Domingo, 28 de Noviembre de 2021

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Ruina y heroína

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El estilita / Radio Coruña

Había pasado un año, más o menos, de mi última visita a las viviendas de San José. Si no las conoces, te diré que se encuentran justo antes de llegar a la refinería. Unas casas ruinosas de piedra, ahora cercadas por vallas de obra, que durante años han sido un punto de narcotráfico, con heroinómanos entrando y saliendo todo el día. Ahora, el Ayuntamiento pretende derribarlas y poner fin al problema. O más bien, cambiarlo de lugar. Lo curioso es que yo estuve presente durante su nacimiento, cuando desalojaron Penamoa y los traficantes que tenían allí su 'oficina' comenzaron a buscar otros lugares donde asentarse. Entonces veía a los chabolistas día sí y día también. Uno de ellos me regaló una colonia de Antonio Banderas por uno de mis artículos, el mismo que llamó a un colega para que le instalara un suelo nuevo. Luego perdí el contacto y el clan gitano siguió allí haciendo de las suyas: la Policía Nacional entraba de vez en cuando, hacía una redada y detenía a todo el clan, niños incluido.

Creo que ya he escrito un par de veces sobre este lugar. La última vez fue cuando quise sacar una foto del lugar de cerca. Me persiguió medio clan (afortunadamente, la mitad femenina) mientras corría hacía mi coche. No fue fácil dejarlas atrás, sobre todo porque era el único que no vestía un chándal. Al día siguiente, recibí una curiosa llamada advirtiéndome de que dejara en paz las viviendas de San José, o me metería en problemas. Normalmente, solo me amenazan con demandarme, así que recuerdo esa llamada con cariño. De todos modos, no había vuelto por allí hasta ese momento, así que puede decirse que la amenaza había surtido efecto. Pero esta vez era más ambicioso: quería hablar con los traficantes y preguntarles qué opinaban sobre el desalojo. Era una idea disparatada, claro. De hecho, se me había ocurrido tomando unas cervezas con un amigo. A la tercera, o a la cuarta espumosa, le había contado mis planes, dando un fuerte golpe en la mesa, y mi colega se había ofrecido a acompañarme. Yo le dije que no hacía ninguna falta, y pedimos otra.

Dos o tres semanas más tarde estaba allí, caminando por la cuneta. Lo había demorado todo lo que había podido, pero ya no había vuelta atrás. Es decir, la había, pero no pensaba marcharme sin obtener unas declaraciones. O gritos amenazantes. O, en el peor de los casos, pedradas. Observé desde el otro lado de la carretera el portón de hierro que daba acceso a la casa ruinosa, llena de basura. Estaba pensando en mi próximo movimiento cuando un par de tipos con aire furtivo salieron por la puerta, pálidos, llevando a sus espaldas mochilas y con bolsas de plástico en la mano. Me miraron desconfiados cuando les saludé y apartaron las vallas de obra para desaparecer por uno de esos senderos ignotos de la periferia que solo conocen los toxicómanos y los morlocks.

En ese momento distinguí por encima del muro a unos tipos subiendo unas escaleras. Eran barbudos, gordos, y con el inevitable chándal. O quizá solo puedo recordarles de ese modo. Les voceé y les expliqué que era un periodista, y que quería preguntarles por lo del desalojo. Me miraron con recelo e hicieron unos cuantos aspavientos, pero, al poco, un tercer sujeto apareció por el portón. Parecía cortado por el mismo patrón que los otros: moreno, barbudo, con tatuajes en el cuello. Un perrito salió con él, y comenzó a husmearme mientras yo interrogaba al que parecía ser su dueño. Le pregunté cómo lo veía, lo del desalojo, y él me contó que su abogado creía que la batalla legal todavía no había terminado. Mientras me fijaba en la palabra "Juan" escrita en su cuello, le pregunté si el Gobierno local les había ofrecido una opción de alojamiento, dado que estaban empadronados allí. Resultó que no. "Y mis padres están enfermos. Mi padre se mueve con muletas", explicó, indignado. Me invitó a entrar y conocerlo, invitación que rechacé. Me interesaba más el narcotráfico. "¿Y lo de las drogas?", le pregunté. Había oído que había allí se pinchaba más gente que en Expocoruña. Él meneó la cabeza, disgustado. "También se vende droga allí y allí. Por todas partes", dijo, señalando la ciudad. Asentí comprensivo mientras tomaba notas y el perrito trataba de reclamar mi atención.

Aquel tipo, como tantos otros, no tenía brújula moral en sí, solo seguía la corriente, como cuando no estás seguro de la dirección de un concierto y sigues a la multitud. Ciegos guiando a otros ciegos. Nadie sigue al tipo solitario porque eso resultaría siniestro, propio de psicópata, aunque muchas veces los héroes siguen su propio camino. Pero allí nadie buscaba a un héroe. Solo heroína.

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