Viernes, 07 de Mayo de 2021

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"Sé que la palabra madre abarca más sentimiento que vínculo"

La adolescente arandina María González López comparte con nosotros un bello relato dedicado a su madre

Cuando era pequeña solía montar en bicicleta sin demasiado éxito imaginando que alcanzaba a los señores del Tour de Francia en los parques de la ciudad, trepaba por los columpios hasta creer rozar el cielo ensuciándome las manos con las nubes de tormenta y me encantaba edificar ciudades de arena que más tarde serían bombardeadas por la escasa resistencia del agua que las conformaba.

Todas aquellas actividades siempre acababan de manera muy similar, con las rodillas coloreadas de moratones y pequeñas heridas de guerra, todas estas calcomanías típicas de la infancia se curaban bañadas en la saliva de mi madre.

A día de hoy, esta continúa siendo el mejor cicatrizante que conozco, por encima del tiempo, solo que reconvertida en palabras. Formando consejos basados en la experiencia de ser la evolución de los que somos y que rara vez fallan, o frases típicas que se mecen en la boca de gran cantidad de madres y que con los años se han acabado redondeando.

Sin embargo, a pesar de que la mayoría de ellas vayan y encuentren todo lo que buscamos, no sean accionistas del banco de España o no sabríamos que sería de nosotros sin ellas, cada una traza independientemente de su sexto sentido su manera de educar, querer y cuidar.

Yo tengo la suerte de poder hablar sonriendo de la mía, aun cuando emplea este repertorio o atravieso regañinas donde ella habitúa a custodiar la razón.

Para mí, mi madre es un ejemplo y una compañera de vida con la que repartir los relojes. A la vez que canta Loquillo, el Nuevo Mester de Juglaría o algo de Platero y Tú, acaba degollando al final del día las infinitas tareas de su agenda sin que ninguna se resguarde en las horas que le faltan a este y mantiene su inseparable radio colgada del cuello como el amuleto con el que derribar la desinformación.

Me conoce mejor que yo misma, por algo es mi madre. La misma que ríe por cualquier bobada o chiste malo como si todos los niños de la tierra se le hubiesen metido en la boca, esa que escalcia la lluvia en sus mejillas por la muerte del perro en las películas o los finales tristes sin una segunda parte que los rescate, o luce su versión más revolucionaria en los pequeños momentos en los que se ofusca con los políticos, las injusticias o las ocasiones en las que se resiste el bien, entonces sé que es inconfundiblemente ella.

No obstante, a su vez, más allá de humores baratos y anécdotas infinitas, ella es fuerte, como la herencia del mármol, desmigajando el dolor en golpes de carácter y pedradas de voluntad.

En su copa de vino bautiza la elegancia aun brindando con el silencio, a la par que empuña la paciencia en palabras con las que difuminar los problemas hasta reducirlos a meros garabatos.

Ahora, tras las vueltas de los calendarios y con las rodillas intactas, sé que la palabra madre abarca más sentimiento que vínculo y que tan sólo se definirla con el nombre de la mía.

 

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