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Los curiosos casos de luteranos ante el tribunal de la Inquisición de Cuenca en el siglo XVI

Rescatamos del archivo inquisitorial distintos procesos desarrollados entre 1525 y 1600

El primer caso registrado en los archivos de la Inquisición de Cuenca contra un hereje luterano data de 1525. / Pixabay

Cuenca

En el espacio de radio El archivo de la historia que coordina el historiador y archivero Miguel Jiménez Monteserín, y que emitimos cada quince días en Hoy por Hoy Cuenca, rescatamos esta vez una serie de documentos del archivo de la Inquisición de Cuenca, datados entre 1525 y 1600, en los que podemos seguir los curiosos procesos contra distintas personas acusadas de herejes luteranos.

Los curiosos casos de luteranos ante el tribunal de la Inquisición de Cuenca en el siglo XVI

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MIGUEL JIMÉNEZ MONTESERÍN. Un siglo largo de investigaciones ocupadas en mostrar hasta la saciedad la débil y escasa penetración de las ideas reformistas europeas en España, así como en destacar sobre todo el perfil de aquellas pocas personalidades muy cualificadas que aparecieron en su momento adscritas a muy precisos círculos de pensamiento y no menos concretos estratos sociales, parecería haber hecho un tema zanjado del estudio de los «reformados» españoles, sirviendo esa conclusión como coartada que justificase el desentenderse de cualquier nuevo intento de aproximación al mismo. Nadie puede negar en efecto que, salvo precisiones de matiz, resultan suficientemente estudiados los llamados círculos luteranos de Valladolid o Sevilla e igualmente los ecos individuales que el subsiguiente rigor inquisitorial moduló, dando lugar a procesos tan escandalosos como el que envolvió al mismo primado de España, el arzobispo Bartolomé Carranza.

El examen de las abundante bibliografía inspirada por las vidas de los más destacados de cuantos se vieron envueltos en las citadas peripecias, persuade además de que, excluido casi por completo el contacto personal frecuente con los herejes de allende nuestras fronteras, es posible concluir que el precario luteranismo detectado en España se debió difundir primordialmente a través del escrito y, por ello, apenas si afectó a aquellos sectores de la población para quienes el uso de tal vehículo de comunicación resultaba algo inalcanzable. Visto el fenómeno desde este ángulo, se comprende mejor su declarado carácter minoritario. Sin embargo, creemos posible todavía matizar y aún explorar conclusiones nuevas encaminadas a afirmarse en una visión no enteriza del fenómeno de la heterodoxia luterana, o mejor reformada o evangélica, en España.

Cabe avanzar como hipótesis que la mención o referencia genérica a Lutero o su doctrina sirvió, sobre todo, de refuerzo a una corriente crítica previa, marcada por el anticlericalismo y de profundo arraigo en el cristianismo hispano bajomedieval, en cuyo apoyo se aducirían tales argumentos novedosos, buscando avales exteriores que le sirvieran de refrendo. Instrumentación esta que en modo alguno desmentiría la sincera convicción de quienes manifestaban semejantes simpatías desde muy dispares ubicaciones sociales, minoritarias desde luego.

"Leyendo la denuncia que el carpintero Juan Fuster formulaba en noviembre de 1525 contra el entallador alemán Juan de Coca, sorprendemos la animada disputa, sostenida unos días antes por ambos acerca de estos asuntos". / Ilustración de Capuz

Herejes luteranos

Saliéndonos ahora del habitual terreno de estudio referido a los autores de libros o personas letradas a quienes se persiguió por la defensa teórica de doctrinas heterodoxas, cercanas en distinto grado al cristianismo evangélico, hallamos que no queda agotada en absoluto la nómina de los individuos malquistos por el celo de los guardianes de la recta opinión oficial. Un modo popular y poco conocido de ser hereje luterano se nos manifiesta tras la consulta de la mayoría de los procesos que, bajo tal rúbrica, se guardan en el Archivo de la Inquisición de Cuenca. Tras su lectura salen reforzadas ciertas hipótesis de trabajo y, desde luego, se muestra con todo vigor el papel desempeñado por el Santo Oficio como instrumento de vigilancia y hasta, paradójicamente, de difusión de actitudes presuntamente heréticas, a través de su tarea primordial de configurar de modo uniforme y seguro la opinión popular amparados sus jueces en la pedagogía del miedo.

No hallaremos entre los encausados conquenses personajes especialmente notables debido a su condición intelectual o social. Por igual están casi del todo ausentes, tanto los entusiastas declarados de Erasmo, como los estudiosos o cortesanos que sabemos se desplazaron desde otras regiones hasta aquellos países de Europa en que más intensa era la efervescencia doctrinal durante la primera hora de la rebeldía luterana. Raro será, por tanto, hallar adhesiones doctrinalmente sólidas a los dogmas básicos de los reformados, las tres sola, gracia, fe y Escritura. Bien es verdad que un examen minucioso desde nuestra perspectiva es capaz de intuirlo, latiendo bajo otras actitudes de rechazo moral más superficiales; con todo, la característica más destacada de casi todos los acusados es la adhesión a una generalizada actitud crítica, no demasiado diversificada en sus temas, instrumentalizando al servicio de ciertos rechazos institucionales el eco de unos contenidos teológicos nunca del todo bien asimilados.

Además de aquellos españoles que resultaban sospechosos por sus posiciones doctrinales o por haber mantenido contacto con los países «contaminados» del resto de Europa, los extranjeros procedentes de aquellas mismas tierras en que la polémica religiosa era más viva se convertían necesariamente, a ojos de las autoridades, en virtuales agentes difusores del error aprendido en ellas. Por este motivo unos y otros solían ser objeto de cuidadosa atención y vigilancia. Sin embargo, no documentan de modo suficiente nuestros procesos que los numerosos extranjeros encausados -franceses emigrantes en su mayoría- desarrollasen labores de abierto proselitismo entre los españoles. Integrados a duras penas en aquellas poblaciones donde residían, su divergencia doctrinal o práctica solía ser causa inmediata de denuncia de la que nunca estaría ausente cierta inspiración xenófoba. Únicamente solían manifestarse dubitantes respecto del catolicismo -cristianismo para ellos y los inquisidores- o sinceramente adheridos a las doctrinas reformadas, oídas fuera de España, cuando departían entre sí, atreviéndose sólo entonces a entonar cancioncillas satíricas de impronta anticlerical o doctrinal, cantar himnos religiosos reformados en su propia lengua o hacer circular folletos o imágenes de propaganda antipapista.

Españoles y extranjeros, hermanados accidentalmente por un mismo calificativo penal, componen dos grupos sociales, e incluso ideológicos, para los que el rasgo más común era sólo este: resultar ser hombres claramente vulgares con la sola excepción de algunos artistas. Personas generalmente de escasa preparación doctrinal e intelectual, cuya profesión de fe heterodoxa presenta por ello rasgos interesantísimos, a pesar de lo precario del respaldo teórico con que exponían sus opiniones. No cabe dejar de lado el recelo que les llevaría a disimular sensatamente su bagaje de conocimientos doctrinales ante los inquisidores y a no disputar con ellos en modo alguno. Preciso será además dar mayor vuelo y alcance al empeño de descubrir los rasgos fundamentales y característicos de los elementos que constituyeron entonces esta faceta de la «herejía popular», siempre tipificada desde supuestos de ortodoxia que muchas veces caricaturizan las transgresiones con el fin de hacerlas jurídicamente objetivables desde una perspectiva «culta» de iniciados en una doctrina, poco o mal conocida por aquellos a quienes se juzga.

No escapa a nuestra consideración que el comienzo de la ofensiva antiluterana en todos los frentes vino a coincidir con el profundo cambio que en las actitudes de tolerancia, antes más habituales, se estaba sufriendo en Europa desde el final de la década de los cuarenta del siglo XVI; tampoco la tajante y temprana declaración dogmática acometida por la Iglesia de Roma reunida en concilio que la llevaría a terminar con aquella tierra de nadie, vacilante de incertidumbres y arriesgada en las controversias, aunque fecunda en sus posibilidades innovadoras, que, ya en opinión común, fue el primer caldo de cultivo en que se desarrolló el embrión de la Reforma alemana. Por otra parte, la revitalización religiosa y, desde luego, la recuperación de la seguridad doctrinal alcanzó también a la mayoría de los fieles católicos, gracias al ardor con que se entregaron a su tarea la mayor parte de los prelados diocesanos puestos al frente pastoral de ambos cleros secular y regular, tan pronto fueron promulgados los decretos tridentinos De Reformación a partir de 1563.

Cuadro 'Condenados por la Inquisición', de Eugenio Lucas, siglo XIX, Museo del Prado. / Wikipedia

El primer caso en el archivo de Cuenca

Las fechas límite adoptadas como marco cronológico no son del todo arbitrarias. En 1525 topamos con la primera denuncia contra un reo acusado de apoyar sus dudas al respecto de la confesión sacramental en el testimonio recibido hacía poco de unos frailes de que «andaba un fraile en Alemania predicando muchas herejías y que, entre otras cosas, dicía ciertas cosas acerca de la confesión (...)». Con los primeros años del siglo XVII desaparecen casi por completo los procesos contra reos expresamente calificados de luteranos, luego de haberse ido espaciando durante los últimos años del siglo anterior. Nuevas preocupaciones conducían a otros derroteros la actividad del Santo Oficio, soslayando casi por completo en adelante un tema de divergencia calificado de «fantasmal» por algún estudioso al valorarlo globalmente.

A pesar de la estrecha vigilancia con que se pretendió inmunizar a España casi desde el momento mismo del estallido del conflicto en Alemania y tan pronto aparecieron los primeros conatos de distribución de propaganda escrita, algunos españoles, caracterizados por su actitud intelectual innovadora, quedaron familiarizados con las nuevas ideas, ya desde la segunda década del siglo XVI. Los mismos detractores del agustino alemán se habían encargado también de difundirlas sobradamente, escuchándose algo de tal estrépito así en las cátedras universitarias como en los púlpitos. Todo ello creaba un interés creciente en muy distintos ámbitos sociales a medida que la difusión de tales ideas se acompañaba con noticias referidas a los rotundos conflictos políticos que tenían lugar en diversos lugares de Europa, llenándose de unas y otras las conversaciones de los salones de las gentes socialmente encumbradas en paralelo a las de los mentideros populares. Difusión oral de noticias acerca de Lutero y las peripecias de los primeros reformados -mucho más que de los temas específicos de su pensamiento-, en cuyo aspecto menos conocido hasta ahora conviene insistir, fijándonos en el papel que cupo a ciertos agentes ocasionales, viajeros, inmigrantes de distinta ocupación y fortuna, peregrinos o buhoneros, que inquietaban profundamente a la Inquisición con sus fáciles y frecuentes movimientos, llegando a considerárseles misioneros enviados a España, camuflados bajo apariencias inofensivas,

«(...) por lo cual, y por lo que más el susodicho dijo, parece que debajo de su humilde vestido y oficio bajo, trae más dañosa mercadería de la que vendía».

Manifiestan los documentos hasta qué punto se había logrado una relativa difusión de tales asuntos y noticias, sobre todo en los lugares mejor comunicados, gracias a los relatos de dichos viajeros. El ayllonés Gabriel de Sotomayor citaba en 1524 al «fraile de Alemania», de cuyas andanzas le habían informado «unos frailes que eran venidos» y para cuya querella recomendaba el arbitraje papal. Leyendo la denuncia que el carpintero Juan Fuster formulaba en noviembre de 1525 contra el entallador alemán Juan de Coca, sorprendemos la animada disputa, sostenida unos días antes por ambos acerca de estos asuntos. Comentaba el español que la inquisición toledana había hecho salir al auto de fe a dos flamencos, convictos de simpatizar con los reformados alemanes. Su interlocutor, aficionado luterano él mismo - «dijo que era bien dicho y hecho lo que el fraile decía»-, puntualizaba con acierto que, contrastando con el rechazo hostil de que eran objeto en España los seguidores de Lutero, éste había sido tratado con benevolencia por el emperador:

«(...) y el dicho Francisco de Coca dijo que, si fuera mal dicho lo que el dicho fraile decía, que no le habría permitido el Emperador, pues que había comido con él, antes le había dicho que usase de su oficio, y este testigo le dijo ‘Que si era el Anticristo’, y el dicho Francisco de Coca dijo que no, que antes había de ser algún hombre santo, lo cual dijo después de haberle dicho este testigo que habían quemado en Toledo su estatua y muchos libros suyos (...)».

Información distorsionada y propagandística sin duda, pero reflejo al tiempo de un estado de opinión «germánico», coincidente en cierta medida con el de quienes unos años antes habían concebido ciertas esperanzas, en España y fuera de ella, de que la Iglesia caminase hacia su auténtica reforma por mano de Lutero. Curiosa resulta también su apreciación de la situación política y económica del momento:

«(...» Item dijo, que habrá ocho o nueve días que estando en casa del dicho Francisco de Coca, dijo que cuatro Santas habían echado a perder a Castilla, la Santa Inquisición la primera y la Santa Compusición y Cruzada y la Santa Hermandad, (...) e lo dijo refiriéndose a lo mal que después han andado los oficiales en Castilla, (...)».

Pormenor de una opinión común que en aquellos días correría de boca en boca con diversas manifestaciones, trasluciendo un cierto estado de expectativa esperanzada, para entonces ya probablemente defraudada, de que el nuevo rey mejorase la maltrecha economía castellana en lugar de someterla a una creciente presión fiscal con que financiar sus propios objetivos imperiales. Así parece indicarlo el dicho de Diego de Andújar, vecino de San Clemente, quien, al enterarse de la marcha de Fernando el Católico para Aragón tras dejar la regencia de Castilla en 1506, manifestó: «Vaya, que nunca más agora verná, que deja robada a Castilla con Inquisiciones y Compusiciones y Hermandades ... (...)».

Todo parece indicar que esta progresiva objetivación de asuntos heréticos, diferenciados, por venir del exterior, de los que era corriente moneda en la España de entonces, hasta culminar en la generalizada ofensiva de los años sesenta y setenta, debió responder, luego de un inicial período de titubeos, a unas directrices explícitas emanadas del Consejo de la Suprema y General Inquisición, a medida que las distintas circunstancias aconsejaron la adopción de decisiones acordes con la cerrada ofensiva de la Monarquía Católica contra quienes justificaban en la Reforma su propia beligerancia..

Importa señalar hasta qué punto fue débil la introducción de las auténticas ideas de los reformados en el interior de la península, a pesar del espejismo de las cifras y el reflejo que éstas procuran del circunstancial rigor interpuesto por las autoridades en su lucha con unos enemigos auténticamente de papel. A medida que el celo inquisitorial se fue alertando como consecuencia del aumento observado en el número de denuncias relativas a las opiniones de quienes se mostraban simpatizantes con el núcleo de temas religiosos divulgados como específicamente luteranos, la atención hacia los extranjeros y sus movimientos se tornó cuestión de primordial interés para los responsables inquisitoriales de cada distrito. En cada uno de ellos se reforzó la tupida red de vigilancia ya existente, lográndose que unánimemente colaborasen con el Santo Oficio los clérigos locales y las autoridades civiles, atentos siempre al menor signo de disenso puesto de manifiesto.

Archivo histórico provincial, antigua sede la Inquisición en Cuenca. / Cadena SER

Querer más el vino que la Iglesia

Cualquier extranjero, si por añadidura estaba poco arraigado, era ordinariamente ocasión de inquietud. Una expresión jocosa e irreverente del calderero parisino Gil Antón - «viendo que no había vino dijo que más quería que faltase la iglesia que no el vino»-, a comienzos de 1562, fue inmediatamente calificada por su auditorio de «luterana». Denunciado por un familiar del Santo Oficio, fue conducido a la audiencia del inquisidor de visita en Atienza. Y sólo se le dejó marchar libre una vez se hubieron asegurado allí de que no había vuelto Francia desde su partida diez años antes, mostrándose además bastante ignorante respecto de las novedades religiosas allí ocurridas.

El riesgo de burlarse de un saludo

Sucedía otras veces que los incidentes se ocasionaban con motivo de la extrañeza con que los extranjeros contemplaban determinados hábitos de comportamiento de los españoles, inevitablemente ligados con la generalizada religiosidad que impregnaba hasta los más mínimos detalles de la cotidiana existencia en la España del Quinientos. A finales de 1560 era acusado el carpintero angevino Charles Maguet por haberse burlado del saludo que solía intercambiarse entonces:

«(...) el dicho Carles hizo burla y se reía de los cristianos que decían ‘Loado sea Jesucristo’ y mofaba, lo cual por España y por aquella tierra donde estaba el dicho Carles y las otras personas, se usa, de que se topan, decir, ‘Loado sea Jesucristo’, y desto se reía y mofaba y, al parecer deste testigo, entendió dél que le parecía mal lo que los cristianos decían (...)».

El encuentro con la Inquisición raramente les fue gratuito, dado el afán proselitista con que se buscaba para ellos, por encima de todo, la reinserción en aquella ortodoxia que sus conversaciones y actitudes revelaban peligrosamente relajada, por influjo del peculiar clima espiritual existente en sus países de origen. Sirva de ejemplo que manifestar simplemente el deseo de volver a ellos, por gozar de mayor libertad -sentimiento explicable en cualquier emigrado-, era interpretado habitualmente por los inquisidores como signo de su pertinacia y relapsía en la convicción herética. No pocos de ellos recibieron sentencia de ejecución en estatua, por haber logrado realizar al fin tales deseos, infringiendo con ello el mandato de no abandonar el país donde, con celo tan extremo, se procuraba su salvación haciéndoles abdicar por la fuerza de sus opiniones erróneas.

Para la mayoría de los españoles lo normal era que el extranjero únicamente despertarse aquel interés que normalmente acompaña a lo accidental, cuando se rompe la rutina cotidiana. Las noticias traídas de los sucesos de sus respectivos países, el relato de sus vidas, bastante novelescas muchas veces, raramente sirvieron para suscitar adhesiones de fe, en un medio progresivamente cerrado y hostil en el que la «reconquista» católica iba dando frutos de ortodoxia cada vez más satisfactorios para sus promotores en los ámbitos populares. Por este motivo no era infrecuente que la denuncia a la Inquisición o a la justicia seglar siguiese a algunos de estos contactos verbales, tan pronto llegaba a descubrir alguno de los circunstantes cualquier disconformidad con aquella doctrina ortodoxa que, lentamente perfilada, iba abriéndose paso en el seno de las capas sociales más bajas de ciudades y aldeas.

Casos expresamente de luteranismo

Los primeros reos acusados expresamente de luteranismo por el tribunal conquense fueron conducidos ante él entre 1556 y 1558, justo en vísperas ya de que el descubrimiento de los círculos filoluteranos de Valladolid y Sevilla diese la señal de emprender una campaña sin concesiones.

Aunque conocemos suficientes detalles acerca de la incidencia que tuvo la inmigración francesa sobre los territorios del área catalana es poco lo que sabemos acerca de la presencia concreta y el enraizamiento de tales emigrantes transpirenaicos en ambas Castillas. Atentos a sus regiones de origen, sus dedicaciones profesionales o los múltiples detalles que el relato de sus vidas revela, nos encontramos que, como en el Principado, aislados o en grupos, los inmigrantes franceses constituyeron una presencia cotidiana para los habitantes del distrito de la Inquisición de Cuenca. El territorio comprendido en él constituía un área habitual de contacto entre la zona manchega del interior y las tierras levantinas o aragonesas y tal circunstancia propiciaba que los ocasionales viajeros que por todas ellas transcurrían tuvieran frecuentes tropiezos con los agentes del Santo Oficio, tan pronto su comportamiento indicaba la menor sospecha de heterodoxia.

La Santa Faz de Buenache de Alarcón

El 25 de mayo de 1564 una tabernera de Buenache de Alarcón, en la Mancha, denunciaba a un hombre que, de paso, había entrado en su taberna, en compañía de otros extranjeros y, a su parecer, se había burlado de una Santa Faz impresa sobre un papel y pegada en una pared del local. En la audiencia del inquisidor en Cuenca aclaró el inculpado cómo sus compañeros de viaje eran dos franceses, gascones como él. Uno de ellos, llamado Juan Fradet, «tintorero de drabs», venía de Valencia y se encaminaba a Castilla la Vieja, a Segovia en concreto; el otro, acababa de entrar desde Gascuña y él hacía dos años que se había afincado en Cataluña, «de donde viene de camino a buscar amo a quien servir». De Francia había venido igualmente «(...) con otros dos compañeros que habían estado mucho tiempo en España, que se llaman Felipe y el otro Juan, naturales del dicho su pueblo, e que se vino con ellos a ganar la vida a España».

En la misma ciudad de Cuenca y por distintos motivos debió haber una colonia extranjera numerosa, cuyo afianzamiento en ella manifestaba cierto grado de cohesión social. Sus integrantes, casi todos franceses, se ocupaban mayoritariamente en la servidumbre doméstica, aunque ocasionalmente ejerciesen ciertos oficios artesanales y hayan de destacarse los artistas que, a su lado, sobre todo durante la primera mitad del siglo XVI, colaboraron al esplendor monumental alcanzado entonces por la ciudad. Uno de los primeros extranjeros acusados de luteranismo fue precisamente el escultor y arquitecto orleanés Étienne o Esteban Jamete, cuyo proceso, no sólo es estimable documentalmente por la cantidad de artistas que en él se dan cita, miembros de su círculo de amistades, sino también por reflejar admirablemente la compleja personalidad del encausado, contacto local para cuantos flamencos o franceses pasaban por la ciudad, familiar del Santo Oficio, quizá precisamente por ello y, desde luego, declarado simpatizante de la Reforma en sus gestos y dichos.

En tierras alcarreñas de Atienza y Sigüenza era, en cambio, más frecuente topar con segadores que emigraban temporalmente desde el Bearne francés. Solían venir en grupos y su perseverancia era grande, según atestiguaban algunos de ellos:

«Preguntado, dijo que se partió de su tierra ha seis meses, e que este tiempo ha estado en Huesca de Aragón, e que ha doce o trece años que cada un año ha venido a dallar a esta tierra, y ha estado segando en tierra de Sigüenza, y en el invierno ha andado a cavar las viñas y a palar con la pala (...)».

Es muy posible que la defensa de su fe determinase la decisión de venir a España de alguno de estos emigrantes, dado que entonces era este a los ojos de Europa el único país que permanecía incólume frente a los avances del luteranismo y sus secuelas eclesiales. Tal actitud, quizá sinceramente ortodoxa, aunque vacilante en algunos puntos, como correspondía a unas creencias contrastadas ineludiblemente con las continuas controversias a que se veían abocadas, les hubo de conducir, pese a todo, ante los jueces del Santo Tribunal, sobre todo cuando la común estimación les solía ser adversa y su simple origen les hacía habitualmente sospechosos.

Parece, por otra parte, lógico que fueran principalmente los clérigos decididos a perseverar en el catolicismo quienes con más ahínco buscasen el amparo del seguro ortodoxo en los reinos hispanos, por ser ellos los más afectados por las persecuciones de los que ellos denominaban «Ugonaos» y nosotros ahora hugonotes. Alguna noticia de tal grupo proporciona la confesión de mosén Juan Tucat. Huyendo de Olorón, su ciudad natal, y después de haber cursado sus estudios en Montauban, había venido a ordenarse a Zaragoza en 1563. En 1567, momento en que se le abre proceso, vivía desde hacía poco más de un año en Cubillejo de la Sierra, aldea del señorío de Molina, del obispado de Sigüenza, donde tenía una capellanía de Ánimas y ejercía a la vez el oficio de sacristán,

El conjunto de «historias de vida» que, debían relatar los emigrantes capturados, a requerimiento de sus jueces, presenta los más variados matices en el seno de un contexto bastante modélico, sociológicamente hablando, de móviles, actitudes y opiniones. Hablaban algunos de cómo el infortunio familiar les había lanzado desde niños a buscarse el sustento, dibujando el habitual paradigma de tragedias personales vividas por el «mozo de muchos amos»:

«(...) Preguntado dijo que se llama Pedro Baleta y que es del reino de Francia y natural y nacido un lugar que se llama Perie ( Periers?) que es jurisdicción de la ciudad de Lemogens (sic) que es del ducado de Guyana (sic) y baptizado en la iglesia de la villa de Beynata (Beinac, ?), y que tiene por oficio hacer linternas y también es sombrerero y es de edad de veintiocho años, que los cumplió por el día de las Candelas primero pasado, y que es de generación de cristianos viejos, sin mezcla de confeso ni morisco, y defirió que en el dicho lugar en que nasció estuvo hasta de edad de nueve años y, de la dicha edad, pasando por su lugar un hombre que se llamaba Pedro, que se dejó y falleció en un lugar cerca de Zamora, había más de veinte años y que era calderero, le trajo consigo a este declarante a estos reinos de Castilla, con el cual vivió ciertos meses, que fueron tres o cuatro, y con otros amos en los obispados de Burgos, Zamora y Palencia y hasta tiempo de un año, y que pasado el dicho tiempo, se fue a Bayona de Francia y estuvo allí con ciertos caldereros por tiempo de cuatro o cinco meses y después se fue con otros caldereros y anduvieron hasta cinco meses y medio por ciertos lugares del Principado de Ubernia (sic) y de allí, por los lugares trabajando, se vinieron a parar a la cibdad de Barbastro, en Aragón, donde pasó hasta otro mes, y en la dicha ciudad y otros lugares de Aragón estuvo sujeto con otro amo hasta diez meses, e de allí se tornó al dicho lugar suyo de Francia que se llamaba Nohillac, y en él y en otros del reino de Francia se estuvo sin tornar a Castilla otros cuatro años, e pe Francia vino a Nuestra Señora de Montserrat y de allí a Fons, que es del reino de Aragón, donde estuvo veinte o veintiún meses deprendiendo el oficio de sombrerero y en otros lugares de Aragón e Cataluña estuvo por otros diez meses, y de allí se fue a Santiago y a otros lugares de Castilla, donde estuvo un año, y de allí se fue a Lisboa e Portugal, donde estuvo soldado y de Azilla se tornó a Badajoz y a otros lugares del Andalucía y desta Mancha, donde ha vivido otros tres años, y vino a parar a la cibdad de Huete, el domingo que se contaron cinco días del mes de febrero ( ...)»

El caso de Juan Burdeos

Algunas otras narraciones presentaban rasgos de auténticas novelas de aventuras, en las que sus protagonistas testimoniaban de sus azarosas correrías por distintos países antes de llegar al distrito inquisitorial conquense. Juan de Burdeos, quizá el ejemplo más destacado de tal grupo, después de haber estado un tiempo en España, fue capturado por soldados de la armada española cuando regresaba de nuevo a bordo de un barco francés que transportaba trigo y reducido a la condición de galeote. Apresado más tarde por los turcos en un nuevo combate naval, fue vendido como esclavo en Constantinopla y remó en galeras musulmanas hasta que él y sus compañeros lograron del papa limosna con que pagar su rescate.

Resulta evidente que, gracias a tales autobiografías, obtenían sus interlocutores de dentro y fuera del tribunal infinidad de noticias de primera mano acerca de los acontecimientos menudos y cotidianos, tanto de la política como de la vida de las comunidades de reformados que por doquier proliferaban ya, sobre todo en el área francesa más próxima a la frontera española. Ni qué decir tiene que todos estos pormenores del comportamiento de la población emigrante transpirenaica del Quinientos resultaban entonces familiares y de sobra conocidos para cuantos con ellos convivían de modo cotidiano. A tal conocimiento, que sólo en sociedades de tan estrecha relación interna era posible, vino a añadirse, con el tiempo, la labor inquisitorial encaminada a procurar que se identificase a los posibles enemigos de la ortodoxia con aquellos individuos socialmente diferenciados; se trataba de inculcar en los españoles un vivo sentimiento de rechazo antiluterano concretándolo en la reserva y prevención para con sus posibles adeptos. En este sentido hay que entender la ejemplaridad pedagógica del edicto de fe, donde sin más distingos se hacía aparecer a Lutero y sus «sectarios» ocupando el mismo rango herético que los habituales enemigos de la ortodoxia contra quienes se había luchado hasta entonces: los falsos conversos del judaísmo o el Islam. La lectura luego en los autos de fe de las solemnes sentencias donde el delito motivo del castigo quedaba perfectamente desenmascarado daban las pautas para identificar al adversario desenmascarado, potenciando en el caso de que los acusados fuesen extranjeros el vigor de los sentimientos xenófobos habitualmente vivos.

La cuestión fundamental que nos preocupa es averiguar cuál era en sustancia el luteranismo que los inquisidores perseguían. Antes de ver en qué medida los testimonios documentados se ajustan al modelo teórico propuesto de manera oficial, se hace preciso recordar previamente cómo entre los rasgos característicos de la religiosidad pretridentina se ha de destacar sobre otros la insistencia con que eran propagadas y puestas en práctica un sinfín de fórmulas devotas o ejercicios ascéticos que, de modo inmediato, resultaban ser fuente de gracia y, consecuentemente, de salvación personal. Tropezamos con el hecho de que una Iglesia que había dogmatizado poco entre los humildes -entiéndase campesinos sobre todo-, tan sólo exigía de éstos que subrayasen con una perceptible adhesión externa y formal, tanto su pertenencia a la comunidad eclesial como su integración en la cristiandad social, indiscutida e indivisa como realidades indisolublemente unidas. En consecuencia, hasta la época de la Reforma, y aún después, lo religioso se definió mucho más por el comportamiento externo - «ceremonial», dirán sus críticos- que por el conocimiento de ellos o la adhesión íntima a los dogmas de fe. La ruptura pública con lo que se consideraban comportamientos básicos del creyente -misa, ayunos y abstinencias, confesión, etc.- e incluso otros de entidad menor, daba suficiente pie para que se sospechase de la existencia tras ella de un fundamento de opinión dañada. A decir verdad, por tanto, y salvo casos muy concretos, la mayor parte de los procesos podemos decir que exponen casos de «luteranismo social», en abierta pugna con el catoli­ cismo militante que desde el poder se intentaba imponer como fórmula de vertebración social y política.

En febrero de 1553 el francés Pedro de Baleta escandalizó con su conversación a unas beatas de Huete interesadas por los objetos de latón que vendía. Realizó ante ellas una radical crítica del estado eclesiástico desentendido del mundo y le propuso el edificante ejemplo de los clérigos y monjas que, casados, vivían en Alemania del trabajo de sus manos, según había oído decir, les manifestó. Más tarde completaría ante el tribunal estas ideas y esbozaría su concepto de la presencia real eucarística, de que ya había hablado con las de Huete, la confesión auricular y lo injusto del sistema de prebendas eclesiásticas, cuyas rentas, pensaba, debían orientarse sobre todo en favor de los pobres. Sin embargo, añadiría en su confesión que quien sobre todo le había instruido de aquel modo, además de otro buhonero francés que había conocido en Ubeda, fue un fraile español «de hábitos pardos», con el que había coincidido en una posada en Almagro y le había dicho que venía de Alemania y se dirigía a Toledo.

Controlar a los extranjeros

Tanto la enorme hostilidad inquisitorial hacia el luteranismo o sus fantasmas como la enorme descalificación social de que eran objeto los emigrantes transpirenaicos simpatizantes de la Reforma ayudan a comprender la escasa difusión de sus opiniones entre los españoles. Por denuncias de ellos llegaron los extranjeros ante el Santo Oficio, pero el hecho de que fuesen habitualmente sus círculos de convivencia exclusivos los ambientes donde de ordinario tenían lugar las confidencias hacía que la mayor parte de las acusaciones fueran formuladas por individuos del mismo grupo, unas veces como delación espontánea y otras de resultas indirectas de las declaraciones del propio proceso.

Fue, sin lugar a dudas, el correr del siglo y la evolución de las circunstancias históricas europeas el factor determinante que desencadenó la persecución inquisitorial contra los supuestos luteranos residentes en España. Con ella se logró convertir a los extranjeros, de cara a la opinión popular, en unos siempre peligrosos agentes difusores de ideas erróneas, enemigos potenciales en consecuencia. Entre los propios españoles, la exacerbada sensibilización antiherética consiguió remachar la mentalidad de asedio interior, ya anteriormente creada con la ofensiva anti judaica, al tiempo que se reafirmaba aquel sentimiento difuso de temor, capaz de descubrir la herejía en cualquier actitud de tibieza religiosa u opinión, siquiera de lejos, convergente con el presumido sentir religioso de los heterodoxos de allende el Pirineo.

El volumen e incidencia concretos de los procesos de luteranos constituyen, en su brevedad, una buena prueba de la debilidad de un fenómeno tan difuso e inaprehensible como el del llamado luteranismo español. Conviene destacar por ello el carácter marginal a la labor inquisitorial, así como lo coyuntural de la calificación en tal sentido de muchos de los delitos juzgados por tales en Cuenca. Los jueces de éste, como, con toda probabilidad, sucedería a los de los otros tribunales, hubieron verse sorprendidos en 1559 ante la espectacular magnitud con que se persiguió a los integrantes de los «conventículos» de Valladolid y Sevilla. Probablemente vacilaron ante la necesidad de secundar aquella campaña dirigida desde el Consejo de la Suprema viéndose obligados a emplear un inusitado rigor contra unos delitos que desde bastante tiempo antes les venían siendo familiares y para los que se habían de adoptar ahora medidas de mayor dureza a la hora de las sentencias.

Todo el mundo reaccionó aprontando sus armas contra el oculto enemigo recién descubierto, secundando con actitudes vigilantes el movimiento originado en la Corte. Empero, ni el enemigo era tan temible por su género o su calidad, ni tampoco las armas vueltas contra él podían ser especialmente distintas de aquellas que simultánea o previamente fueron empleadas contra cuantos -como parecía temerse- pugnaban por resquebrajar el edificio cristiano con su diabólica pertinacia. Rechinó un poco el mecanismo, le fueron ajustadas unas cuantas piezas y prosiguió su antigua labor accediendo en adelante a un más amplio radio de acción.

El eco de los procesos vallisoletanos, cuya conmoción había incluso alcanzado al propio arzobispo de Toledo Bartolomé de Carranza, no tardó en difundirse por todas partes, gracias a las gacetillas relativas a su desarrollo que corrían de mano en mano o a los relatos de los viajeros. Muy diversos fueron los juicios y las reacciones provocadas por tales relatos. Ya en el mismo mes de abril de 1558, apenas se habían hecho públicas las capturas de los acusados más conspicuos en Valladolid, comentaban una relación escrita de tales sucesos ciertos clérigos de Torrejoncillo del Rey, mientras estaban sentados en la tribuna de la iglesia durante la celebración de la misa mayor de un domingo. Discutían de la categoría social de los encartados y opinaba uno de los curas que su calidad daba motivo de inquietud si se descubría, como era de temer, algún tipo de sedición nobiliaria de mayor alcance, ya que, según se decía, de este modo se había iniciado la rebelión alemana. Más escéptico, o más realista de acuerdo con su experiencia, dudaba otro de que los caballeros hubiesen de salir malparados del negocio,

«(...) y tratando cómo muchos caballeros habían prevaricado y errado en las herejías de Lutero, dixo el dicho Maeso Rodríguez, ‘Plega a Jesucristo Nuestro Señor que no se revuelva el reino con estos negocios, que ansí se dice que empezó en Alemania esta herejía, primero por los caballeros’. Y entonces el dicho Gregorio de Cuenca dixo estas palabras, como en manera de burla o escarnio, sonreyéndose, ‘Algunos pecadores e pobrecillos pagarán, que con esos grandes disimularse ha’(...)»

No parece del todo desacertado suponer, como hipótesis al menos, que una parte de las proposiciones erróneas en materia de fe o moral denunciadas al Santo Oficio hubiesen sido involuntariamente sugeridas a quienes las sostenían, precisamente por las mismas personas encargadas de instruirles doctrinalmente, ya se tratase de los párrocos o de predicadores u ocasionales confesores, habitualmente frailes. Se trataría unas veces de aplicar disposiciones dadas por los obispos, sus visitadores, o, más en general, por los· sínodos diocesanos, recomendando se insistiera en la catequesis sobre algún determinado punto de doctrina. La misma predicación apologética que acompañaba a la proclamación del edicto de fe contribuiría a divulgar hasta en los más apartados rincones ciertos temas de controversia teológica de talante académico, que sorprende encontrar en labios de gentes sencillas.

Un buen porcentaje de las proposiciones calificadas como heréticas tenían un fundamental matiz anticlerical. Esta actitud, tan frecuente entre los medios populares, nacía de modo inevitable, tanto como consecuencia de la estrecha convivencia cotidiana, tan cargada de ineludibles roces, donde los conflictos solían ser resueltos según unas perceptibles manifestaciones del poder clerical, como del excesivo rigor disciplinar con que se zanjaban los temas económicos, ya fuesen de índole fiscal o contractual.

La gestión inquisitorial para sostener disciplinarmente el definitivo arraigo popular del concepto de matrimonio estable contraído públicamente como sacramento indisoluble, constituyó uno de los capítulos de la actividad paralela o subsidiaria a la ofensiva antiluterana, que también recibió de ella notables apoyos.

Muestra de la ambivalencia o función plural del concepto popular de luteranismo era que, en ocasiones, evocaba alguno la transgresión luterana como aval de sus deseos de mayor equidad en el reparto de la riqueza y el trabajo o hacían equivaler otros la profesión de fe reformada con el rechazo de la autoridad establecida.

El resultado de la ofensiva desplegada por el Santo Oficio conquense contra los «sectarios» de Lutero considerados en abstracto parece corroborar las características generales de este movimiento heterodoxo en España. Breve y de muy localizada intensidad, la batalla antiluterana española sugiere a quien contempla sus episodios una llamarada fugaz que en breve espacio hubiese destruido, sin grandes dificultades, unas frágiles bambalinas levantadas sobre la base de unas tímidas opiniones críticas frente la institución eclesiástica o lejanamente afines con los abstractos principios en que, cara al pueblo, se hizo consistir el mensaje de Lutero y sus discípulos. Los herejes, endebles enemigos creados muchas veces por los propios jueces, más bien actuaron como inconscientes comparsas de los objetivos de una voluntad institucional cuya intolerancia se había magnificado, adoptando un tono y alcance más amplios a una señal dada.

Las armas empleadas entonces se circunscribieron al simplificador reduccionismo con que en la mayoría de las pugnas doctrinales donde la correlación de fuerzas entre los contendientes es desigual se procura abreviar, llegando hasta su virtual caricatura, los puntos de disidencia heterodoxa considerados fundamentales con el fin de obtener unos términos de referencia judicialmente manejables. En algún otro caso -pongamos el de los extranjeros-, si de verdad mantuvieron trato con alguna de las familias reformadas, la escasa magnitud del peligro que suponía cada uno de tales enemigos quedaba todavía más menoscabada en medio del contexto de desamparo social en que cada uno de ellos solía desenvolverse. Nuevamente captamos, pues, la indiscutible desproporción entre el tamaño de los medios de defensa empeñados, con relación a la envergadura de la sospechada amenaza.

Creemos que, en conjunto, la actuación inquisitorial se ha de considerar ante todo como una relectura, hecha desde el poder, de unas cuantas actitudes populares permanentes, sin duda selectivas y polivalentes en su formulación, nacidas incluso de las sugerencias que, en el enunciado de los principios ortodoxos, hacían los representantes del propio poder, la cual partía de aquellos supuestos apologéticos que determinaban las necesidades de cada momento. El que hubiese temas permanentes significa que nunca fueron del todo vencidos tales modos de pensamiento o actuación; por más que, si en ocasiones desaparecen de modo perceptible en el contexto de la actuación punitiva del tribunal de la fe, no hemos de ver con ello una definitiva derrota, sino un coyuntural abandono derivado de la necesidad de atender a la defensa de algún otro flanco de la ortodoxia atacado de nuevo. Lo importante era no cejar en el combate emprendido contra el asedio interior de que aquel imbricado de intereses político-religiosos era objeto, según sus defensores. Nunca por ello dejaban de aparecer temas, actitudes o personas en los que objetivar la permanente y siempre renovada presencia del antiguo enemigo de Dios. De este modo se mantenía viva aquella tensión social, capaz de vertebrar la defensa de una sociedad y su orden, reclamando continuamente ayuda para concurrir a taponar las brechas que sin cesar procuraban abrir en ella los múltiples y variados emisarios del maligno.

En el concreto tema del luteranismo, la mentalidad de asedio interior no fue, evidentemente, exclusiva ni de la respuesta española ni tan siquiera de la respuesta católica, pero en esta situación sirvió simplemente de apoyo a unas intenciones políticas y religiosas coherentes con la situación europea del momento. No debió tardar mucho la Inquisición española en comprender que no se había producido en modo alguno el temido contagio herético con el exterior, ni a través del mensaje verbal de los disidentes, ni tampoco de sus escritos de propaganda y ha de verse por ello en la campaña antiluterana algo más que una simple actitud defensiva. Es evidente que el tenor externo y oficial de la operación siguió siendo el de llevar adelante un combate contra la retaguardia interior de aquellos mismos enemigos que los ejércitos del Estado tenían frente a sí en Europa. Sin embargo, tal mentalidad de cruzada sirvió sobre todo de apoyo al logro de aquellos designios didácticos, desde el punto de vista pastoral que la Reforma católica se había propuesto, logrando primordialmente una implantación religiosa más eficaz, en el contexto de un catolicismo mejor proclamado y conocido en su definitiva plasmación doctrinal tridentina.

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