Martes, 02 de Marzo de 2021

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Palma, una ciudad de novela negra

El equipo de 'A Vivir Baleares' acompaña a dos agentes de la Policía Local para conocer cómo se vigila en tiempos de pandemia, toque de queda y Revetlla de San Sebastià

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Cuando la noche cae en Palma, se encierran, podríamos decir, hasta las moscas. Ni siquiera siendo Revetlla de San Sebastià la gente parece dispuesta a jugarse parte de su cuenta corriente en forma de multa.

Este pasado martes, 19 de enero, el equipo de ‘A Vivir Baleares’ vivió un día especial al acompañar a dos agentes de la Policía Local de Palma en una de sus habituales rondas para comprobar que la población cumple las normas decretadas por el Govern y, especialmente, con el toque de queda.

Comienza la vigilancia, siempre cumpliendo las medidas de higiene, eso sí. En esta ocasión, desde un coche no convencional, es decir, sin distintivo policial. Los agentes, que prefieren no ser identificados, explican cuál será el plan de esta pasada y atípica Revetlla de San Sebastià. "Llevar un coche con distintivo puede acarrear consecuencias teniendo en cuenta que pasaremos por ciertos sitios en los que no nos interesa", explica uno de los agentes. "El servicio de hoy está montado en prevención, para evitar contactos y se cumpla el toque de queda, ya que hoy no es una Revetlla de San Sebastià normal", matiza.

Las palabras de este agente, con más de 30 años de servicio, ya dejan entrever que, probablemente, no hay mucho trabajo, y así lo corrobora al momento. "Escucha, a partir de las 22:00 te vas a aburrir...ahora la gente apura, pero cuando empiece el toque de queda te vas a aburrir".

Quien avisa no es traidor. Y no es exactamente aburrimiento, para nada, pero prácticamente así terminó siendo pese a que se trataba de una noche especial. "En noches de Revetlla la gente se reúne, hay conciertos, se hacen torradas...pero todo esto está prohibido esta noche y no debería producirse", recuerda nuestro agente.

No debería producirse y no se produjo ninguna torrada. O, al menos, no se presenció ninguna desde ese coche en ningún punto de las casi siete horas de recorrido. Si algo ha quedado claro en esta primera media hora de viaje es que la población, en general, cumple las medidas. Claro, que en ocasiones puntuales, siempre hay alguna resistencia a las normas.

Minutos antes de llegar a las 20:00, un mensaje de radio indicaba que se estaba produciendo un botellón entre 13-14 jóvenes de entre 18 y 20 años. Nos dirigimos hacia el lugar donde se está produciendo el mencionado botellón, lugar que hemos considerado oportuno no mencionar, y, de camino, este agente de Policía Local nos va explicando que "si hay algún grupo de población que se resiste a cumplir la normativa es el de los jóvenes". No hay ánimo de señalar a nadie, es más, entiende que les cueste concebir que no pueden vivir como se supone que vive un joven. "Hay cierto cansancio social, la juventud quiere vivir. Saben que esta enfermedad afecta especialmente a gente mayor y delicada y eso es lo que queda para ellos", argumenta.

No hemos tardado ni cinco minutos en llegar al lugar donde tiene lugar esta reunión de jóvenes y hay otras dos patrullas cercando la zona desde otros puntos. Por su experiencia y conocimiento de la ciudad, ya se temen que no queda nadie. "Este es un lugar del que es muy fácil eludir a cualquiera. Es amplio, está lleno de rampas, de salidas, se puede escapar por esas escaleras o incluso por la vía férrea", nos cuenta.

Efectivamente, y sea de la forma que sea, los chavales han abandonado el lugar con prisa y la peculiaridad de la zona lo ha facilitado, por lo que continuamos la ronda de vigilancia, dirigiéndonos hacia Cala Major. Al filo de las ocho y media de la tarde, la Catedral de Palma se yergue ante un paseo marítimo cada vez más ausente tanto en número de viandantes como de vehículos. 

Restaurantes. Pubs. Discotecas. Hoteles. No hay nada que tenga la persiana levantada. Sectores como la hostelería, ocio nocturno y comercios en general son de los grandes perjudicados en las medidas de seguridad adoptadas en Balears, y ese es un factor que contribuye de manera decisiva a que la avenida Gabriel Roca tenga una imagen desoladora. "La tipología del delito o infracción ha cambiado mucho" en este contexto pandémico, indican. "Con la nueva normativa están descendiendo mucho los hurtos y los robos con violencia. También las multas y accidentes, ya que hay menos tráfico rodado. Otros no, para cometer un delito de violencia de género no hace falta salir a la calle", explica el agente. 

Dejamos atrás la soledad de Cala Major no sin que nuestro agente apostille un comentario que resume a la perfección esta noche de vigilancia: "Palma está de novela negra". Nos encaminamos hacia el centro de la ciudad y comprobamos que, poco a poco, va siendo así. La gente apura sus últimos quehaceres y se va retirando a su domicilio. Apenas restan 45 minutos para el comienzo del toque de queda. "Sin estado de alarma, todavía habría gente en esta zona, y no poca", lamenta.

Tras un rodeo a las zonas céntricas de Jaume III, la Rambla, la calle Oms o la misma Plaza de España, entramos en la calle Sant Miquel. Es aquí donde se comprueba la baja afluencia de personas en los espacios públicos, cuando en esta misma vía, de principio a fin, no se encuentran ni 30 personas. Por lo que sale el uso de la mascarilla en la conversación.

"Generalmente, se cumple; y eso lo observo sobre todo cuando no estoy de servicio. Lo que sí veo que cuesta más cumplir es evitar las reuniones sociales", comenta.

Acto seguido, nos encaminamos hacia algunas zonas más problemáticas de Palma. Son las 22:00 de la noche, por lo que el movimiento en la vía pública ya no está permitido. Solo el barrio de Son Gotleu muestra un escenario algo diferente al resto de la ciudad, con algunas personas caminando que, previsiblemente, parecen volver a casa; al igual que en Camp Redó, donde una patrulla de la Policía Nacional ya está tomando nota de una reunión que estaba teniendo lugar en una calle de la zona. Son de las pocas salvedades llamativas que se van a observar desde el comienzo de la limitación nocturna.

Desde entonces y hasta medianoche, todo discurre tranquilo por las calles de Palma. Solo interrumpe la paz un aviso por radio. "Un incendio en la cárcel antigua, en la parte de atrás".

Al llegar al lugar, bajamos del coche y aguardamos a que los bomberos terminen su trabajo. En un primer momento no parece importante, "seguramente algún okupa que intentaba calentarse con un pequeño fuego". Ya al día siguiente, desde Comunicación informarían de que se trataba de una mujer que intentó prender el coche de su pareja.

El último deber tuvo lugar en Son Rapinya, minutos antes de la 01:00 de la madrugada. Interrumpimos nuestra ronda por los polígonos de Son Castelló y Can Valero para dirigirnos hacia allí.

La estampa es surrealista. Hay un coche, un todoterreno, que ha subido su neumático delantero derecho sobre el piloto de un vehículo estacionado. La familia propietaria del coche afectado no da crédito a lo sucedido ante otras dos patrullas allí presentes.

El joven que conducía el todoterreno triplicó la tasa de alcohol en sangre permitida y se procedió a inmovilizar su vehículo. No fue fácil, su trabajo le costó terminar la prueba correctamente, por lo que nos venía al recuerdo una famosa escena de internet en la que un individuo no acertaba a terminar la prueba de alcoholemia y se jactaba de ello con algunas frases que ya han quedado para la eternidad. 

Sobrepasada la 01:30 de la madrugada, el servicio de estos dos agentes finalizaba y marchaban hacia comisaría para terminar su jornada y marchar a casa. Vaya desde aquí, desde 'A Vivir que son dos días Baleares', nuestro agradecimiento por permitirnos comprobar cómo es su vigilancia nocturna en unas condiciones más que atípicas para la sociedad y por su trabajo por del cumplimiento de la normativa, que repercute en todos.

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