¿Los chimpancés también hacen la guerra? Ciencia, comportamiento y lecciones para humanos
Un estudio revela que los chimpancés también desarrollan conflictos organizados y ofrece claves para entender el origen de la violencia social

Curiociencia: ¿Los chimpancés también hacen la guerra?
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A Coruña
Ya saben que nos encanta abrir la ventana a la curiosidad científica. En esta ocasión, de la mano de Marcos Pérez, director de los Museos Científicos Coruñeses, abordamos una cuestión que rompe muchos esquemas: los chimpancés también pueden entrar en guerras organizadas, y lo hacen de una forma más compleja de lo que podríamos imaginar.
Un conflicto real en la selva africana
Lejos de ser una idea teórica, existe un caso documentado en Uganda que demuestra este comportamiento. Allí, el grupo de chimpancés más grande conocido, con unos 200 individuos, se encuentra dividido en dos facciones enfrentadas desde 2015. El conflicto ha provocado la muerte de al menos 17 ejemplares en ataques planificados, dirigidos principalmente contra machos jóvenes y crías. No se trata de enfrentamientos casuales, sino de agresiones coordinadas que recuerdan, en cierta medida, a estrategias organizadas.
Este tipo de episodios ya había sido observado anteriormente. En los años 70, Jane Goodall documentó una situación similar, aunque en aquel momento se dudaba si la influencia humana podía haber alterado el comportamiento natural de los chimpancés. Hoy, con estudios más prolongados y en entornos completamente salvajes, sabemos que no es así.
La importancia de la estructura social
Lo realmente interesante de este caso es que los científicos llevaban décadas estudiando a este grupo concreto. Cada individuo estaba identificado, se conocían sus relaciones y existía un mapa social muy detallado. Esto permitió entender no solo que había un conflicto, sino cómo se había gestado.
El detonante fue la desaparición de varios individuos clave dentro del grupo. Estos chimpancés cumplían un papel fundamental como elementos de cohesión. Su muerte generó un vacío que debilitó la estructura social, provocando tensiones internas que acabaron en una ruptura total. En pocos años, un grupo que convivía en armonía pasó a dividirse en dos bandos que no solo se evitaban, sino que se atacaban de forma violenta.
Diferencias clave con las guerras humanas
Aunque es tentador comparar directamente estos conflictos con las guerras humanas, hay que matizar. En los chimpancés no existen factores culturales como ideologías, religiones o identidades políticas. Sus enfrentamientos no nacen de construcciones simbólicas, sino de cuestiones más básicas relacionadas con el entorno y la organización social.
En cambio, los seres humanos añadimos una capa cultural que multiplica las causas de conflicto. Aun así, hay un punto en común que resulta especialmente relevante: la importancia de la cohesión social. Cuando esta se rompe, el riesgo de enfrentamiento aumenta.
Un fenómeno raro, pero revelador
A través del análisis genético de diferentes poblaciones, los científicos han podido estimar la frecuencia de estos episodios. Cuando un grupo se divide de forma violenta, deja huellas claras en su ADN. Gracias a esto, se calcula que un conflicto de este tipo ocurre aproximadamente cada 500 años en chimpancés.
Esto los convierte en fenómenos poco habituales, especialmente si se comparan con la historia humana, donde los conflictos son mucho más frecuentes. Precisamente por eso, su estudio resulta tan valioso: permite observar en estado casi “puro” cómo surge la violencia colectiva.
Lo que podemos aprender de nuestros parientes más cercanos
Este tipo de investigaciones no solo sirven para conocer mejor a los chimpancés, sino también para mirarnos a nosotros mismos. La descomposición social, la pérdida de referentes y la falta de confianza dentro de un grupo son factores que pueden desencadenar conflictos, tanto en animales como en humanos.
En un contexto actual donde la crispación social es cada vez más visible, desde las redes sociales hasta las instituciones, estas conclusiones invitan a la reflexión. La violencia no surge de la nada, sino que suele ser la consecuencia de procesos previos de deterioro social.
Comprender cómo se originan estos conflictos en otras especies puede ayudarnos a anticipar y evitar dinámicas similares en nuestra propia sociedad. Porque, al final, la ciencia no solo explica el mundo, sino que también nos da herramientas para mejorarlo.




