Alcohólicos Anónimos, el refugio al que muchos llegan tras la Navidad
Las fiestas navideñas, marcadas por el alcohol y la carga emocional, se convierten para muchas personas en el punto de inflexión para pedir ayuda y comenzar una nueva vida

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El final de las fiestas navideñas no siempre supone un alivio. Para algunas personas, marca la aparición de una certeza incómoda: algo se ha quebrado y resulta imposible continuar de la misma manera. Es en ese momento, cuando se toca fondo, cuando muchos deciden pedir ayuda. Así lo cuentan Pepi, Itsasi y Ramón, tres miembros de Alcohólicos Anónimos que han querido contar su experiencia en una entrevista en Hoy por Hoy Gipuzkoa.
Aunque tradicionalmente se habla de adicciones antes de las fechas navideñas, ellos coinciden en que el verdadero impacto llega después. Las reuniones familiares, las celebraciones constantes y la presión social para beber actúan como un detonante emocional que, en muchos casos, deja al descubierto una realidad insostenible.
Pepi recuerda con claridad su punto de inflexión. Tras semanas sumida en una espiral de consumo que comenzó en Santo Tomás, despertó mentalmente el 7 de enero con una laguna que la asustó. “Ahí supe que tenía que pararlo. O hacía algo o me moría”, explica. El 11 de enero cruzó por primera vez la puerta de Alcohólicos Anónimos. Hoy acumula cinco años de sobriedad y define ese día como su segundo nacimiento.
Itsaso llegó más joven, con solo 28 años, y fuera del calendario navideño. En su caso fue el verano. “No bebía grandes cantidades, pero perdía el control. El problema no está en cuánto bebes, sino en cómo te afecta”, afirma. Diecisiete años después, defiende un mensaje claro para los más jóvenes: la edad no protege del alcoholismo y el sufrimiento no se mide en litros.
La historia de Ramón es la más larga y quizá la más dura. Tras años negando su problema y convencido de que podía “controlar”, llegó a unas Navidades marcadas por el miedo, la angustia y el aislamiento. El 26 de diciembre, solo y sin ganas de vivir, buscó el teléfono de la esperanza y encontró, casi por casualidad, el de Alcohólicos Anónimos. “Llamé pensando que no me cogería nadie. Me dijeron: no estás solo. Ese fue mi último trago, hace 21 años”.
Los tres coinciden en una idea clave: el alcoholismo es una enfermedad física, mental y emocional, y no siempre se manifiesta en grandes borracheras. Cambia la forma de pensar, de sentir y de relacionarse con los demás. “Cuando tienes que controlar algo, es que ya tienes un problema”, resume Ramón.
Las Navidades, explican, no son el único momento de riesgo, pero sí uno de los más intensos. A la fiesta se suma la carga emocional, los conflictos familiares y las expectativas sociales. Por eso, en Alcohólicos Anónimos refuerzan las reuniones los días 24 y 31 de diciembre y fomentan herramientas como la “terapia del teléfono”: llamar a un compañero en el momento justo para no sentirse solo.
“Cada uno tiene su fondo”, han explicado. “No es cuánto bebes, ni qué bebes, sino qué te pasa cuando bebes”. Y cuando llega ese momento, cuando uno está —como dicen ellos— “harto de estar harto”, pedir ayuda puede ser el primer paso hacia una vida distinta.
Alcohólicos Anónimos recuerda que su teléfono de atención funciona las 24 horas del día para cualquier persona que necesite dar ese paso. Porque, como repiten quienes ya lo han hecho, cruzar esa puerta puede cambiarlo todo.




