Cinco horas, dos hermanos y un riñón

Contenidos: Sara Selva Ortiz y Óscar Justo

Esta es la historia de un trasplante de riñón. Nati es la donante, Josep, el receptor y Antonio Alcaraz, el cirujano. Les acompañamos durante el ingreso y la operación en el Hospital Clínic de Barcelona.

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Antonio Alcaraz recuerda perfectamente el día que hizo su primer trasplante de riñón. Fue el 11 de junio de 1990, tenía 29 años y para él supuso "la ilusión de un niño hecho cirujano". "Tanto, que tengo esa hoja operatoria enmarcada", recuerda. 30 años después, ha trasplantado cerca de 1.400 riñones, 600 de donante vivo y más de 100, de forma robótica. En la mañana de febrero en la que se realiza este reportaje, tiene que trasplantar el de Natividad Millán, que ha decidido donarle el riñón a su hermano, Josep. Es el trasplante de donante vivo número 1.000 que hace el Hospital Clínic de Barcelona.

"No me lo pensé ni un segundo. Si yo tengo dos y puedo vivir con uno, pues el otro es para él. Ni listas de espera, ni nada". Natividad tomó la decisión hace más de un año, cuando la insuficiencia renal de su hermano empezó a ser más urgente. "Estábamos en un momento que era o diálisis o un trasplante de riñón. La diálisis es una rémora que llevas encima. Te conviertes en un esclavo, tienes que estar cada dos días enchufado a una máquina, desaparece tu calidad de vida. Por lo tanto, el que me haya regalado este riñón ha sido darme la vida otra vez", cuenta Josep.

No me lo pensé ni un segundo. Si yo tengo dos y puedo vivir con uno, pues el otro es para él. Ni listas de espera, ni nada" NATIVIDAD, DONANTE

El objetivo de un trasplante de donante vivo es que el receptor no note un cambio en su día a día, que pueda continuar con su rutina. Los riñones de Josep funcionaban a un 10%, pero su cuerpo se había acostumbrado a ese mal funcionamiento renal. Su médico, el nefrólogo Nacho Revuelta, explica que lo que va a sentir después del trasplante es una "inyección de energía". "Lo bueno de esta situación es que intente cambiar poco su vida. Cuando cambia, es que han pasado por un estado peor. No queremos eso, queremos que mantengan la misma vida que han llevado", dice el médico.

Josep tiene 76 años y vive en Palma. Todos los días, a las ocho de la mañana, va a trabajar a la oficina de su empresa. Ahora la dirigen sus hijos, pero él sigue yendo porque es lo que ha hecho "toda la vida" y no quiere perder esa rutina. Natividad vive en La Roca del Vallés, una localidad a 30 km de Barcelona. Está jubilada, pero durante 30 años fue la librera del pueblo. "Abría la persiana a las siete de la mañana y la cerraba a las nueve de la noche", recuerda. "Ahora se pasa el día arreglando el mundo con los de la parroquia", añade su hermano. "Yo creo que es más influyente que el alcalde. No manda más, pero es más influyente", bromea.

Es lunes, 21 de febrero. Josep y Natividad tienen su última consulta médica antes de la operación. Llevan tres meses yendo y viniendo del hospital y están "deseando" que llegue el momento. Escuchan a su médico con las manos entrelazadas. No se les ve nerviosos, sino emocionados y aunque llevan mascarillas, se nota, en las arrugas de los ojos, que sonríen. "Por fin ha llegado el momento", les dice el nefrólogo, "tienen que venir esta tarde al hospital y allí les estaremos esperando el equipo médico para hacer el ingreso y los preparativos".

Que me hayan regalado este riñón, ha sido como darme la vida otra vez" JOSEP, RECEPTOR

La operación es a primera hora de la mañana, pero los hermanos tienen que pasar la noche en el hospital, para preparar el cuerpo para la cirugía. Al ingreso llegan cada uno con una maleta de ruedas y una bolsa con libros. Recorren juntos los pasillos laberínticos del hospital. Van a ingresar en plantas diferentes y en habitaciones diferentes y pasarán el posoperatorio también separados. "Si los ponemos juntos, puede ser que uno muestre algún dolor o alguna cosa y se lo calle para no preocupar al de al lado", explica Nacho Revuelta.

Natividad se despide de Josep en el quicio de la puerta de su habitación. "Venga, a dormir bien hoy, eh", le dice a su hermano. Se dan un abrazo rápido - y sonoro - ya con un "hormigueo en el cuerpo", reconoce Natividad, "porque se ve de cerca esto". Los dos han tenido suerte. Les ha tocado una habitación individual, normalmente reservadas para pacientes en aislamiento.

Antonio Alcaraz al terminar la operación El doctor Antonio Alcaraz en su despacho antes de entrar al quirófano

El despacho de Antonio Alcaraz tiene tres fotografías grandes enmarcadas, una al lado de la otra. En cada una se puede leer una palabra: compenetración, responsabilidad y vocación. En las paredes, hay también portadas de periódicos en las que aparece su nombre. Es el jefe de urología del Hospital Clínic, lleva años viviendo en Barcelona, pero es granadino y aún se le nota en el acento. En el momento en el que se realiza este reportaje, Antonio ha tenido un comité de crisis a primera hora de la mañana, para analizar la evolución de la pandemia, y le espera una jornada repleta de cirugías. La primera es la de Josep y Natividad, que son, en realidad, dos operaciones: primero, la extracción del riñón del cuerpo de la donante; y después, la cirugía para colocarlo en el del receptor. En total, cinco horas.

Para llegar al quirófano hay que atravesar lo que Antonio llama "las tripas del hospital". El edificio del Clínic tiene más de 100 años y se les ha quedado pequeño. Los pasillos son estrechos, rodeados de paredes de pladur, porque el espacio está aprovechado al máximo. Hay que pasar por el vestuario, ponerse el pijama, cubrirse el pelo con un gorro, también los zapatos, y bajar unas escaleras.

Hay un momento en el que el riñón se queda blanco. Y de golpe, le damos vida cuando entra la sangre. Es un momento de gran emoción" ANTONIO ALCARAZ, CIRUJANO

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Antonio Alcaraz al terminar la operación
Antonio Alcaraz al terminar la operación

Hay dos quirófanos, uno al lado del otro. En uno está Josep con un equipo de cirujanas, enfermeras, residentes y anestesistas que lo están preparando para la operación. En otro, Natividad. La luz de la sala es entre azul y violeta y la imagen, algo futurista. Los cirujanos llevan gafas para poder ver en 3D, trabajan mirando a unas pantallas y no al cuerpo del paciente. Apenas hay sangre porque solo han hecho tres incisiones en el abdomen para poder introducir tres accesos. Uno es una cámara y los otros dos sirven para ir metiendo instrumentos. Es una operación por laparoscopia.

Icono auriculares El ambiente de la operacion

Buena parte de la operación consiste en ir abriéndose paso hacia el riñón, utilizando una herramienta que coagula y corta

"Es como trabajar con un espejo", explica Antonio. "Al principio te vuelves loco porque giras para un lado y el instrumento se mueve para el otro. Requiere aprendizaje y simulación"

Los cirujanos utilizan gafas especiales para ver la operación en 3D

La cirugía dura varias horas y hay momentos más tensos que otros. El equipo va buscando las venas y sus ramificaciones, mientras un grupo de estudiantes de medicina observa toda la operación en las pantallas. "¿Véis esto que late?", pregunta Antonio. "Es la aorta. Por aquí pasan cinco litros de sangre al minuto". En la pantalla, se ve una masa de tejidos, conductos y órganos. "Esto es el bazo y aquí está el riñón", dice tocándolos con una de las herramientas. ¿No pasa nada si los tocas? "Si lo haces con cariño, no". Antonio bromea a la vez que opera.

El robot es como un amo esclavo. Es muy obediente" ANTONIO ALCARAZ, CIRUJANO

Una vez despejado el camino, tienen que cortar la vena y la arteria que riegan el riñón. Van a ‘desconectar’ el órgano del cuerpo para poder llevárselo. Y para eso, uno de los cirujanos, Lluis Peri, introduce su mano por una incisión de unos pocos centímetros que han hecho en la parte baja del abdomen. Por la pantalla, se ven sus dedos preparados para coger el riñón. "Tiempo", dice Antonio en alto. En ese momento, todo sucede muy deprisa. Peri saca el riñón y lo pone en una bandeja con hielo, que rápidamente una enfermera coloca en una mesa preparada con instrumentos. Un grupo de sanitarios se queda cosiendo los cortes y otro se prepara para limpiar el órgano. Es como una rueda, todos saben qué hacer, aunque nadie da órdenes. "Dos minutos cero cinco", grita una enfermera. Ese es el tiempo que ha pasado desde que el riñón ha dejado de recibir sangre, hasta que ha empezado a recibir suero frío. "Dos minutos es excelente. No nos ponemos nerviosos hasta 10", apunta Antonio.

Icono auriculares "Vamos a proteger al riñón con una camisa de frío"
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Cuando el riñón empieza a recibir ese suero frío, cambia de color. Pasa de estar rosado a estar gris.

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"¿Veis? Aquí está la vena, preciosa, larga, con muy buena calidad de pared. Y tenemos una arteria que vamos a limpiar un poco más".

El equipo limpia para la prepararlo para la operación.

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"Lo colocan en lo que llaman ‘una camisa de frío’, una gasa con hielo picado que lo envuelve. Lo introducen en el receptor con la gasa, para que no coja todo el calor del cuerpo de golpe"

El quirófano en el que está Josep es más grande, pero buena parte del espacio está ocupado por el robot, que tiene nombre: Da Vinci. Es una máquina que rodea por todos lados la mesa en la que está el paciente. De la parte de arriba, del techo, salen cuatro brazos que terminan anclados en el abdomen, hinchado con C02. Es la única parte que se ve de su cuerpo, el resto está tapado con paños verdes. El robot está, además, rodeado de más máquinas, de monitores, bandejas de instrumentos, cables, lámparas y pantallas. En una esquina del quirófano, a unos tres metros del paciente, se sienta Antonio. Se quita los zapatos y se coloca en una especie de cápsula, con pedales, botones y unos soportes en los que mete los dedos. "Es como conducir un Fórmula 1", bromea. "Todo lo que yo muevo aquí, se mueve en esos brazos de allá", dice señalando el robot. "Podríamos estar operando un paciente con 5G en Australia. Es el futuro".

Siento que trabajo con mis dedos dentro del cuerpo" ANTONIO ALCARAZ, CIRUJANO

Lo primero es meter el riñón dentro del cuerpo. La cirujana, Laura Izquierdo, lo "lanza" en el interior del abdomen a través de un corte de unos cinco centímetros. En ese momento, empieza un trabajo casi a contrarreloj. Lo ideal es que el riñón esté funcionando de nuevo en unos 40 minutos. Antonio Alcaraz empieza a suturar y la doctora Izquierdo se queda al lado del paciente y del robot, para ir cambiando de instrumentos, con la ayuda de la enfermera.

Tienen que conectar la vena y la arteria del órgano a una vena y una arteria del cuerpo de Josep, que ahora va a tener tres riñones. Los otros dos no se los quitan y este lo van a colocar en un espacio libre que han hecho cerca de la vejiga. Antonio cuenta que trabajar con el robot, es como hacerlo "con las manos dentro del cuerpo del paciente", pero no tiene sensación de tacto. No siente si apoya o no un instrumento, o si tira más o menos del hilo con el que cose. Todo depende lo que ve a través de las pantallas. La precisión es total.

Icono auriculares El robot, Da Vinci, trabajando
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El Hospital Clínic es uno de los centros de referencia en tecnología robótica.

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"Es una cirugía muy sofisticada. De alta complejidad, explica el cirujano, Antonio Alcaraz.

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"Esto me lo llegan a decir en los 90 y no me lo creo".

"Ya tenemos las suturas. Ahora viene el momento de la verdad", dice Antonio en alto. Ese momento consiste en "desclampar", en liberar la circulación de la vena y la arteria, hasta ahora bloqueadas con pinzas. La voz de Antonio se escucha en todo el quirófano.

Suena a través de los altavoces del robot. Hay residentes y estudiantes de medicina mirando atentos a las pantallas. —Vena liberada, arteria liberada. Antonio empieza a retirar la gasa que aún rodea al riñón para comprobar si está o no vascularizado, si ha cambiado o no de color. En la pantalla, se ven cómo una tijera corta la gasa. Es como si las herramientas se movieran solas, como si tuvieran vida propia. —Buen color. La primera alegría. Estudiantes de medicina, ¿os emociona o no os emociona?. —Mucho, responde alguno. —Si no os emociona, no os dediquéis a la cirugía, mejor a otra cosa. El riñón de Natividad vuelve a estar rosado, vuelve a funcionar, pero en un cuerpo diferente, en el de su hermano, Josep.

Texto y Audio: Sara Selva Ortiz

Fotografía: Óscar Justo y Sara Selva Ortiz

Vídeo: Óscar Justo

Diseño: Daniel Roses y Julián Sánchez-Ostiz

Maquetación: Laura Zamorano

Coordinación: Jorge Gordon

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