Domingo, 18 de Abril de 2021

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Diario de una adolescente en tiempos de covid: "Alter ego"

La joven arandina María González López nos encandila una semana más con su espacio poético

Ayer revolví la carretera, haciendo un garabato de asfalto, recuerdos y canciones olvidadas, sustituyendo los mapas por la geografía de los versos de mi poema favorito.

La forma inequívoca de regresar al único punto del globo del que me siento habitante, antes de que este se pinche con la delgadez del alfiler con el que trato de remendar mis errores, sin que estalle como la bomba con la que nos acostumbramos a vivir detonando en el terrorismo de un beso en estos tiempos.

Escondido del peligro que conlleva la velocidad de la sociedad y de ser atropellado por el giro de un reloj, entre un puñado de árboles desgastados y tan retorcidos por los años que parecen abrazarse a sí mismos con su soledad en una tortura eterna, en mi rincón del mundose siembra la paz en cosechas de pasado.

Yo, agricultora de emociones, solo sé sentarme en este refugio de vida y cultivar bajo esta piel los días de un calendario enredado de miedo esperando a que florezcan los setos de su laberinto, a que alguien salga de él.

Ha pasado demasiado tiempo desde que no hago inventario de ellos en mi álbum de recuerdos particular, tanto que se me derrama la tinta entre las manos de querer sostenerlo todo en la memoria.

Todo sigue igual y a la vez nada es lo mismo, las hojas de los enebros continúan siendo harapos empapados de Sol, los bancos y las mesas donde merendábamos siguen pudriendo su madera en cada tormenta hasta que quiebren por completo, y las montañas prosiguen protegiendo los campos de castilla y los pueblos salteados por el horizonte de la ferocidad de la capital antes de envolverse en la calima hasta desaparecer, enseñando al viajero a observar más allá del camino.

No obstante, este verbo no se queda en unos ojos curiosos, conquista el resto de sentidos hasta llegar a calar el sentimiento, encerrándolo en la cárcel de las costillas hasta que el corazón lo taladre en cada latido.

Me he dado cuenta regresando, de que un lugar lo conforma todo más allá del paisaje, que somos nosotros los que lo hacemos existir.

Que he dejado la tumba de mi alter ego junto a las margaritas que poblaban la colina, arropado con todo el desastre que dejó a su paso, y que a pesar de que sea domingo de resurrección y no reviva nada, si muere todo aquello que nos ensuciaba la felicidad.

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