Opinión

Caer bajo

El estilita / Radio Coruña

A Coruña

No hacía nada que me había sentado a mi mesa y estaba ojeando los correos cuando oí las sirenas de los bomberos acercándose. El camión pasó justo por delante de la redacción. Suspiré. De un tiempo a esta parte, contactar con los bomberos se había vuelto mucho más difícil. Después de años de ser los servicios de emergencia más accesible, habían decidido que no contestarían más las llamadas de los periodistas demandando información, que ellos estaban para otra cosa para salvar vidas y luchar contra el monstruo naranja, incluso los bomberos veteranos, que eran los que se encargaban de contestar el teléfono, esos que no salían ni en el calendario de desnudos, estaban demasiado ocupados para contarme nada de lo que estaba ocurriendo. Siempre me repetían que para eso estaba su página web, donde subirían la información cuando finalizaran.

El problema es que no parecen entender que necesitaba una foto. En un suceso, supone el 90% de la noticia. No es lo mismo llegar cuando el fuego está en su cénit y lenguas naranjas salen de las ventanas a hacerlo cuando ya solo queda una ruina quemada. Para conseguir la imagen que figuraría en la portada del periódico, la que me exigen mis jefes, tengo que enterarme a tiempo de que se ha producido la emergencia y enviar un fotógrafo, pero este muchas veces se encuentra realizando otro trabajo. Una aburrida rueda de prensa, o un entrenamiento del Deportivo, o la inauguración de una exposición, o iniciativa solidaria. Los fotógrafos exigían que, si tenían que dejar lo que estaban haciendo y enfrentarse al tráfico coruñés, me asegurara de que había algo digno de inmortalizar. Había pasado cientos de veces por eso y me disponía a hacerlo una vez más, cuando sonó mi teléfono personal. Era mi madre. “Hijo –me dijo con su tono siempre preocupado-, he escuchado sirenas pero no sé a dónde van”. Por lo menos no me había llamado para preguntarme si estaba bien abrigado. Le di las gracias porque parecía la respuesta más segura, me levanté y salí a la calle.

Los bomberos estaban a dos calles de allí. Habían detenido el camión frente a la entrada de un bloque de edificios, un acceso grande y profundo, y corrían hacia las escaleras mientras cargaban con rollos de cinchas en el hombro. No había policía que mantuviera a raya a los curiosos, así que me acerqué. El jefe de la dotación estaba hablando con un tipo grande y gordo. En su cabeza calva y con forma de huevo destacaban unos ojos azules. “Están colgando. El coche no cae por las puertas del montacoches”, explicaba. Me acerqué y pregunté y el tipo me aclaró que, efectivamente, en el garaje del primer piso, que en vez de rampa tenía montacargas, había un coche colgando de las ruedas traseras, a punto de caer al fondo del hueco. Aquello era mucho mejor que un incendio. Me dirigí rápidamente a las escaleras, bajando los escalones entre dos bomberos y llegamos al garaje subterráneo, que era más pequeño de lo que había esperado: solo una fila de vehículos estacionados en una sala de cemento gris. Justo a la derecha asomaba la trasera del coche negro, en posición casi vertical, las ruedas a la altura de mi cabeza.

Me hice a un lado y saqué la primera foto con mi móvil. Luego salté por encima de una cincha que estaban desarrollando para atar el coche a una de las columnas del aparcamiento. Estábamos a un piso por debajo del nivel de la calle y no podían usar la grúa del camión, así que todo tendría que hacerse a mano. Me moví buscando un buen ángulo mientras el jefe de la dotación tranquilizaba a la pareja que se encontraba en el interior. Volví a sacar otra foto. Todos estaban ocupados como para prestarme atención, pero eso no duraría mucho. En cualquier momento… “¿Qué hace aquí?”, me preguntó el bombero jefe. Le expliqué lo evidente, que solo trataba de tomar algunas fotos. Me ordenó que me fuera. Yo asentí y saqué otra imagen más. Me miró furioso por debajo del casco rojo brillante. La mascarilla le tapaba la boja y solo podía ver sus ojos bajo unas cejas fruncidas. “No quiero tener que decírselo por las malas”, me advirtió. Me habría gustado sacar algunas más, pero era el único periodista allí, así que mi periódico sería el único con imágenes propias de un accidente rarísimo. En una hora, estaría subido a la web. Decidí que tenía suficiente. Me marché sintiéndome bastante satisfecho de mí mismo. Alguien podría alegar que no tendría que haberme metido en el garaje corriendo el peligro de distraer a los bomberos en una situación de emergencia. Lo reconozco, pero como podían jurar las propias víctimas (que salieron ilesas de aquella), siempre se puede caer más bajo.

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