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Diagnóstico: impublicable

El estilita

El estilita / Radio Coruña

El estilita

A Coruña

Arrojaron la abultada carta sobre mi escritorio con un “toma”. Yo ojeé el reverso: “Delito penal” y el nombre del periódico. Sabía exactamente lo que ponía, y no porque hubiera heredado los poderes extrasensoriales de mi madre, que afirma que ha predicho todo lo que me iba a ocurrir desde que era un crío con las rodillas llenas de costras.

No, el motivo por el que sabía lo que contenía era porque había recibido varios sobres idénticos durante las últimas semanas, puede que meses. Se trataba de una historia totalmente confusa, que no tenía ni pies ni cabeza. Ya he escrito alguna columna sobre gente que me llama o se presenta en la redacción para que publique lo que le ocurre. Son los gajes del oficio: a todo periodista le pasa cada cierto tiempo que tiene que escuchar una historia parecida, normalmente de boca de un señor que asegura que es víctima de una conspiración que, de salir a la luz, se convertiría en un escándalo.

Generalmente, los escucho con paciencia y les respondo que veré lo que puedo hacer, pero nunca lo digo en serio. Cuando trabajas en un periódico pequeño sabes que quien te llama para darte un exclusiva es porque se la han rechazado en varios medios importantes y que tú eres su último recurso. No es que me ofenda ser el segundo plato, pero confío en el juicio de mis compañeros de profesión.

Así que cuando abrí el sobre por primera vez lo hice con el mismo entusiasmo que si tuviera ventanilla. Reconocí el membrete inmediatamente: era una denuncia presentada ante la Policía Nacional. La historia, redactada con el estilo indirecto y aséptico de un informe policial, no tenía ni pies ni cabeza, y eso que lo leí varias veces antes de rendirme.

Lo que estaba claro es que era una denuncia contra varios médicos del Chuac, a los que se les acusaba de todo, incluso de tortura, secuestro e intento de homicidio, pero yo no entendía por qué. Todo había ocurrido hacía un par de años: el que suponía que era el remitente tenía al padre ingresado muy grave en el Hospital. No encontré referencia a la enfermedad que le aquejaba pero estaba claro por la lista de órganos extraídos que no era ninguna broma: la vesícula, el apéndice, el bazo y parte del estómago y no sé qué más.

En algún momento dado, entre operación y operación, perdió la confianza en el cirujano, por decirlo de alguna manera. Cuando le notificaron que su padre debía pasar otra intervención, preguntó quién le informaría sobre el resultado y cuando supo el nombre del cirujano, respondió que no podía ser él porque le había acusado de intento de homicidio. “Esto no me ha pasado en la vida”, confesó el médico que le había informado. Yo sentía mucha más empatía por él que por el denunciante, porque andábamos igual de despistados, pero podía entender la angustia de alguien a cuyo padre le estaban quitando órganos como al señor Potato.

El caso es que la situación se deterioraba. El cirujano quiso hablar con el hijo del paciente, pero este le respondió que “podía coger sus amenazas y metérselas por el culo”. Literalmente. Le restringieron las visitas alegando que era agresivo. Mantuvo una reunión con los médicos, que debió salir mal porque salieron corriendo cerrando la puerta detrás de ellos, atrapando una pierna del remitente, así que también les denunció por eso. Cuantos más detalles añadía, más confuso resultaba todo. Le preguntaron a su padre de que trabajaba su hijo, él les respondió que era profesor de música aunque no lo era, pero añadió en su denuncia que entendía por qué su padre lo había dicho.

Era increíble, y eso es lo peor que le puede pasar a una noticia. He publicado informaciones insulsas, aburridas, polémicas, divulgativas, divertidas, frívolas, comprometidas y (lo reconozco) erróneas, pero no increíbles. Si apareciera un platillo volante en el monte de San Pedro, y de él surgieran extraterrestres, y yo tuviera la exclusiva, tampoco podría publicarlo, y por la misma razón. Tan importante es que una noticia sea creíble como que sea cierta. Probablemente más. Mi diagnóstico es que el caso de su padre es impublicable.

 

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