Domingo, 18 de Abril de 2021

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El referente (Solo un poco II)

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El estilita / Radio Coruña

Al otro lado de la ventanilla había cámaras, pero todas me daban la espalda, así que se estaban perdiendo lo que ocurría dentro del habitáculo de mi coche a pesar de que era lo más emocionante que estaba pasando en aquel lugar dejado de la mano de Dios. A medida que la conversación subía de tono, empezó a acelerárseme la respiración, y juro que los cristales del vehículo comenzaron a empañarse, como en esa escena de "Titanic". No me había sentido tan excitado en mucho tiempo. Cada palabra de esa chica, a la que llamaré Pilarica, me arrancaba una exclamación ahogada. Me retorcía en el asiento del conductor, incapaz de estarme quieto. Solo para picarla, le dije que no me lo creía, que estaba jugando conmigo, que no se atrevería a darme más. Y entonces ella me dijo lo que todo hombre quiere oír de una mujer: que me lo daría todo. Lo hizo, y fue una de las experiencias más satisfactorias de mi vida. De esas que siempre te animan cuando las recuerdas.

Y eso que la cosa no había comenzado bien. Fue después de lo del día anterior (que conté en la última entrada de mi blog), del crimen de Oza Cesuras. Tuve que parar dos veces para preguntar la dirección, pero por fin llegué. Supe que estaba en lugar adecuado cuando vi una furgoneta aparcada sobre la cera con un enorme plato de antena en el techo. Tres cámaras alineados en la acera apuntaban sus objetivos a una casa por la que merodeaban agentes de la Policía Científica de la Guardia Civil, caminado por el techo y vestidos de la cabeza a los pies con trajes blancos de contención, como si el asesinato lo hubiera cometido ET. La casa se encontraba en una vaguada del terreno. Bajé por el camino y me encontré con los redactores de la competencia, charlando con los lugareños, gente de mediana edad, que habían conocido a la víctima, les saludé y escuché atentamente las habladurías.

La víctima era una mujer de 33 años, una empleada del servicio de ayuda doméstica municipal, madre de un niño de solo dos años, que se recuperaba de una operación intestinal tranquila en su casa, a solas, mientras su marido trabajaba y sus padres cuidaban del niño, cuando tuvo lugar el crimen. Los vecinos, toda gente mayor, hablaban de que era una mujer de carácter, de que la habían conocido de niña, del grito que les había hecho asomarse a las ventanas, de cómo el sospechoso se había herido al saltar la verja y de ese coche gris que mencionaba la página web de la competencia, el que abandonó el lugar cuando los vecinos oyeron los gritos y se asomaron a ver qué pasaba. Suponían que eran los cómplices del ladrón, que este se había colado en la casa creyéndola vacía y que cuando la mujer le sorprendió y le persiguió hasta el exterior, le golpeó en la cabeza, quizá con una pata de cabra o algo así, para librarse de ella, pero con tan mala suerte que la mató. Sonaba plausible.

Después charlé con una colega que trabaja para nuestra competencia directa. Había sido compañera mía hace muchos años. Le comenté que me extrañaba no ver a otro mítico reportero de sucesos, uno al que ya mencioné en la entrada "Por una cabeza de ventaja". Es todo un referente en este campo, le dije. "Puede que antes, pero tú ahora eres el referente", me respondió. Yo me eché a reír. Llamamos a la casa de al lado y cuando la mujer que asomó por la ventana dijo que no hablaría con nosotros, nos despedimos y me puse a trabajar. Fue entonces cuando hice la llamada que puso las cosas tan emocionantes.

En realidad, todo consiste en tener una buena fuente. Nada más. Lo importante es lo que sabes y los demás desconocen. Por eso la fuente es el pilar del periodismo, y no el periodista en sí. Me metí en el coche, que había aparcado junto a la unidad móvil de la televisión, y marqué un número de teléfono. Al otro lado de la línea escuché la voz de alguien de la Guardia Civil. O

sea, la Pilarica. Me contó todo. Lo más importante era que el sospechoso, que todavía estaba ingresado en el Hospital, recuperándose del infarto, había disparado a la mujer en la nuca, "casi una ejecución", me dijo. Los de la Científica habían recuperado el casquillo junto al cadáver, el casquillo del disparo que ningún testigo había escuchado en mitad del silencio de la noche, que todo el mundo ignoraba que se había producido. Lo segundo que me contó es que en la mochila que llevaba encima había cadenas y esposas. Lo tercero, que la competencia se había equivocado, que el coche gris no tenía que ver con el caso. Era demasiado bueno para ser verdad. Cuando le dije que era mentira y que solo jugaba con mis sentimientos, me envió pruebas. Tomé nota de todo, con el bloc de notas sobre las rodillas mientras consultaba la pantalla de mi móvil, sin poder parar de sonreír. Le dije a la Pilarica que le besaría los pies, y colgué.

En mi mente, esto es lo que pudo haber sucedido: el sospechoso es un camionero cincuentón, consumidor de cocaína y con antecedentes que trabajaba en una empresa de transportes. Está casado y su mujer trabaja en otra empresa similar, una de mensajería. En ella trabaja el marido de la víctima. Parece ser que hubo algo entre ellos. Nada demasiado serio, quizá un coqueteo de oficina. También parece que la mujer no era una trabajadora aplicada, sus compañeros tenían quejas contra ella. La iban a despedir o algo parecido y se lo contó a su esposo así como que su jefe le tiraba los tejos. El camionero, furioso, decide darle una lección. Sabía que su víctima estaría trabajando, así que puede que decidiera ir y esperarle en su casa. Pensaría que la esposa, que estaba convaleciente de la operación, se hallaría aún en el hospital, o en casa de sus padres. El plan es entrar en la casa, encañonarle cuando llegue de trabajar, atarle a una silla y darle una paliza. Hacer que se cague de miedo. Se mete unas rayas de coca y se pone manos a la obra, se cuela en casa y se topa con la mujer. Esta trata de escapar, él la persigue para que no la delate, pero ya está fuera, grita y da la alarma, va a despertar a todo el vecindario. Él tiene la pistola en la mano, aprieta el gatillo y la mujer cae al suelo. Tiene que huir, y salta el portalón, clavándose profundamente las picas en la ingle. Cae del otro lado y se tuerce el tobillo. Se arrastra como puede tratando de huir mientras los vecinos le gritan. La ansiedad y la cocaína le vencen y el corazón le falla. Cuando llegaron los guardias civiles, ya estaba fibrilando. Tuvieron que usar las palas eléctricas mientras mantenían a raya al marido, que quería matarlo.

No subí nada a la web. Es algo raro en estos tiempos, pero yo trabajo en un medio tradicional. Vigilé de reojo las ediciones digitales de los otros medios mientras escribía. Tenía esa sensación fantástica en las puntas de los dedos que le embarga a uno cuando la historia se escribe sola. Tenía tanto material que podía permitirme una obra por entregas. La primera noticia llevaba por título "Los indicios apuntan a que la víctima murió de un disparo en la nuca a la puerta de su casa". Le dije a mi jefa que creía que nadie más lo tenía, y me fui a la cama con la satisfacción del deber cumplido. Al día siguiente, ojeé mi teléfono y sonreí: el chat del gabinete de comunicación de la Guardia Civil hervía. Todos pedían confirmación de lo que había publicado "un medio". "¿Puedes confirmarlo? ¿Puedes confirmarlo? ¿Puedes confirmarlo?". "No podemos ni confirmarlo ni desmentirlo". Estaba encantado, lo admito. Y para colmo, la redactora de la competencia me llamó para felicitarme: "¿Ves? Te dije que tú eres el referente". Reí, halagado, le di las gracias y colgué.

Al día siguiente publiqué la segunda parte. "El sospechoso del asesinato de Oza-Cesuras entró en la casa con material para inmovilizar" y expliqué la relación que el asesino tenía con la víctima. Cuando acabo un artículo, la mayor parte de las veces, me asalta la duda de si alguien pasará del primer párrafo, pero aquella vez estaba seguro de que muchos leerían con avidez hasta el final. No podía ser de otra manera. Me había convertido en un referente. Aunque fuera solo un poco.

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