Sábado, 08 de Mayo de 2021

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Gobierno social-comunista

La firma de Manuel Ortiz Heras, Catedrático de Historia Contemporánea

Gobierno social-comunista

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A punto de cumplirse los cuarenta años del triunfo de François Mitterrand en las elecciones presidenciales francesas, mayo de 1981, merece la pena este recordatorio. En plena guerra fría, la década de los años ochenta comenzaba con el dominio de las políticas ultraliberales capitaneadas por dos adalides del neoconservadurismo: Reagan y Thatcher. Contra pronóstico, y después de veintitrés años de dominio de la derecha desde la fundación del sistema por el autoritario General De Gaulle, los franceses, en segunda vuelta, apostaron por el candidato socialista frente al todavía presidente Giscard d´Estaing.

Se habló de agotamiento de un ciclo, del comienzo de una etapa dominada por la socialdemocracia y de un cambio histórico en la política europea. La República Federal de Alemania se encontraba en manos de Brandt y Schmidt, con quienes compartían protagonismo en la poderosa Internacional Socialista. Pero los teutones recibieron la noticia con escepticismo porque la proscripción de los comunistas de su sistema partidario les hacía ver el programa de Mitterrand con cautela.

El motivo no era otro que comunistas y socialistas franceses habían formado una entente electoral hasta septiembre de 1977. Si bien desde entonces llevaban vidas enfrentadas, en la segunda vuelta de las presidenciales de 1981 los comunistas apoyaron a Mitterrand y se rumoreaba que algunos de sus representantes entraran en el gobierno. En Estados Unidos la noticia no entusiasmó por las posibles consecuencias para la OTAN con su "atlantismo exigente".

Era el momento álgido del eurocomunismo, escisión del modelo soviético tras la invasión de Checoslovaquia en 1968. Italianos, franceses, portugueses -sobre todo tras la revolución de los Claveles del 74- y españoles, habían ensayado esta fórmula. Era el resultado de un proceso histórico gradual, de adaptación de los comunistas en las sociedades democráticas occidentales. Suponía la aceptación del pluralismo político, de los derechos y libertades individuales. Se llegó a definir como un socialismo democrático. Muchos recordaban la importante contribución de sus partidarios en la lucha contra el fascismo y la recuperación de las libertades democráticas. Como, por cierto, ha puesto recientemente de manifiesto Macron en la cumbre de Montauban.

¿Y en España qué? Los comunistas habían sido los principales defensores de la libertad frente al franquismo y, desde los ayuntamientos, en 1979, contribuyeron decisivamente a la democratización. Aquí las relaciones entre el gobierno de la UCD de Suárez y el de Giscard no habían sido fluidas, sobre todo, a propósito de la propuesta española de adhesión a la CEE. Los reparos galos se conocieron como el giscardazo por las duras condiciones que, sobre todo, en materia de agricultura y pesca, imponían los vecinos. Tampoco favorecieron sus medidas antiterroristas, en un momento en el que ETA había intensificado sus atentados y se hablaba del santuario francés. Por eso, el cambio en el Eliseo se valoró positivamente.

A pesar de la retórica electoral, con amenazas de destrucción de la República o de copiar el Chile de Allende, los franceses no "compraron" el miedo. No hubo fuga de capitales, ni se desplomó la bolsa. Sí subió el salario mínimo y las pensiones, entre otras políticas sociales. Ya existía el Frente Nacional de Le Pen, pero, como hasta ahora, se les excluyó de posibles alianzas.

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