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¿Desaparecerán las cocinas en las viviendas del futuro? Historia, arquitectura y nuevas formas de vivir la ciudad

De los falansterios del siglo XIX a las ciudades que funcionan “a la carta”, la arquitectura lleva décadas preguntándose si la cocina es realmente imprescindible dentro de casa

Cuaderno de dibujo: ¿Casas sin cocina?

Cuaderno de dibujo: ¿Casas sin cocina?

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A Coruña

Cada vez se escucha más una idea que parece provocadora: en el futuro las viviendas podrían no tener cocina. El debate aparece en conversaciones sobre urbanismo, arquitectura y nuevas formas de habitar las ciudades. La pregunta no es solo si esto ocurrirá, sino si realmente sería posible vivir así.

Desde el punto de vista arquitectónico, la cuestión obliga a replantearse algo básico: qué necesitamos realmente dentro de una vivienda y qué funciones puede asumir la propia ciudad.

Pensar la vivienda mínima

Antes de hablar de cocinas, conviene hacer un ejercicio sencillo: imaginar de qué podríamos prescindir dentro de casa.

¿Podríamos vivir sin salón? ¿Sin televisión? ¿Sin comedor? ¿Y sin cocina?

A lo largo de la historia, muchas funciones domésticas han ido cambiando. Algunos elementos desaparecen —como el bidé en muchas viviendas actuales— y otros se transforman. Incluso el baño ha cambiado: las bañeras han ido cediendo espacio a las duchas por motivos de accesibilidad, seguridad o consumo de agua.

La pregunta de fondo es sencilla: ¿cuál es el mínimo necesario para vivir en una vivienda?

Las primeras utopías urbanas

Esta reflexión no es nueva. En la primera mitad del siglo XIX, pensadores como Robert Owen y Charles Fourier, considerados socialistas utópicos, imaginaron nuevas formas de organizar la vida tras la Revolución Industrial.

Su objetivo era diseñar comunidades donde el trabajo no dominara toda la vida y donde las personas vivieran en condiciones higiénicas y sociales más dignas.

De ahí surgieron modelos como el falansterio o el familisterio, edificios pensados para organizar la vida de manera colectiva. En ellos muchas tareas domésticas se compartían, incluyendo la cocina.

Estos modelos no eran una invención absoluta. Se inspiraban en formas de vida comunitaria que ya existían desde hacía siglos.

Cocinas comunitarias y vida compartida

Durante mucho tiempo en Europa hubo edificios donde la cocina no era privada, sino compartida. Un ejemplo claro son los conventos, donde casi todas las actividades son comunitarias excepto dormir o asearse.

Algo similar ocurrió en muchas viviendas populares. En ciudades españolas existieron las corralas, edificios con viviendas pequeñas alrededor de un patio común. En algunos casos las cocinas eran compartidas porque las viviendas eran muy reducidas.

En A Coruña existieron corralas muy conocidas, como las que estuvieron en Juan Flórez o en la Gaiteira. Eran soluciones habitacionales donde muchas tareas cotidianas se resolvían colectivamente.

Este tipo de organización buscaba algo que hoy llamaríamos conciliación: trabajar fuera y encontrar al volver una estructura doméstica que facilitara la vida diaria.

El nacimiento de la cocina moderna

La cocina privada tal como la conocemos hoy es relativamente reciente. Surge en el siglo XX con los estudios sobre la vivienda mínima.

Uno de los diseños más influyentes fue la cocina de Frankfurt, creada en 1926 por la arquitecta austriaca Margarete Schütte-Lihotzky. Su idea era diseñar una cocina extremadamente eficiente, pensada para una sola persona.

El espacio era muy compacto, organizado casi como un pequeño pasillo donde todo estaba calculado para optimizar movimientos y tiempo. El objetivo era convertir el trabajo doméstico en algo racional y organizado.

Este modelo se convirtió en referencia para el movimiento moderno y marcó el diseño de muchas cocinas durante décadas.

Curiosamente, en países como España la cocina creció más tarde, sobre todo entre los años 60 y 80, porque muchas familias hacían vida dentro de la cocina y no tanto en el comedor.

La idea de una ciudad sin cocina

El debate sobre eliminar la cocina reapareció recientemente con investigaciones como la tesis Kitchenless City, de la arquitecta española Anna Puigjaner.

Su trabajo analizaba modelos urbanos donde la comida y otros servicios domésticos se externalizan. Uno de los ejemplos más llamativos es el histórico hotel Waldorf Astoria de Nueva York.

El edificio ofrecía algo muy singular: la posibilidad de vivir permanentemente en el hotel. Los residentes no necesitaban cocina porque podían pedir comida a cualquier hora.

El Waldorf Astoria ofrecía servicios completos: restauración, lavandería, limpieza e incluso acceso privado al metro. Algunas figuras históricas llegaron a vivir allí durante años, como Winston Churchill, Marilyn Monroe o el compositor Cole Porter.

Este modelo se extendió a otros hoteles neoyorquinos, como el Chelsea Hotel, donde residieron artistas como Bob Dylan o Patti Smith.

Vivir a la carta

Detrás de estos modelos aparece una idea interesante: vivir a la carta.

En lugar de concentrar todas las funciones dentro de casa, la ciudad proporciona los servicios necesarios. Comer, lavar ropa, trabajar o socializar se realiza en distintos espacios urbanos.

En ese contexto, la vivienda se reduce a un lugar para dormir o descansar, mientras que la ciudad se convierte en una extensión del hogar.

Este modelo puede funcionar en grandes ciudades muy densas, como Nueva York o Tokio, donde todo está cerca y hay servicios disponibles a cualquier hora.

Las limitaciones del modelo

Sin embargo, la desaparición de la cocina plantea también dudas. Situaciones recientes como la pandemia demostraron la importancia de que las viviendas mantengan cierta autonomía doméstica.

Cuando la movilidad se reduce o los servicios fallan, depender completamente del exterior puede convertirse en un problema.

Además, este modelo implica un mayor gasto económico y un mayor consumo de recursos. Por eso muchos expertos creen que el futuro no será una ciudad sin cocinas, sino una convivencia entre distintos modelos de vivienda.

El futuro de la cocina en casa

Es posible que las cocinas cambien. Probablemente serán más pequeñas, más eficientes o incluso compartidas en algunos edificios.

Pero todo indica que seguirá existiendo algún espacio para cocinar dentro de la vivienda. Más allá de su función práctica, la cocina sigue siendo uno de los lugares más simbólicos de la casa, asociado a la vida cotidiana, la reunión familiar y los hábitos culturales.

Quizá el futuro no sea una casa sin cocina, sino una ciudad donde la cocina tenga cada vez más formas diferentes de existir.

 

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