Martes, 15 de Junio de 2021

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Abel

15Meme

El estilita

El estilita / Radio Coruña

Como es una efeméride de la que se está hablando bastante, supongo que toca contar mis recuerdos de lo que fue el 15M en A Coruña. Prometo que no tardaré mucho. No tuvo nada de la magnificiencia de lo de la Puerta del Sol, claro, y en donde trabajo apenas lo cubrimos más allá del primer día. En realidad, el 15M sirvió para enseñarme la diferencia entre noticia impactante y noticia importante. El periodismo se sostiene sobre la primera, más que nada porque es lo que quieren los lectores, sentirse impactados, y por eso me gusta la sección de sucesos, que es la que más impactos por párrafo ofrece. El resto del periódico se lo dejo a los compañeros que creen que el periodismo está llamado a remover conciencias y exponer los grandes problemas de nuestro tiempo. Algo de eso hay, no lo niego, igual que hay pasatiempos, anuncios y el horóscopo, pero nadie abre el periódico por ese motivo, igual que nadie leía el Playboy por los reportajes.

Volviendo al tema, el 15M fue el paradigma de noticia impactante, que atrajo la atención de todos los medios nacionales e internacionales. "Spanish revolution", lo llamaban, como si esos indignados fueran a asaltar la Bastilla o el Palacio de Invierno. En A Coruña el epicentro estuvo en el Obelisco, donde suelen celebrarse las manifestaciones, y las primeras atrajeron a cientos de personas en los actos organizados por Democracia Real Ya, pero el campamento en sí estaba formado por una docena o más de tiendas agrupadas en torno al reloj que constituía la Acampada Coruña, como se dio en llamar. Tenía curiosidad por asistir a una de esas famosas asambleas del 15M, así que un día me acerqué: allí estaban, puede que veinte personas, sentadas con las piernas cruzadas frente al Banco Santander de cuyas ventanas habían colgado letreros, bajo un sol de justicia. La verdad es que no parecían hippies, ni perroflautas, solo gente normal, muchos jóvenes, pero también de mediana edad. Algunos sonreían encantados, otros parecían muy serios, como si fueran conscientes de la responsabilidad que pesaba sobre sus hombros en ese proceso histórico.

Se pasaban el megáfono para intervenir y llegué a tiempo para escuchar a uno de ellos. Saqué el bloc de notas en un gesto que resultó ser vacío: el tipo, al que recuerdo como delgado y con gafas, más cercano a los treinta que a los cuarenta, explicaba emocionado lo importante que le parecía todo, lo feliz que se sentía al estar allí, y su confianza absoluta en que estaban cambiando la historia. Luego le pasó el megáfono a otro que vino a decir lo mismo. Prácticamente irradiaba felicidad, mientras reconocía que no tenía mucho que decir, pero que estaba dispuesto a ayudar en lo que pudiera. Su público aplaudía agitando las manos en el aire, como aplauden los sordos, por alguna razón que no pude discernir.

Pero el momento cumbre fue cuando pasaron a las votaciones ¿Las decisiones se tomarían por mayoría o por unanimidad? Las manos se volvieron a agitar en el aire como un bosque de anémonas: unanimidad. O todo o nada. Fue entonces cuando me invadió un desprecio tan fuerte que me provocó lo más parecido a un shock anafiláctico que jamás sentiré, por la concentración tan elevada de ilusión y esperanza que había alcanzado niveles decididamente tóxicos. Aquellos apóstoles de la libertad, que no sabían que la base de la democracia consiste precisamente en el pactismo, en quedarse a medias, en el ni para ti ni para mí, que no escogían a portavoces porque estaban en contra de los personalismos, que no pensaban renunciar a nada porque iban a por todas, tenían un programa político de máximos que desarrollarían a base de comisiones libremente formadas por personas que donaban su tiempo desinteresadamente en la lucha contra los poderes fácticos y el capitalismo (en aquel momento, lo del patriarcado no sonaba tanto como ahora). La nueva moneda serían los abrazos. Se llamaban a sí mismos indignados, pero su método consistía básicamente en el Buen Rollo, así, con mayúsculas, con el que suplían su falta de medios, de números y de conocimientos. La Era de Acuario estaba en su pleamar.

Dos semanas y muchos comunicados pretenciosos después, de mucho jugar a cambiar los nombres de las comisiones y de las coordinadoras que estaban siempre formadas por los mismos sujetos, me volví a pasar por ahí y todo había cambiado. El pueblo había hablado y el PP de Rajoy había ganado las elecciones por mayoría absoluta. En el Obelisco apenas había gente y los únicos que quedaban eran mendigos y tirados que, acostumbrados a hacer vida en la calle, disfrutaban de la posibilidad de dormir a la sombra del obelisco y participar en las comidas comunales que se organizaban y cuyos detritus se arrojaban a las alcantarillas. Uno de ellos me mostró las llagas de su pierna cuando le pregunté qué hacía allí. Tenía un aspecto de resaca permanente, lo que me pareció que cuadraba con la situación. Todo el lugar olía a orina y había ropa sucia tirada aquí y allí, como el último día del Festival de Ortigueira. El 15M seguiría un tiempo más transformado en asambleas de barrios que organizaban actos de vez en cuando, o se oponían a desahucios, pero la ilusión se había acabado, reducida a mera retórica, sin más contenido que un meme. El acuario se había quedado sin peces.

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