Rosa Otermin: "Mi padre ocultaba bajo la camisa su tatuaje de prisionero, nunca me quiso contar el horror de Buchenwald"
Coincidiendo con el aniversario de la liberación de Buchenwald, Rosa Otermin relata en Cadena SER Euskadi cómo fue crecer a la sombra de un padre ausente y el impacto de descubrir, años después, que aquel hombre ocultaba bajo la manga el horror de los campos nazis.

Buchenwald bajo la camisa: el secreto de Antonio Otermin, el superviviente que calló el horror
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Con motivo del 81 aniversario de la liberación del campo de concentración nazi de Buchenwald, la memoria de los deportados vascos recobra una fuerza especial a través de los testimonios de sus descendientes. Entre las historias que han permanecido décadas en la penumbra destaca la de Antonio Otermin, un donostiarra que sobrevivió al horror tras ser capturado en la Francia ocupada. Su hija, Rosa Otermin, relata ahora una vida marcada por la ausencia, los encuentros fugaces en la frontera y el silencio de un padre que, aunque regresó físicamente, nunca pudo desprenderse del todo del peso del campo.
Un padre imaginado entre aviones y fronteras
La infancia de Rosa Otermin estuvo definida por una presencia invisible. Nacida en 1939, apenas tuvo contacto con su padre antes de que la guerra y el exilio los separaran de forma traumática. Durante años, Rosa creció en el barrio donostiarra de Amara imaginando que "su padre la vigilaba desde los aviones que sobrevolaban la ciudad"; pedía a sus amigos que se apartaran porque él "la estaba mirando desde el cielo". El único contacto real en casi dos décadas se produjo cuando ella apenas tenía tres años en un encuentro clandestino en el puente internacional de Irun, donde Antonio, desde la distancia del exilio y la resistencia, les advirtió que "no volvieran a intentar cruzar". Aquella imagen fue el único referente físico de su padre hasta que, ya cumplidos los 19 años, una mediación fortuita de unos sacerdotes locales permitió localizarlo en San Juan de Luz.
Este reencuentro tardío no solo supuso recuperar una figura familiar, sino también "enfrentarse a las duras consecuencias legales de la dictadura franquista". Al ser invalidados los matrimonios celebrados durante la República, la familia de Rosa tuvo que navegar por un complejo proceso administrativo en el que su padre se vio obligado "a renunciar formalmente a sus hijas para que su madre pudiera regularizar su situación legal en España". Rosa recuerda con emoción cómo este proceso, lejos de ser un abandono, fue "un sacrificio doloroso" para Antonio, quien tuvo que ceder ante las presiones para que sus hijas "pudieran tener una vida normalizada en San Sebastián", a pesar de figurar en el libro de familia como hijas naturales.
La marca del prisionero y el plan de fuga
Una vez restablecido el contacto, la curiosidad de Rosa chocó con el mutismo de Antonio sobre su paso por Buchenwald, donde estuvo internado desde enero de 1944. El superviviente nunca quiso detallar el día a día en el campo de exterminio. Sin embargo, el horror se manifestaba en gestos cotidianos que Rosa recuerda con nitidez: su padre siempre vestía con las mangas de la camisa remangadas de una forma muy precisa para "ocultar el número tatuado por los nazis en su antebrazo". Ese estigma, que intentaba tapar constantemente, era el recordatorio silencioso de los años de cautiverio y de una identidad que el régimen nazi intentó reducir a una cifra.
De las escasas confidencias que Antonio compartió, Rosa guarda el relato de los momentos previos a la liberación el 11 de abril de 1945. Según le contó su padre, los prisioneros llegaron a organizar "un plan de fuga desesperado bajo la convicción de que era preferible morir intentando escapar que esperar la muerte dentro del recinto". Solo la noticia de que las tropas aliadas estaban a punto de entrar en el campo detuvo aquel plan. Antonio sobrevivió para contar aquel instante de libertad, aunque las secuelas psicológicas y físicas fueron el recordatorio permanente de su paso por el infierno hasta su fallecimiento en 1974, poco antes del fin de la dictadura franquista.
El deber moral de rescatar la memoria del olvido
Para Rosa Otermin, hablar de su padre hoy es "un ejercicio de justicia y una obligación moral personal". Tras años de silencio social, la apertura de iniciativas como la exposición ‘Memoria de la Deportación’, que acoge el Centro Cultural Aiete hasta el 19 de abril, ha permitido que estas historias familiares salgan finalmente a la luz. Rosa lamenta que este reconocimiento llegue con tanto retraso, cuando las nuevas generaciones apenas conocen lo que supuso la guerra civil y la posterior deportación a campos nazis.
La historia de los Otermin refleja la de los al menos 55 vascos que pasaron por Buchenwald, de los cuales 37 lograron salir con vida. El testimonio de Rosa, que ha cedido fotografías y documentos históricos para su difusión, subraya "la necesidad de seguir trabajando en la memoria histórica para evitar que el olvido difumine el sacrificio de quienes defendieron la democracia". Al recordar a su padre, Rosa no solo recupera la figura del hombre que ocultaba su brazo bajo la camisa, sino que "dignifica la memoria de todos aquellos que terminaron marcados por un número y un exilio que partió a sus familias para siempre".




