Luis Peña Ganchegui, cien años del arquitecto que transformó San Sebastián con obras "hoy imposibles"
La hija del arquitecto, Rocío Peña, y el arquitecto Mario Sangalli recorren la Plaza de la Trinidad y el Peine del Viento para explicar su manera de hacer arquitectura

Luis Peña Ganchegui, cien años del arquitecto que transformó San Sebastián con obras "hoy imposibles"
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Luis Peña Ganchegui cumple cien años convertido en una de las figuras esenciales de la arquitectura vasca del último siglo. El aniversario llega, además, tras la reciente rehabilitación del conjunto escultórico del Peine del Viento y con un programa conmemorativo que pondrá el foco en su legado durante los próximos meses.
En San Sebastián, su huella sigue muy presente en dos espacios especialmente reconocibles; la plaza que acompaña al Peine del Viento y la Plaza de la Trinidad. Muy distintas, pero fundamentales para entender su manera de entender la arquitectura y de convertir espacios complejos o residuales en' lugares con identidad'.
A partir de los testimonios de Rocío Peña, arquitecta e hija de Luis Peña Ganchegui, y de Mario Sangalli, arquitecto y profundo conocedor de su obra, el recorrido por ambas plazas permite entender mejor qué definía su arquitectura.
El Peine del Viento como final de la ciudad
En el entorno del Peine del Viento, la conversación se detiene no solo en la escultura de Eduardo Chillida, sino en la plaza que la precede. Rocío Peña sostiene que su padre tenía claro que aquel punto debía resolver “el final de la ciudad”. Su función es ordenar la llegada al mar, acompañar el recorrido y preparar el encuentro con la escultura, las rocas y el viento. “Yo diría que redefine el paisaje para ayudarnos a disfrutar de la escultura”, afirma Sangalli, que defiende una intervención con “una impronta muy clara” que se suma al sentido del conjunto.
Esa forma de intervenir tiene mucho que ver con la mirada de Peña Ganchegui hacia la naturaleza. Según Sangalli, un entorno cargado de significado. De ahí que la plaza dialogue con el mar, con el flysch y también con elementos técnicos preexistentes, como el antiguo colector sobre el que se consolidó ese borde ganado al mar. De ese pasado nacen, precisamente, los tubos por los que el agua y el aire irrumpen en la plaza en los días de mala mar.
Ambos reconocen, además, que un proyecto como este sería hoy casi impensable de concebir en los mismos términos. “Es imposible”, responde Rocío Peña al ser preguntada por si hoy podría hacerse una obra con esa libertad, en el marco de nuevas normativas, condicionantes y debates públicos mucho más intensos.
La plaza del Peine del Viento volverá a ocupar un lugar central en el centenario con una exposición que se inaugurará en mayo en el Instituto de Arquitectura, en el convento de Santa Teresa. La muestra repasará tanto la génesis del lugar como la trayectoria del autor hasta llegar a una de sus obras más celebradas.
La Plaza de la Trinidad, el precedente decisivo
Trece años antes, la Plaza de la Trinidad aparece como el ensayo temprano de muchas de esas ideas. Situada en la Parte Vieja, Peña Ganchegui vio ahí una oportunidad.
“Era un espacio residual de la Parte Vieja”, explica Rocío Peña. La intervención no consistió en borrar lo que había, sino en recoger elementos existentes y darles sentido: el frontón, el bolatoki, el carácter popular del entorno, el contacto con la ladera de Urgull o las traseras de edificios históricos.
Mario Sangalli lo formula con una idea que considera central en la obra de Peña Ganchegui: “Para él, la misión del arquitecto consistía en convertir sitios sin un significado en lugares dotados de ese significado”.
Modernidad vasca, pero sin romper con el lugar
Sobre su aportación, Sangalli recalca que Peña Ganchegui fue decisivo en la introducción de una arquitectura moderna en Euskadi, pero sin romper con el paisaje, la tradición o la cultura local. “Si algo aportó Peña Ganchegui a la arquitectura del País Vasco fue una manera de entender cómo podía introducirse la modernidad en el País Vasco sin renunciar a elementos importantes de la tradición”, resume.
Se aprecia tanto en sus plazas como en su arquitectura residencial. Rocío Peña menciona, por ejemplo, las viviendas de Mutriku o Miraconcha como parte de una obra más amplia en la que reaparecen preocupaciones similares.




