Lunes, 19 de Abril de 2021

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Teresa Velasco Portero

Lo que mi perro me enseñó

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Desde hace unos meses tengo un perrete llamado Berlín. Aunque en mi casa ya hubo perros cuando yo era una niña, es la primera vez que yo soy la dueña, y estoy feliz de la experiencia. La lealtad, la simpatía, la alegría que manifiesta al verme…todo eso es fantástico y compensa con creces la responsabilidad que conlleva el tenerlo, pero es algo que ya sabía y fue lo que me movió a la adopción. Lo que no me imaginaba es cómo tener a Berlín a mi lado me iba a ayudar a ver la vida de otra manera.

La primera vez que ví a Berlín fue cuando lo recogí en Sadeco, y la verdad es que estuve a punto de decir que no me lo llevaba, que me esperaba a que hubiese otro perrito pequeño en adopción, porque este me pareció muy feo. Estaba sucio, muy delgado, babeaba y andaba completamente torcido porque está cojo. Me explicaron que seguramente lo habían atropellado y una de las patas se le soldó encogida. No era el perrito perfecto que yo esperaba. Pero me sentí mal de pensar así y dije que sí a la adopción. Me resigné, en parte por lástima y en parte por vergüenza de mí misma, y me lo llevé con poca ilusión. Mi hija, en cambio, estaba encantada. Decía que la patita encogida le quedaba muy bonita, que parecía una bailarina.

Ahora se lo idiota que fui. Berlín ha engordado y se ha puesto fuerte, y solo recuerdo que está cojo porque cuando paseamos todo el mundo me pregunta con pena que qué le pasa, y dicen “pobrecito”. Está claro que el único que no sabe que está cojo es él, y por eso salta, corre, juega y hace todo lo que se propone. Disfruta de sus tres patas y no tiene límites porque no piensa que deba tenerlos. Se pueden tener más patas, pero no se puede ser más feliz.

Tener a mi lado a Berlín y verlo conseguir todo lo que se propone y disfrutar de todo me ha hecho replantearme muchas cosas, en este tiempo difícil que nos está tocando vivir. Quiero ser tan feliz como él, y me he propuesto no lamentarme de la libertad que nos falta y de los problemas que no está en mi mano resolver, y disfrutar al máximo de lo que sí tenemos. Y estoy saliendo a pasear por Córdoba, disfrutando de tomar una cerveza en cualquiera de sus rincones, oliendo el azahar, siendo consciente de los siglos de historia que me rodean. Vivimos en una ciudad milenaria, que muchos sueñan con visitar algún día, y podemos disfrutarla hasta las once de la noche. Hagámoslo! No le demos vueltas a la pata que nos falta y explotemos al máximo las que sí tenemos. Feliz Semana Santa a todos!

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