Domingo, 26 de Septiembre de 2021

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Whisky al levantarse

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El estilita / Radio Coruña

Me levanté a las nueve de la mañana y me tomé el café mientras escuchaba la radio. Así fue como me enteré de que un caballo suelto por Alfonso Molina había provocado un alboroto justo una hora antes. No había causado ningún accidente, pero alguien había grabado al caballo mientras lo atrapaban y lo llevaban de vuelta a su establo y ya era una sensación en las redes sociales, donde se había vuelto viral. Mientras yo estaba durmiendo, el mundo había seguido girando e internet me había tomado la delantera, como siempre. A esa hora, cuando yo aún estaba en calzoncillos, Twitter se había puesto sus zapatillas deportivas y había repartido la noticia. Era inevitable, y normalmente me habría olvidado enseguida, pero ese día me llenó una nueva determinación o quizá fuera que el café estaba más fuerte de lo normal. Me prometí a mí mismo que encontraría ese maldito caballo.

Tenía el presentimiento de que aquella iba a ser la noticia más popular del día, y que merecía la pena seguirla. En un par de horas había una rueda de prensa en el palacio municipal, pero la alcaldesa carecía de interés periodístico comparado con un caballo a la fuga, por la sencilla razón de que al público le gustan mucho más los animales que los políticos. Les inspiran una ternura y una simpatía que están más allá de las posibilidades de un cargo electo o de la mayor parte de los seres humanos, ya puestos. Hice una llamada y averigüé que el caballo había salido de San Vicente de Elviña, un pequeño núcleo rural junto a Alfonso Molina, lo que facilitaba mucho las cosas. Tras acabar la rueda de prensa, pasé por el puesto de unas amigas en el mercado municipal de San Agustín y conseguí que me dieran un tomate cherry por si acaso tenía que enfrentarme al caballo.

No es que tuviera miedo, pero no me fío de los equinos: cuando tenía diez años había decidido compartir uno de mis caramelos con el caballo percherón del tío Anselmo y había cometido el error de meterme dentro del cercado. El animal se me acercó y comió de la palma de la mano caramelo, haciéndome cosquillas con sus labios peludos, que parecían de felpa. Le ofrecií otro y luego otro más. Recuerdo lo encantado que estaba al ver lo dócil que era, como le acaricié las crines hasta que me decidí a regresar a la casa: aquel monstruo psicótico me empujó contra el cercado (solo su cabeza era tan grande como yo) y me aplastó contra ella mientras introducía su enorme boca en el bolsillo de mi abrigo y se comía todos mis caramelos. Yo me eché a llorar, asustado, y así fue como me encontraron mi padre y Anselmo, lloriqueando a moco tendido. A ellos les había parecido muy divertido, claro, pero yo aún estaba resentido contra la especie equina. "Belleza negra"; "Secretaria", "Bucéfalo", "Rocinante", "Mi pequeño pony"... Los odiaba a todos, y ahora tenía que enfrentarme a uno de ellos armado con tan solo un tomate.

Fue facilísimo encontrar a la bestia. San Vicente de Elviña es una aldea, así que no tuve más que detener el coche cada vez que me cruzaba con alguien y preguntaba por la casa de la que había escapado el caballo. A la tercera, ya estaba frente a la casa. Llamé un par de veces, pero no parecía haber nadie. Entonces percibí movimiento en el establo de al lado y allí estaba un tipo calvo, algo más joven que yo. Le pregunté si era el dueño del caballo más famoso de A Coruña. Se rió y me dijo que sí. Tras un minuto de charla, me llevó hasta el establo, donde esperaba el caballo. Se llamaba "Whisky". Era enorme, descomunal. Le pregunté al dueño cuando pesaba. "500 kg". Media tonelada de caballo. Puesto de costado, parecía un muro. Tenía el pelo de un castaño brillante y una mancha blanca en el morro y me miraba desafiante. Pedí permiso a su jinete para entregarle el pequeño tomate. "Whisky" inclinó la cabeza y pareció que me besaba la mano. Luego escupió mi ofrenda de paz al suelo y me enseñó los dientes.

Aquello era demasiado. En mi cabeza ya tenía escrito el artículo: "Caballo enloquecido aterroriza Alfonso Molina. La opinión pública exige su sacrificio". Tomé unas cuantas notas más mientras el dueño me explicaba cómo se había fugado. Al parecer había un cercado eléctrico que su primo se había olvidado encender. "Whisky" se había dado cuenta porque no había oído el interruptor, así que se había aprovechado la oportunidad. El dueño se llamaba Abel y por alguna razón, me cayó bien, así que decidí aflojar. Antes de irme les saqué una foto. "Whisky" me miró, como desafiándome a que le sacara el lado malo. Me largué sin despedirme de él y una hora más tarde, la historia estaba en la web. Recibió cientos de visitas, que pronto se convirtieron en miles, lo que justificaba en parte la arrogancia del equino. Por si eso fuera poco, al día siguiente me llamaron de una cadena de televisión para interesarse por él. Y luego, una agencia de noticias. Dudé, pero al final les di el contacto, a pesar de que era yo el que había pasado el mal trago.

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