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Psicópatas

El estilita / Radio Coruña

El estilita

A Coruña

Me senté a la mesa El director, la subdirectora y la redactora jefa me devolvieron la mirada. Me recliné y me crucé de brazos, conteniendo una sonrisa satisfecha. El director hizo la introducción: “Abel tiene la que creo que es la noticia más importante del año”. Mis dos jefas (tengo demasiados superiores) me miraron con curiosidad mientras yo paladeaba el momento, tratando de alargarlo un poquito más. Ni antes (y sospecho que tampoco después) había dicho nadie nada semejante. Por lo menos, en serio.

La verdad es que no recuerdo que estaba haciendo cuando recibí el mensaje que lo inició todo. “Tengo una bomba”, decía. Adjuntaba la esquela de una señora octogenaria. “Hijos, nietos y demás familia…”. No entendía nada y sospeché una broma, pero mordí el anzuelo, claro ¿Qué iba a hacer? Si fuera un extraño con un caramelo, ya estaría en su furgoneta. Cuando me cogió el teléfono (estoy seguro de que lo dejó sonar varias veces) mi contacto no me dijo nada más que una frase. “Es una bomba.-insistió y su tono me convenció de que no mentía- Ve al juzgado de instrucción número seis. Está todo bajo secreto de sumario”. Luego colgó.

Suspiré. Muchas de mis fuentes son tipos particulares, lo que no dice nada bueno de mí, supongo. Pero seguía sin tener opción. Dije en la redacción que tenía cosas que hacer y me fui corriendo, llegué a Nuevos Juzgados, atravesé el detector de metales del puesto de seguridad y subí al tercer piso, todo en un par de zancadas. A partir de ahí, las cosas no fueron tan fluidas porque me topé con un puñado de apáticos funcionarios con moreno de fluorescente, parapetados detrás de montones de documentos, que no parecían sentir el mismo entusiasmo que yo por resolver el misterio de la octogenaria. Supliqué a unos cuantos antes de rendirme ante aquella muralla kafkiana.

Mi contacto se puso evasivo cuando le llamé. Obviamente, yo era el único aliciente de su triste vida. Pero tenía el nombre de la fallecida, así que la googleé, y encontré una dirección en Monelos. Se lo comenté a mi fuente, que me confirmó que iba por el buen camino. Si mis padres me hubieran apoyado con tanto entusiasmo, quizá hubiera llegado a algo en la vida. Puede que no a médico, pero si a aromaterapeuta, en vez de sentirme como el participante del concurso más cutre de telerrealidad. “La competencia también lo sabe, Tic, tac”, se burló antes de colgar. Menudo psicópata.

“No puede ser tan difícil ser aromaterapeuta. Solo necesito una túnica, o algo así”. En eso pensaba mientras subía corriendo la empinadísima cuesta de la avenida de Monelos. El lugar estaba cerrado y me cagué en todo. Cogí el teléfono otra vez y esta vez él respondió a la primera. Sin dejarle hablar le espeté que iba a matarlo como no soltara ya lo que sabía. O me iba a matar yo. Hubo un silencio. “Vale, te lo voy a contar, pero no puedes usar nada de lo que te cuente”. No era el trato que yo quería, pero no tenía ningún poder de negociación.

“¿Has visto en la esquela que pasaron varios días entre su muerte y el entierro?”. No, no me había fijado. Estaba dando vueltas sobre mí mismo como una peonza mientras hablaba por teléfono, sudado en una esquina como un cocainómano esperando a que apareciera su camello en patinete. “La han asesinado. Y casi no se dieron cuenta. Y ha sido una asesina en serie”. Me detuve en seco. “¿Qué?”. Lo repitió. Cavilé por un segundo. “¿Es una broma?”. No lo era. “¡Es la hostia!”, le dije a una señora que pasaba por ahí y que se marchó corriendo. . .

¿”Te suena la Matayayas? Mató a unas viejas en Barcelona en los noventa y la trasladaron a Teixeiro hace unos meses. En cuanto lo soltaron, fue y mató a esa señora. Y se enteraron por muy poco. Estuvieron a punto de incinerarla antes de que la jueza ordenara detener el entierro”: Era espectacular. Después de años ¡No! décadas escribiendo sobre imbéciles que mataban a sus conocidos en raptos de alcohol, o drogas, o simplemente de estupidez, podía escribir sobre un caso real de una fría asesina en serie. Una psicópata de manual. Y ahora que sabía qué buscar, me bastó con un par de llamadas para confirmarlo. Salí corriendo de nuevo hacia la redacción y hacia la reunión con mis jefes.

Sin duda, una de las cumbres de mí ya larga carrera periodística: el primer caso de un asesino en serie de la historia de A Coruña. Y yo fui el primero en publicarla, adelantándome a la competencia. Tengo que reconocer que me sentí orgulloso. Incluso mi jefe sintió orgullo del periódico, así que cuando en una cabecera nacional publicaron que la noticia la había adelantado uno de nuestros rivales, llamó inmediatamente para exigir que lo corrigieran.

Daba igual. Yo había ganado. El redactor del otro periódico (no me acuerdo ahora de su nombre, Chourizo o Touciño, o algo así) había preparado el tema a fondo, pero yo me había adelantado. No importa cuánto reconocimiento reciba por ello. Él y yo sabemos que he arruinado su momento. Si la victoria fuera una piruleta, mis babas le impedirían saborear su dulzura. Y no lo siento por él. Es más: su dolor, su frustración, es lo que disfruto, como disfrutaba destruyendo los castillos de arena de los demás niños en la playa. Yo ya he olvidado su nombre, pero estoy seguro que él nunca olvidará el mío.

Espero que eso le persiga toda su vida, sabiendo que el único caso de asesino en serie de la historia de A Coruña podía haber sido su primicia y fue la mía. Me paré un momento y reflexioné sobre todo esto.

A ver si yo también soy un psicópata.

 

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