Sociedad

'Síndrome Calimero': quejarse como forma de vida

Verbalizar la disconformidad funciona a corto plazo, pero prolongarlo en el tiempo perjudica a nuestra salud mental

Querida Mente;  el síndrome de Calimero (05/06/2023)

Querida Mente; el síndrome de Calimero (05/06/2023)

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Lugo

Todos tenemos algún amigo o amiga que vive inmerso en la queja. Todo está mal, el karma está en su contra y siempre les va fatal en los negocios, en el amor... Siento decirte que si con esta descripción todavía no tienes ningún nombre en la cabeza es que ese amigo o amiga eres tú. Y es que pensar que todo drama se conjuga en primera persona puede llegar a ser adictivo e incluso un síndrome: el de Calimero.

Ese pollito ataviado con un caparazón roto en su cabeza rodeado de mala suerte e injusticias que se queja constantemente es un vivo retrato de una buena parte de la sociedad. Pero por partes, que no debemos confundirnos, quejarse no es malo, de hecho, según nos explica la psicóloga lucense Jenifer Souto, "quejarse ayuda a gestionar nuestras emociones", pero en su justa medida.

Cuando nos quejamos conseguimos ser el centro de atención. Esto hace que el sujeto interprete que "si me quejo consigo lo que quiero", el problema es que esto funciona, pero no por mucho tiempo. "A corto plazo protestar nos ayuda a gestionar las emociones que sentimos, pero si se prologa en el tiempo tiene el efecto contrario", matiza la experta.

Las personas pueden ser quejicas de nacimiento. Son rasgos de personalidad que, en este caso, hace creer a la persona que es victima de la mala suerte por el destino. "Es un fenómeno que en psicología denominamos teoría de la atribución, es la forma en la que las personas hacemos juicios sobre las causas de los eventos de nuestras vidas", y añade, "cuando vivimos eventos negativos buscamos causas que nos ayuden a proteger nuestra autoestima y escapar de la culpa".

Si por ejemplo tenemos dos personas, dos compañeros de clase, que van a hacer un mismo examen y a ambos les sale mal. No están conformes con el resultado. Las maneras de reacciones pueden ser muy diferentes. Una es asumir que no ha salido bien porque no se ha preparado lo suficiente o porque no se ha tenido el día. En resumen, que el culpable es el propio examinado y no un externo.

Sin embargo, las personas que viven con el síndrome Calimero buscarán siempre un factor ajeno al que hacer responsable de su fracaso: los profesores que le tienen manía, la dificultad que no era la adecuada, la mala suerte... Cualquier cosa que a ellos les señale de una forma clara.

Caer en la queja

Hay quien nace en la queja y hay quien cae en ella. El contexto en el que se crece y se desarrolla la personalidad de cada uno condiciona la manera de ser y la manera en la que reacciona a determinados acontecimientos. Aunque nuestra manera de ser, nuestros rasgos de personalidad, vienen en buena parte marcados por la genético, lo cierto es que hay otra que si podemos moldear.

Las personas son inseguras, dramáticas o victimistas también por las experiencias que han tenido que vivir. El síndrome Calimero hace que no puedan disfrutar de la parte positiva de todos los estímulos que reciben. Por ejemplo, si están en un atasco se repiten lo fracasados que son porque no pueden llegar a tiempo al trabajo o se autoconvencen de que siempre es a ellos a los que pillan las aglomeraciones de coches.

Nunca caen en que ya son afortunados por tener un destino al que llegar, aunque sea fuera de hora, o que ese tiempo que estarán parados lo pueden aprovechar para otra cosa. Todo se impregna de negativismo.

Salir de la queja no es una tarea sencilla, pero es posible. Todo empieza con un cambio de actitud. Lo primero es detectar que vivo inmerso en la queja, y cuando se produzca ese reconocimiento, hacer una lectura diferente de cada situación. "Si se me rompe un vaso y mancho el suelo lo primero que voy a pensar es qué mala suerte tengo porque está todo sucio, tengo prisa, era el vaso que me gustaba... y cuando venga ese pensamiento le doy la vuelta. En realidad que afortunado soy que tengo un vaso, una casa y vino", por ejemplo.

Controlar lo incontrolable

Dice Souto que la queja, muchas veces, nace de querer controlar lo que no se puede. "Estas personas no son capaces de aceptar una serie de circunstancias vitales que no son como a mi me gustaría y una forma de gestionar esto es quejándome porque se desvía el foco a lo no controlable", explica.

Otra forma de intentar tener bajo control aquello que realmente no se tiene es pensarlo. "El pánico de las primeras salidas nocturnas, por ejemplo. Padres y madres que como no pueden hacer nada por saber qué están haciendo sus hijos o hijas, por evitar que les ocurra algo malo, lo que hacen es repetirse todo el rato en su cabeza preguntas que no tiene respuesta como ¿y estarán bien?, ¿ y llegará a tiempo? D e esta forma sienten que de alguna manera están controlándoles".

Sin embargo, el ser humano puede controlar mucho menos de lo que a priori tiende a pensar. Jenifer Souto habla de un experimento social de los años 70 en un supermercado. Probaron a jugar con la música y ver si los clientes variaban sus hábitos de compra según el tipo y estilo de música que escuchasen.

Comprobaron que si. Cuando lo que sonaba era música francesa el número de vinos franceses que se vendían incrementaba y cuando lo que oían eran composiciones alemanas, los vinos que se vendían más eran aquellos de origen alemán. Por lo tanto, concentrarse en controlar lo que no está en nuestra mano es un gasto de energía innecesario, lo importante es la forma en la que asumimos lo que ocurre a nuestro alrededor.

 
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