No solo Picasso pintó los horrores de la guerra
A la sombra del Guernica, existe otra mirada, igual de cruda y menos conocida, sobre la devastación de la Guerra Civil. El Tríptico de la guerra de Aurelio Arteta, expuesto de forma permanente en el Museo de Bellas Artes de Vitoria.

El museo de Bellas Artes y el pintor Aurelio Arteta
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Vitoria-Álava
El próximo domingo, 26 de abril, se cumplen 89 años del bombardeo de Guernica, uno de los episodios más simbólicos de la Guerra Civil española. Aquel ataque inspiró a Pablo Picasso a pintar su célebre Guernica, una obra encargada por el Gobierno de la República para el pabellón español de la Exposición Universal de París de 1937 con el objetivo de denunciar los horrores del conflicto ante la comunidad internacional.
En ese mismo contexto, se producía un paralelismo similar. “El gobierno de Euskadi ya en el exilio encargó a Aurelio Arteta una obra que reflejara la desolación del pueblo vasco en estos momentos tan duros de la contienda bélica”, ha explica en Hoy por Hoy Sara González de Aspuru, responsable del Museo de Bellas Artes de Vitoria-Gasteiz.
A diferencia de Picasso, que pintó desde París siendo ya el artista más reconocido del mundo, Arteta vivió la guerra de manera directa. Su recorrido durante esos años le llevó de Madrid a Valencia, Barcelona y finalmente a Francia, en un contexto de huida constante. “Tiene un hijo en el frente y otro muy vinculado con la guerra”, ha añadido González de Aspuru, lo que convierte su obra en un testimonio profundamente personal.
Además, Arteta no solo pintó esta obra, sino que también desarrolló una intensa labor de apoyo a la República durante la contienda. “En todo este recorrido, él hace propaganda para el gobierno de la República, con dibujos, bocetos para publicaciones e incluso carteles con la ikurriña y símbolos de gudaris vascos”, ha detallado la responsable del museo.
Tres escenas para contar el horror
El Tríptico de la guerra está formado por tres escenas que narran distintas realidades del conflicto. En el panel izquierdo, el frente, un gudari observa las consecuencias de un bombardeo que ha acabado con la vida de varios soldados. “Es trágico, sobrecogedor”, ha descrito la responsable del museo.
En el lado derecho, la retaguardia muestra el impacto en la población civil: una mujer y su hijo muertos junto a los restos de su hogar. “Habla de la pérdida de la familia”, señala. La escena se completa con la presencia de un animal doméstico que aúlla, reforzando la sensación de desolación.
El tercer panel, incorporado posteriormente, representa el éxodo. En él se muestra la evacuación de la población, una escena que, dentro del conjunto, introduce un matiz distinto. “Es un poco de esperanza”, ha apuntado González de Aspuru. “Ese niño que se alza en los brazos de la madre es un símbolo de futuro”.
La obra, sin embargo, no llegó a tiempo para ser expuesta en París en 1937. “Era imposible porque no estaba acabada”, aclara la experta, desmontando algunas interpretaciones que apuntaban a una posible presencia alternativa al Guernica.
Un legado que permanece en Vitoria
El recorrido del cuadro ha sido también complejo. Tras la guerra, quedó en manos de la familia que lo custodió durante décadas, en un contexto marcado por las dificultades económicas del propio Gobierno vasco, que no pudo llegar a pagar la obra. “Tuvo la ayuda de Mariano Gamboa, que le daba una pequeña mensualidad incluso para poder sobrevivir”, ha señalado González de Aspuru.
Posteriormente, la pieza fue adquirida por el coleccionista Juan Zelaya y, desde 2022, es propiedad pública tras una donación en pago de impuestos, pasando a formar parte del patrimonio de Álava.
“Es patrimonio de todos los alaveses”, ha subrayado la responsable del museo. Actualmente, se exhibe de manera permanente en el Museo de Bellas Artes de Vitoria-Gasteiz, donde se ha consolidado como una de las piezas clave de la colección.




