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Así es la iglesia moderna del barrio de Las Flores que transformó la arquitectura religiosa

La arquitecta Nuria Prieto nos descubre en Cuaderno de Dibujo la historia y singular arquitectura de esta iglesia en A Coruña

Cuaderno de dibujo: La Iglesia del Barrio de las Flores

Cuaderno de dibujo: La Iglesia del Barrio de las Flores

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A Coruña

Abrimos el cuaderno de dibujo con la arquitecta Nuria Prieto para detenernos en uno de los edificios más interesantes —y menos conocidos— de A Coruña: la Iglesia de la Resurrección, en el barrio de Las Flores. Un templo que destaca tanto por su arquitectura como por lo que representa dentro de la evolución urbana y social de la ciudad.

Un barrio nacido de la transformación urbana

El barrio de Las Flores surge en pleno proceso de cambio de A Coruña durante la posguerra. A partir del Plan COR de 1948 y, más adelante, del Plan de Ordenación de 1965, se configura una nueva zona pensada para acoger a población desplazada por grandes infraestructuras como Alfonso Molina.

No se trataba solo de construir viviendas. La idea era crear un entorno completo, con servicios y equipamientos que hicieran del barrio un lugar habitable: centros sociales, instalaciones deportivas, espacios públicos… y, por supuesto, una iglesia.

El proyecto urbanístico recayó en un grupo de arquitectos de gran nivel —Fernández Albalat, José Antonio Corrales, Ignacio Bescansa o José Luque Sobrini, entre otros— que compartían una visión moderna: viviendas dignas, espacios abiertos y una clara influencia del racionalismo.

Una iglesia pensada para la gente

En ese contexto aparece la iglesia del barrio, concebida como un equipamiento más, pero también como reflejo de un cambio importante dentro de la propia Iglesia. Se trata de uno de los primeros templos que incorporan las ideas del Concilio Vaticano II, que buscaba una institución más cercana, más abierta y menos rígida.

Ese cambio se traduce en la arquitectura: el altar deja de estar alejado, el sacerdote se dirige a los fieles de frente y el espacio deja de ser jerárquico para convertirse en algo más parecido a una reunión comunitaria. La iglesia ya no impone, sino que invita.

La cruz griega como espacio de reunión

La planta del edificio responde perfectamente a esa nueva forma de entender el culto. En lugar de la tradicional nave longitudinal, se opta por una cruz griega, con los brazos iguales, que permite acercar a los asistentes y generar una sensación más asamblearia.

El altar se sitúa en una posición central, reforzando esa idea de comunidad. Aunque el diseño inicial contemplaba cierta flexibilidad en uno de los brazos, el resultado final mantiene una configuración más cerrada, pero igualmente coherente con el planteamiento original.

Adaptarse al terreno… y al presupuesto

Uno de los aspectos más interesantes del proyecto es su relación con el terreno. La iglesia aprovecha la pendiente natural del barrio para organizar el espacio interior en forma de graderío, evitando grandes movimientos de tierra y reduciendo costes.

Esa decisión no es solo económica, también espacial: el edificio parece integrarse de manera natural en el entorno. En la parte inferior, aprovechando el desnivel, se sitúan los espacios anexos como salas de catequesis o dependencias parroquiales.

Todo responde a una lógica muy clara: hacer una arquitectura eficaz, donde cada recurso cumple varias funciones.

La luz como elemento espiritual

El interior del templo es austero, pero no por ello menos impactante. El verdadero protagonismo lo tiene la luz natural, que entra desde arriba a través de lucernarios.

Estos elementos no son solo aperturas: forman parte de la estructura del edificio mediante cerchas espaciales que resuelven al mismo tiempo el soporte y la iluminación. Es una solución inteligente que evita elementos superfluos y refuerza la atmósfera del espacio.

El resultado es un ambiente sereno, donde la luz construye la experiencia.

Una planta condicionada por un oleoducto

Hay un detalle poco visible pero fundamental para entender la forma del edificio. Bajo el barrio pasa un oleoducto, y la iglesia se diseña evitando situar su cimentación sobre él.

Esto obliga a desplazar volúmenes y generar una geometría irregular que solo se entiende bien al verla en planta. Es un ejemplo muy claro de cómo la arquitectura se adapta a condicionantes técnicos sin renunciar a su coherencia.

Más allá del culto: un espacio social

Desde el principio, la iglesia no se pensó únicamente como lugar de culto. Incluía también un centro social y espacios para actividades del barrio, reforzando su papel como punto de encuentro.

Con el paso del tiempo, el conjunto sufrió abandono y llegó a estar ocupado, lo que deterioró seriamente algunas zonas, especialmente el centro social.

Recuperación gracias al compromiso vecinal

La rehabilitación fue posible gracias a la implicación del entorno y al trabajo de varios arquitectos, entre ellos Andrés Fernández Albalat, Manuel Toba Blanco y Carlos Muñoz.

Se adaptaron los espacios a nuevas necesidades, se incorporaron instalaciones como calefacción y se devolvió al edificio su función original: ser un lugar vivo, al servicio del barrio.

Un espacio que se siente

Hoy, la Iglesia de Las Flores sigue sorprendiendo a quien entra. Sus pasarelas exteriores cubiertas, el sonido de la lluvia sobre la estructura, la luz filtrándose desde arriba… todo contribuye a una experiencia muy particular.

Es uno de esos lugares donde, aunque no se tenga una motivación religiosa, se percibe algo especial. Un espacio que invita a parar, a mirar y a sentir.

En definitiva, una obra clave de la arquitectura moderna en A Coruña que merece ser redescubierta.

 

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