Opinión

Orgías

El estilita / Radio Coruña

Hace unos días, en la tele de la redacción, vi como sacaban a un tipo curioso, un punky de mediana edad, con gafas de sol, una cresta roja y mosquetones, de esos que se usan para la escalada, colgando de las orejas. Era todo un cambio con respecto al político de turno y me incorporé para acercarme a la pantalla que colgaba de la pared. Creí que era un músico, porque en los subtítulos ponía Viñarock (y porque no se me ocurría ninguna otra profesión para alguien con esa facha) pero luego leí que ponía que era un organizador de orgías. Aquello prometía.

Subí el volumen y poco a poco me enteré de lo que pasaba. Aquel tipo había aprovechado el festival de Albacete para montar una actividad. Había colgado un cartel invitando a una orgia. “Si nos organizamos, follamos todos”, o algo así, ponía en el letrero. Se habían apuntado 7.000 personas y la noticia había corrido como la pólvora por las redes sociales y los medios habían acudido como buitres, naturalmente. Pero tanta publicidad había sido negativa y no hubo bacanal. Al parecer, gente que es capaz de meterse en un pogo sexual con miles de desconocidos se vuelve tímida cuando le apuntan con una cámara. Así que aquel gallo Claudio frustrado por perder sus gallinitas aleccionaba a Ana Rosa Quintana, criticando su praxis periodística y acusando a toda la sociedad de sexófoba.

El tipo hablaba de una forma más articulada para alguien que puede escalar montañas con las orejas, pero no me convencía. Para empezar, dudo que una sociedad en la que 7.000 personas se apuntan a una orgía pueda llamarse sexófoba. Al final, con cámaras o no, se presentaron 45 y todo se limitó a una especie de debate sobre la libertad sexual, y sospecho que el motivo fue que allí no había mucha paridad. Probablemente solo se habían presentado marineros de secano. El lema de la actividad, además, me parecía engañoso. Si no follamos todos, no es precisamente por falta de organización. El sexo, como el dinero, tiende a concentrarse: muchos no tienen nada, otros muchos tienen un poco, y unos pocos tienen muchísimo. Sospecho que si al final se hubiera celebrado, la bacanal no sería tan equilibrado como esperaba el punky, sino más bien habría consistido en un montón de tíos viendo los toros desde la barrera mientras unos pocos alternaban los orgasmos con las pocas chicas que se hubieran presentado con la ingesta de bebidas isotónicas.

Lo que para unos es todo un acontecimiento, para otros está a la orden del día. La semana anterior había estado en una rueda de prensa en el Ayuntamiento en la que se había hablado de orgías, por muy raro que parezca. El Observatorio de Violencia LGTBI había presentado su informe anual y la conclusión principal era que, por primera vez, las consultas habían superado a las denuncias (que se mantenían en los mismos números desde hace años). Según nos explicó la presidenta, el problema era el chemsex. O sea, las bacanales gays en las que se toman drogas. Además, cualquier crítica podía ser tachada de homofobia, y convenía ser cuidadoso, por muy gracioso que me pareciera todo.

Levanté la mano y pregunté que cuál era el problema, que si las drogas o el sexo sin protección. La presidenta explicó que los dos, pero que lo importante era no demonizarlo. Me pareció justo: todos los aquelarres son orgías, pero no todas las orgías son aquelarres. Una compañera mía, que también pertenece al ‘colectivo’, como lo llama ella, me explicó que el guarrichill, como lo llama ella, está a la orden del día. Consiste en que un grupo de tipos salidos y dopados alquila un piso para un fin de semana (según me dijo, su zona favorita es Oza) practicando una sexualidad libre pero no necesariamente sana. Le pregunté a mi compañera si había guarrichill de lesbianas. Me dijo que no conocía ninguno, matando sin saberlo otra de las ilusiones de mi adolescencia que había alentado Hugh Hefner., ese mentiroso en batín.

Pero hay otro punto que me inquieta: alquilan un piso en vez de hacerlo en una de sus propias casas. Puede ser porque simplemente no quieren que sus compañeros de orgía sepan dónde viven (quizá no se conocen lo suficiente, y no hay confianza), pero sospecho que el motivo es más bien que no quieren tener que limpiar después. Es difícil de creer que unos tipos que no se ponen condón para una orgía se pongan a fregar después y me imagino al dueño del piso provisto de una luz negra descubriendo horrorizado que su casa parece un cuadro de Pollock. Y eso no está bien, no. Pero tampoco es demoníaco.

 
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