Opinión

Mala leche

El estilita / Radio Coruña

A Coruña

Ya sé que lo que está de moda es hablar del virus del mono, pero de lo que quiero hablar, en realidad, es del virus de la vaca: mi primer artículo viral en mi ya larga y gris carrera. Durante unos pocos días, un artículo mío fue reenviado de móvil a móvil por toda la ciudad, algo que nunca había conseguido incluso en las exclusivas en las que de verdad me había esforzado en obtener y escribir. En cambio, obtenía decenas de miles de visitas por un artículo que conseguí mientras estaba en calzoncillos. Lo que creo que no está nada mal.

Resultó que, el miércoles, la alcaldesa se encontraba en San Sebastián, en una especie de simposio de alcaldes de ciudades del Atlántico. Esta clase de eventos no son ni siquiera una noticia, solo un montón de políticos haciendo declaraciones vacías de contenido para luego sacarse una foto, así que de buenas a primeras no le presté mucha atención, pero en la nota de prensa que nos enviaron figuraba un enlace de zoom, que permitía verlo en directo. Eran las nueve y media de la mañana y tenía todo el tiempo del mundo, así que me tumbé en el sofá con el café en la mano y encendí el ordenador. Allí, en medio de un montón de gente que no conocía, pero que tenían esa pinta de planta de interior que caracteriza a nuestra clase política, estaba nuestra dilecta alcaldesa. Puse en marcha la grabadora. Al principio, no decía nada interesante, y lo que era peor, la señal de vídeo llegaba montada con el audio, de manera que a veces hablaba un tipo de barba gris con la voz de la alcaldesa, o al revés.

Pero entonces llegó la mesa redonda y los alcaldes empezaron a comparar notas sobre asuntos como la peatonalización. Parecía una reunión de colegas que se juntaba después del trabajo y, supongo que de eso se trataba en el fondo. La alcaldesa se puso a hablar de los detractores de la peatonalización, esas personas que consideran que el Ayuntamiento estaba jugando a una especie de perverso juego de las sillas musicales con las plazas de aparcamiento y expresó su punto de vista con la siguiente analogía: “Si te compras una vaca, será porque tienes un establo”. Por un pelo, conseguí evitar que el café me saliera por la nariz. Rara vez tienes la oportunidad de escuchar algo tan directo de los labios de un político, que no parezca salido del argumentario de su responsable de prensa, normalmente tan insustancial como una galleta de arroz, y menos sobre un tema tan sensible como el aparcamiento. Sus compañeros regidores le rieron la gracia, así que la alcaldesa se animó a seguir, enzarzándose en un imaginario debate con un conductor protestón. “Pero, ¿dónde está escrito que usted tenga derecho a una plaza de aparcamiento? Usted se compra un coche y es su problema. No es el mío, ni es el de la ciudad. Hay aparcamientos subterráneos, párkings, garajes… Si usted se compró una vaca, usted sabrá donde guardarla”. Hubo más risas por parte de los otros alcaldes, Una de ellas, la de Gijón, le anunció que le copiaría la frase, posiblemente en el convencimiento de que los asturianos, como los gallegos, simpatizarían con cualquier tropo vacuno. La alcaldesa sonreía encantada.

Yo también, claro. En mi mente ya tenía claro el titular, que pensaba verter como un sentinazo sobre la opinión pública. Mi punto de vista sobre casos como este es que la gente enfadada es una lectora atenta, así que siempre busco titulares que irriten o asusten a la gente. Teóricamente, es posible hacer lo mismo con artículos positivos, pero solo en teoría. En realidad, la gente recuerda y le impactan más las malas noticias, así que siempre procuro tirar hacia lo negativo, generar ira, que considero lo más parecido a una fuente de energía ilimitada y renovable que existe en el mundo. Y así fue como ocurrió en aquella ocasión: una vez me puse los pantalones y redacté la noticia y la subimos a la web, a medida que se contagiaba de móvil en móvil, gente que tenía que hacer malabares cada día para conseguir aparcar en el bordillo del acera su coche de veinte años de antigüedad, pobres trabajadores que necesitaban el coche para currar o para llevar los niños al colegio o para entrar y salir del área metropolitana, gente que residía en Monte Alto o en Agra do Orzán, que apenas llegaba a fin de mes, que se cagaba en la inflación y que vivía vigilando por el rabillo del ojo la aparición de la policía municipal, transmitía esa rabia a través de las redes. Los comentarios subían de tono a medida que amantes de las cuatro ruedas y eco-guerreros defensores de la peatonalización y los patinetes eléctricos se enzarzaban entre sí, la tensión arterial y las visitas a la web subían y subían por miles y otros medios digitales pasaban a hacerse eco de mi artículo. Mi profecía se había cumplido: la vaca de la alcaldesa había conseguido poner a mucha gente de mala leche.

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