Sociedad

"No somos monstruos, tampoco invisibles": el renacer de Maria y Susana después de 20 años en la calle

Las drogas las distanciaron de su familia y acabaron durmiendo en la calle, perdiendo también la tutela de sus hijos

Han estado en el primer albergue de España, ubicado en Barcelona, en el que personas sin hogar con adicciones pueden vivir y consumir al mismo tiempo

Ahora son compañeras de piso y están rehaciendo vínculos "no sabes lo que es para nosotras dormir bajo un techo y oler un café de buena mañana"

REPORTAJE. Albergue para personas adictas sin hogar

REPORTAJE. Albergue para personas adictas sin hogar

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Barcelona

"Esto, para mí, es un palacio. Ahora mismo es mi palacio". María (nombre ficticio, pide no revelar el suyo), está sentada en una mesita de madera puesta en la esquina de un pequeño salón-cocina. El piso, típico del barrio Gótico, es pequeño, en una finca antigua, pero está reformado por dentro. Dos habitaciones y baño. Un techo para la mayoría, un palacio para ella después de más de 20 años de inestabilidad, muchos durmiendo en las escaleras de Correos en la Via Laietana de Barcelona.

Un palacio en el que Maria y Susana entraron el 1 de diciembre. Pero no son todo comodidades. "Tengo miedo. Hace muchos años que no tengo que preocuparme pagar facturas ni mantener una estabilidad. Tengo miedo porque no sé si voy a saber organizar mi vida, y es un reto". Susana, compañera de piso de Maria, asiente con la cabeza. "Nos está costando situarnos? Pues sí. Antes estaba todo hecho, había un horario, actividades... Ahora decidimos nosotras. Quizá nos quede grande, sí, pero es un trampolín".

Las dos han estado en el primer albergue de España que acoge a personas con adicción a las drogas y les permite dormir y consumir dentro, con apoyo de educadores sociales, psicólogos y otros profesionales. Lo financia el Ayuntamiento de Barcelona. El centro abrió en plena pandemia, pero el Ayuntamiento de Barcelona no ha anunciado su creación hasta hoy. Se trasladará de la calle Numancia, en el distrito de Les Corts, a Horta - Guinardó. Los padres de la escuela Mas Casanovas han protestado contra la nueva ubicación del centro, pero el Ayuntamiento y los profesionales niegan que haya motivos para preocuparse: "no ha habido ningún problema de inseguridad ni delincuencia en el albergue", zanjan fuentes municipales.

Una nueva oportunidad

Maria (recordamos, nombre ficticio) tiene 47 años, nació en Barcelona, y su familia vivía en el Paralelo. A los 18 años se quedó en la calle y fue madre, soltera, todo a la vez. Fue cuando empezó su coqueteo con las drogas y todo lo demás se vino abajo. Cuando le preguntamos por su familia agacha la cabeza "prefiero no hablar de esto". Trabajó en la hostelería, limpiando casas, pero todo eran empleos temporales.

Susana Moreno tiene 53 años y no le importa salir con nombre y apellidos, "los míos ya lo saben todo". Tiene un hijo y una hija, los dos mayores de edad, con los que tiene poco contacto. Para ellos, como el resto de gente, es Susana. No es mamá. No los pudo acunar. "Además, mis dos parejas están bajo tierra". La droga se metió por enmedio y lo complicó todo, ella ha estado 25 años en sitios temporales, recursos, albergues... Pero la mayor parte la ha pasado en la calle, "con mucho frío y muchísimo miedo".

La pandemia, que tantas vidas ha sesgado, les ha dado una oportunidad a las dos. En marzo de 2020 España se confinó y Barcelona tuvo que buscar soluciones de urgencia para sacar de la calle a las personas sin hogar, más de 1.000. María y Susana fueron abucheadas por vecinos durante el inicio de la pandemia, cuando vivían en la calle y no tenían a dónde ir. "¡Nos abrocaban por estar en la calle! ¡Pues súbeme a tu casa, a mí qué me cuentas!", exclama María.

El gobierno municipal abrió un pabellón entero de La Fira de Barcelona, con miles de usuarios y miembros del ejército cocinando para ellos. Las únicas condiciones para acceder eran no tener conductar violentas y no consumir drogas, tampoco alcohol. En paralelo, y sin publicitarlo, se abrió otro centro en la Calle Numancia. Allí sí que se podía consumir. Y no sólo alcohol, sino todo tipo de drogas.

"Nos lo propusieron y era gratis, ha estado muy bien. Esta gente [los educadores y trabajadores del centro] te ayudan a tener confianza en tí misma, porque si no te quieres, ¿quién te va a querer?", dice Susana. Allí tenían un techo - "después de mucho frío y mucho miedo" - compañeras, podían ver películas, ir a la peluqueria, bailar, hacer yoga. Después de meses de progresos, ABD (Asociación Benestar y Desenvolupament, la entidad que gestiona el albegue municipal) les concedió un piso. Un educador pasa a verlas entre 2 y 3 veces por semana, pero son autónomas, gestionan los cuidados del hogar y también la economía.

"Nos llevamos perfectamente, hemos pasado las navidades juntas y ha sido maravilloso. Si una cocina, otra limpia. Estamos muy agradecidas, de corazón". Ahora tienen tiempo indefinido para rehacer sus vidas, ser más autónomas e independientes y, en paralelo, trabajar su relación con el consumo de drogas. Los educadores creen que no son caminos independientes sinó que la autoestima, la construcción de vínculos y las rutinas son un gran empuje para dejar de consumir. "Somos personas normales y ahora tenemos una oportunidad, una que nunca hemos tenido. La queremos aprobechar", rematan María y Susana, sentadas con una taza de café en la mesa de su comedor.

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