De vacaciones

El estilita / Radio Coruña

A Coruña
Lo más gracioso es que ese día no trabajaba. Era jueves, creo, y llevaba toda la semana de vacaciones. Estaba en el sofá cuando oí cómo las sirenas se acercaban, pero las ignoré al principio. Probablemente algún anciano había resbalado en el cuarto de baño. Estaba repantingado en el sofá y me había amodorrado, mirando la tele en plan Amaral. Mi novia había vuelto del parque con su perra y teníamos que resolver cuestiones importantes sobre la cena cuando decidió asomarse a la ventana. “Es aquí”, me dijo.
Suspiré. No sería nada. Una olla al fuego, casi seguro. A esa hora, siempre era eso. Pero estaba a dos portales de distancia y no tenía ninguna excusa. Me calcé y me enfundé en un abrigo mientras ella me informaba de que el patio interior estaba lleno de humo. Bajé al trote los dos pisos y salí a la calle.
Los vecinos del edificio en llamas estaban frente a la puerta. Me había cruzado con ellos en varias ocasiones, claro, sobre todo con el tipo de los perritos y pelo gris que charlaba con los otros. Por la puerta entreabierta del viejo edificio de tres pisos se veían las llamas crepitar. Saqué el teléfono y grabé las primeras imágenes antes de que un policía cerrara rápidamente la puerta. Los Bomberos todavía no habían aparecido. Me moví tratando de encontrar un ángulo que no bloquearan los coches estacionados.
No era el único. En la calle contigua había curiosos grabando con sus móviles, lo que enfureció a un tipo joven, de treinta y pocos años, delgado y con un gran bigote que se movía de un lado a otro, nervioso mientras miraba a la terraza del último piso donde se asomaba un montón de caras expectantes, niños y adultos. La Policía les hablaba a gritos, ordenándoles que no se movieran. Afuera decían que había cundido el pánico, que se descolgaban por el patio interior usando sábanas como cuerdas. Parecía una buena historia. Tomé otra foto.
Los Bomberos habían llegado y extendían la cinta para cortar la calle, lo que significaba que las imágenes que tomara a partir de ahora no serían tan buenas. Retrocedí a medida que se acercaba la Policía, juntándome con el resto de los mirones. El del bigote me miró furioso. “¿Por qué estás grabando?”. “Soy periodista”, le respondí. “¡Pero es mi familia la que está allí!”. Le miré de reojo, genuinamente confundido: “¿Y eso qué tiene que ver?”.
Resultó que aquella era una casa okupa, y que alguien había prendido fuego a un colchón en el pasillo de acceso, aposta. Los ocupantes eran los típicos sujetos marginales y habían salido a la calle inhalando humo en vez de quedarse en sus casas (o en las de otros) que es lo que los Bomberos aconsejaban. Un tipo desnutrido, con pelo y barba espesa se retorcía en el suelo, en una esquina, con el torso desnudo presa de lo que parecía un accidentado viaje lisérgico. A su lado, una mujer con una coleta sucia y voz ronca hablaba con los policías y otro tipo negro que se había fabricado un turbante a partir de una camiseta amarilla deambulaba a su lado.
Nada más apagar el fuego, un bombero al que conocía pasó por mi lado y me confirmó que el fuego había sido intencionado. Asentí y me dirigí a la familia a la que habían sacado al exterior y que esperaban tranquilamente a que todo acabara. Me identifiqué como periodista ante el padre, y le pregunté si podían comentarme lo ocurrido. Parecía un tipo razonable, con pinta de oficinista y acento uruguayo, o de por ahí. Su hijo, un chaval que parecía Manolito Gafotas, le interrumpía constantemente tratando de contar la historia. La abuela también quiso aportar su granito de arena y yo estaba tratando de tomar nota de todo aquello cuando apareció el jefe de la dotación de Bomberos. No parecía muy contento.
“¡Abel! ¿No te das cuenta de que están en estado de shock?”, me aleccionó. Miré a la familia por si estaban llorando, abrazados y tiznados de humo y yo no me había dado cuenta. Parecían tan desconcertados como yo. “¡Siempre estás en medio, siempre eres tú! ¿Quieres que llame a la Policía?”. Le hice notar que me encontraba al lado correcto de la cinta policial, y le invité a llamar a un simpático agente para que solucionara aquel malentendido. No me tomó la palabra. “¿Es que no tienes empatía, Abel?”. Di por supuesto que era una pregunta retórica. “Bueno, a veces hablar ayuda”, respondí en el tono más inocente que pude. Él me respondió con la misma mirada de derrota que he visto tantas veces en los ojos de mi madre y se llevó a mis testigos a un rincón.
Me quedé solo con el tipo desnutrido con barba de vagabundo, que estaba comiendo mandarinas. Pesaba 50 kilos mojado. “Así que eres periodista”. Asentí. “Va a haber una guerra”. Le pregunté a qué se refería. “Han sido los argelinos, han prendido fuego al colchón”. “¿Cómo lo sabes?”. “No te enteras de nada –me miró con suspicacia- ¿Seguro que eres periodista? ¿Tienes carné?”. Quizá ser menospreciado por un lumpen que comía mandarinas con el torso al aire, con mesa reservada en la Cocina Económica y que apestaba a humo, es tocar fondo para cualquiera, pero no para mí. Me identifiqué con la misma prontitud que si se tratara un policía y me contó lo de los dos pisos con traficantes enfrentados.
Luego los dos nos quedamos viendo cómo los Bomberos terminaban su tarea. Ni siquiera me ofreció una mandarina.
Y esto fue lo más divertido que hice en mis vacaciones.




