie dijo nada enfrascados como estaban en una conversación sobre si era posible cortar la luz. Al parecer, los agentes de la Guardia Civil querían apagar la luz de un piso, pero el tipo mayor les explicó que no era posible hacerlo sin apagar la de la mitad de la calle. Aquello me intrigó aun más.

En cuanto se fue el guardia civil, me acerqué a ese hombre, básicamente porque los civiles suelen estar más dispuestos a charlar y le pude sonsacar que había un tipo atrincherado en su casa. Me contó que había disparado un arma. "Pero no hirió a nadie, ¿no?", le pregunté. Y él me explicó que sí, que había un herido. Intenté sacarle más sobre la identidad del sospechoso, pero tampoco sabía gran cosa. Se limitó a hacer algunos comentarios sobre que hoy en día es imposible conocer a tus vecinos. Más útil resultó ser el bombero, que me confirmó que la Guardia Civil les había llamado para realizar un corte de luz, si era posible. Aproveché para sacar unas cuantas fotos con el móvil de los agentes equipándose con material antidisturbios. En un esfuerzo por eliminar el flash, acabé sacándome un par de fotos a mí mismo antes de dejarlo y tratar de encontrar un testigo presencial del tiroteo.

Más arriba, la Guardia Civil impedía el paso, pero conocía la zona así que sabía cómo dar un rodeo y llegar a la parte de atrás de los edificios, donde se abrían varios portales. Tuve que llamar a media docena antes de que alguien me respondiera. Una voz de mujer me respondió a través de la puerta que la Guardia Civil les había dicho hacía más de una hora que bajaran las persianas y no se acercaran a las ventanas. Al parecer, habían venido a detener a un vecino y este había decidido resistirse a tiros. Tomé nota en mi bloc mojado por la lluvia y luego llamé a mi jefa y le envié el texto por Whatsapp, así como un par de fotos. No estaba mal para un día libre, pero pensé que podía hacer más: bajé por unas escaleras que llevaban a la calle principal y entonces me topé con un guardia civil con equipo de asalto arrodillado detrás de uncoche con un rifle de asalto en la mano. "¿Qué hace aquí?", me preguntó un tanto retóricamente. Volví a subir los escalones de tres y tres y me aposté en lo alto de la escalera. Desde allí vi pasar a un agente con un megáfono, que resultó ser el negociador: podía escucharle hablar en tono conciliador con el tipo atrincherado en su casa, en plan "hablemos", "esto se puede solucionar", "piense en su familia".

El sujeto no respondió. En aquel momento, en imaginación, parecía dispuesto a resistir hasta el final, pero luego descubrí que se trataba de un octogenario que, después de disparar a través de la puerta y de la ventana a los agentes que habían acudido a detenerlo por una agresión a su mujer, se había ido a dormir, sin más. Mientras el causante de todo aquello dormía calentito el sueño de los injustos, yo estaba aterido y con la única compañía de los guardias que corrían a mi lado para tratar de buscar una nueva posición en el cerco y de una babosa que daba vueltas en la pared que tenía a mi espalda, y con la que empezaba a identificarme. También yo estaba frío y húmedo y no tenía claro cuál sería mi próximo paso. Al final, después de que me hubieran pedido la identificación tres veces, un agente me echó de allí sin contemplaciones, y yo casi se lo agradecí. Después de varias horas en pie, también yo me sentía con ánimos para disparar a alguien, y eso no sería apropiado. A fin de cuentas, estábamos en Navidad.

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