Martes, 11 de Mayo de 2021

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Demasiada mochila

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El estilita / Radio Coruña

Leí la lista otra vez, solo para asegurarme de que no me había saltado nada: guantes de látex, cuerdas, cinta americana, un mechero y una botella de alcohol. No era precisamente la lista de la compra. Hacía unos días, habían detenido a un tipo después de que se liara a acuchillar a los tíos de su ex, a la que buscaba. Se había colado en el domicilio, un primer piso de la ronda de Nelle fingiendo ser un repartidor (con la mascarilla y una bufanda no lo reconocieron) y, una vez dentro de la casa, le había puesto el cuchillo en el cuello. Obviamente, la mujer se había puesto a chillar y el tío salió de una habitación y se enfrentó a él.

En el forcejeo, perdió la mascarilla. "¡Me habéis reconocido! ¡Ahora tengo que mataros!", parece que dijo. En un momento dado, la mujer abrió la puerta y pidió ayuda mientras su familiar seguía enzarzándose con aquel sujeto enloquecido. El único que acudió en su rescate fue su vecino de enfrente, un octogenario, que forcejeó con el ex para quitarle el arma mientras la mujer le arreaba con una silla. Increíblemente, nadie salió herido más allá de unos arañazos. El tipo salió por pies, se subió al ascensor y pulsó el botón del octavo. A esas alturas, aquel genio del crimen debió darse cuenta de que lo que acababa de hacer y había tomado una decisión, casi tan buena como la primera: en cuanto llegó al octavo, subió al descansillo de la escalera y abrió la ventana y se sentó en el alféizar, dispuesto a saltar al vacío. En ese momento, la vecina del octavo (que también le conocía) salió de su casa yse encontró con aquella escena. Le preguntó qué hacía allí, él se lo dijo, y ella llamó a la Policía, claro.

Leí el relato policial de lo ocurrido y maldecía cada vez que descubría un nuevo dato que no había publicado antes. Apenas escuchaba lo que decía el jefe de la Brigada de la Policía Judicial, o el inspector que había negociado con el presunto suicida para que no saltara al vacío. La rueda de prensa, la primera en mucho tiempo que había ofrecido la Policía Nacional en A Coruña, estaba programada para las once de la mañana, aunque había que presentarse quince minutos antes. Yo me había presentado diez minutos antes, y ya había comenzado, así que había conseguido llegar tarde y pronto al mismo tiempo. La responsable de Prensa me había entregado unos papeles nada más cruzar la puerta y en ese momento estaba tratando de ponerme al día en aquel salón de actos lleno de cámaras de televisión.

Lo que le interesaba a la Policía Nacional era vender la labor de su negociador, un inspector de la Judicial con el que me había cruzado en un par de ocasiones. Siempre me había parecido un tipo algo frío, de esos que siempre controlan su expresión y nunca levantan la voz. Supongo que eso le hace el negociador ideal, aunque me habían contado que los patrulleros habían sido los que habían hablado con él la mayor parte del tiempo. Negociador o patrullero, finalmente, había sido necesaria una persuasión algo más física para evitar que se tirara por la ventana: lo chicos del GOES le habían tirado al suelo y puesto las esposas. Cuando le sacaron a la calle, lo hicieron cubierto con una sábana, como si hubieran atrapado a un fantasma. El inspector estaba respondiendo las preguntas, comentaba que el tipo estaba sufriendo, que el tiempo es un factor muy importante de la ecuación, que él solo era parte de un equipo que le informaba de los detalles importantes, que lo importante era conseguir su confianza, que había pedido hablar con su ex por teléfono pero no se lo había permitido porque era lo que único que quería hacer antes de suicidarse. Todo era muy interesante, pero yo seguía pensando en el siniestro contenido de la mochila que le habían incautado a aquel sujeto. Cuando llegó mi turno de palabra leí la lista en voz alta. "¿Qué dijo que pretendía hacer con todo eso?", pregunté. El comisario de la Brigada Judicial me miró desconcertado y se salió por la tangente. Se limitó a decir que se podía deducir.

Parecía obvio, claro, pero me intrigaba porque era la segunda vez en lo que va de año que pasaba algo parecido. La anterior había sido en Oza-Cesuras, en febrero, cuando ese camionero había entrado en una casa solitaria que pertenecía al jefe de su mujer y había acabado pegándole un tiro en la nuca a la esposa de éste antes de clavarse las púas del portón de la casa en la ingle, torcerse un tobillo y sufrir un infarto durante su huida. A aquel sujeto también se le incautó una mochila con esposas, cadenas y cuerdas. Tanto el uno como el otro me parecían una especie de boy-scouts siniestros que se habían asegurado de estar equipados para cometer el crimen en vez de recapacitar sobre lo que estaban haciendo. Ninguno de ellos era un endurecido criminal de Europa del Este, experto en secuestros y vuelcos. Seguro que nunca habían secuestrado ni atado ni torturado a nadie ¿Cómo se les había ocurrido aquello? ¿Lo vieron en la misma película o algo así? Probablemente siempre habían estado metidos en problemas, tipos impulsivos, no muy listos. El de Oza-Cesuras tomaba drogas, y tenía un expediente policial. El otro tipo era incapaz de controlar su carácter, que subía y bajaba como un yo-yo. Habían cometido errores de los que no habían aprendido, y recibido segundas oportunidades que no habían aprovechado. Los dos tenían demasiada mochila.

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