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Políticas de Izquierda

La firma de Manuel Ortiz Heras, Catedrático de Historia Contemporánea

Cadena SER

Albacete

A la luz de los últimos acontecimientos políticos, cabe preguntarse si asistimos al final del ciclo histórico de hegemonía progresista, a pesar de la todavía importante demanda social de políticas de izquierda. Me refiero a propugnar valores como la solidaridad, la igualdad, la integración y el bienestar colectivo, la necesidad de defender las pensiones, la Función Pública como base del Estado y un sistema tributario progresivo y redistributivo. E. P. Thompson habló de economía moral: las personas deben cooperar, trabajar juntas para el bien común, sin excluir a nadie. En efecto, la izquierda viene acusando un cierto desvalijamiento desde hace muchos años en su ADN ideológico y político.

El gobierno laborista británico de MacDonald de los años treinta fracasó y fraccionó a la sociedad por hacer políticas de derechas, atrapados en el miedo a los mercados y la falta de alternativas reales. Ya entonces la socialdemocracia casi desapareció en Europa salvo en Suecia, donde cosechó importantes éxitos a base de medidas keynesianas. Fue la II GM la que propició un gran pacto que sería la base de los treinta años gloriosos (1945-1975), su periodo de esplendor. Se garantizaba a todas las clases su acceso a los canales de movilidad social ascendente e igualdad de oportunidades. A partir de esa fecha comenzó su progresivo declive. La socialdemocracia se pudo recomponer mediante la denominada Tercera Vía que teorizó A. Giddens. Después hemos asistido al debilitamiento de la clase obrera por la creciente desestructuración del sistema de clases que las fragmentó y descompuso. Se llegó a afirmar que la socialdemocracia se extinguía como consecuencia imprevista de su propio éxito: el Estado de bienestar sustituyó a las redes sociales informales de confianza, solidaridad y compromiso hasta caer en el aislamiento de la individualización; y la devaluación del sistema educativo, a causa de su democratización universal, ha amortizado su potencial meritocrático. El colapso comunista de 1989 y el efecto del fin de la historia ahondaron en la herida.

La socialdemocracia triunfó en España en los ochenta, aunque dilapidó su potencial arrastrada por la perversión de unas élites que dejaron una herencia terrible. Hace sólo diez años que nuestro país y buena parte de nuestro entorno se sorprendió por las movilizaciones sociales urbanas. Se llegó a comparar el fenómeno con el mayo del 68. El 15M y Podemos nacieron de la desolación ante la incapacidad de la izquierda tradicional para traducir la frustración social en resultados electorales. No fue una revolución contra el capitalismo y el imperialismo. Tampoco era antisistema, como demuestran reivindicaciones como la reforma electoral, el castigo a los políticos corruptos, la rendición de cuentas y transparencia. Y ni mucho menos eran violentos.

La España progresista es, por definición, plural y crítica, pero también voluble e inconstante. Es imprescindible construir un relato que promocione y estimule dicha conciencia de modo sistemático y permanente, utilizando todos los medios de comunicación de masas y los instrumentos más pedagógicos, formando opiniones. Esa propuesta debe ser creíble y evitar complejos por una supuesta derrota sistémica del paradigma progresista, para no perder una batalla decisiva contra un rival poderoso al que no le importa la verdad sino la emoción y la contundencia del mensaje, preferentemente sencillo y directo.

La socialdemocracia europea está pagando el precio político de haber olvidado sus valores fundacionales y parte de sus bases electorales potenciales está sufriendo un alto coste personal de miseria y desencanto. No es sorprendente que no vayan a votar, o que, en medio de la creciente fractura social, muchos lo hagan por la derecha. Habrá que actualizar los principios y pasar de la vieja exigencia democrática de la Transición a los problemas actuales que afronta nuestra sociedad con cuarenta años de experiencia democrática. Tony Judt marcó el camino: una cosa es temer que un buen sistema no pueda mantenerse y otra muy distinta perder la fe en el sistema.

 

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