Sábado, 24 de Julio de 2021

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Esta semana de tormentas termina en fiebres y en dolores. Se nos acaba la primavera el lunes dejando un reguero intenso de sangre alterada. La primavera, ya sabes, con su cartel atroz de desajustes, con la endemoniada pasión por desbaratarlo todo en surcos que se rompen y dejan que broten viejos bulbos escondidos; con este despertar de truenos; con este viento que reseca todo y levanta la ternura de las plantas de patata, con el granizo devastando cultivos en el Páramo, la Valdería, el Órbigo, el entorno de Astorga y La Bañeza. El agua y la piedra, machacando.

Y te noto ya maltrecha, desposeída de tu fuerza, agazapada tiritona en el edredón de invierno, desquiciando los momentos de quehaceres, despojando sueños de maniobras insensatas que pretenden corregir el curso más natural de las cosas. Te noto envuelta en agua y piedra, como está la tierra, como está el recuerdo, como está la deshojada planta de mil flores de patata. Mustia y hambrienta.

Así ha venido la semana que nos trajo la visita de un Ministro y de una Consejera, la semana del pedrisco, del sí pero no, del está comprometido, pero no llega. La semana ciega de mariposas despertando. Mariposas despertando. Ya ves. En los rincones de la tierra desolada las mariposas vuelven a enredarse en vuelos de colores, señalando que todo en algún momento se despeja, que no hubo tormenta que no amainara y lo piensas un momento y comprendes que es verdad, que todo está en movimiento y ese movimiento no es otra cosa que la mismísima quietud. Lo notas en las sienes, en el golpeo feroz de la sangre en tu cabeza, esa forma de saber que la vida no perdona mientras vives. No estés desesperado. No sueñes con tus sueños. No desbordes la miel de la corola. No despejes las incógnitas que te acompañan. Deja que la sangre fluya.

Te diría que es hermoso contemplar la lluvia limpiar el cielo. Te diría que esa presión que tienes es un velo de misterio. Te diría que el suelo ya está roto en mil pedazos y que hay ballenas que construyen un mundo nuevo para encontrarnos en el mar. Te diría que esa sangre que te notas en el pecho golpeando, que te arrastra en vómitos nauseabundos, es la misma que te hará reír y que te dejará sentir el sol y la hierba y el valor de las caricias atrapadas en la tarde.

La sangre que alimenta y limpia te explica como sangre misma, sangre que viene de tu sangre, sangre que te venera y te emponzoña, te riega. Por eso es tan valioso saber ser vaso o cauce o acequia, para que la sangre que te recorre no se vierta incontrolada, no se transforme en tormenta, no sea cenagoso charco de veneno, no se estanque y se corrompa. La lluvia limpia. La sangre alimenta. El mundo ya ha desaparecido en conversaciones imprudentes, en promesas incumplidas, en visitas interesadas. La sangre todavía te impulsa y ese deseo extraño de estar aquí a mi lado escuchando el fluir del tiempo es una tormenta de intenciones, una vida nueva: la convicción de que nadie va a resolver nuestros problemas si no somos nosotros los que hacemos de nuestra propia sangre un triunfo.

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