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Las huellas de cada despedida: tres décadas en cuidados paliativos

Fernando Lamelo, jefe de Cuidados Paliativos del CHUAC reflexiona sobre la muerte, el acompañamiento y la importancia de humanizar el final de la vida

La Galería: Fernando Lamelo

La Galería: Fernando Lamelo

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A Coruña

En Hoy por Hoy A Coruña, se abre La Galería para recibir a quienes dejan huella. Hoy se asoma a ese espacio un médico que trabaja justo en el límite más delicado de la vida: Fernando Lamelo, jefe del servicio de Hospitalización a Domicilio y Cuidados Paliativos del CHUAC, recientemente reconocido por el Colegio de Médicos.

Su labor no es la de curar, sino la de estar. Acompañar. Sostener.

“Somos un servicio de una sanidad diferente”, resume. “No tratamos de curar a nadie, sino de acompañar en el final de la vida”.

Un camino que empezó sin manual

Nacido en Ourense pero coruñés de adopción desde el MIR, Lamelo recuerda una formación muy distinta a la actual. Cuando él estudió Medicina, los cuidados paliativos apenas existían como disciplina.

“No había asignatura ni temario específico. Estaban naciendo”, explica.

Su aprendizaje fue, sobre todo, práctico. Día a día, con compañeros que ya trabajaban en hospitalización a domicilio en los años 90. “Me lo enseñaron ellos, y desde entonces es una de las señas de identidad del servicio”.

Entre la ciencia y lo humano

Si algo define los cuidados paliativos es ese equilibrio constante entre lo clínico y lo emocional. Lamelo insiste en que la preparación médica es imprescindible, pero no suficiente.

“Hace falta también ese lado humano”, dice.

El trabajo se construye en equipo, compartiendo decisiones, comentando casos complejos y aprendiendo de la experiencia acumulada. “La voz de la experiencia siempre se escucha”.

Hablar de la muerte, el gran tabú

Para alguien que convive con ella a diario, la muerte no es un concepto abstracto. Es parte del trabajo. Parte de la vida.

“Es el final de la vida. Nacemos para morir”, afirma con naturalidad.

Sin embargo, reconoce que sigue siendo un tema incómodo para la sociedad. Se evita, se esquiva, se silencia. “Parece que no nos vamos a morir nunca”, apunta, en una cultura donde aumenta la esperanza de vida, pero no siempre la calidad de esos años.

Romper ese tabú pasa por hablar, por formar y por aceptar. “Se lleva mucho mejor el final cuando uno puede despedirse”.

Morir en casa, cuando es posible

Uno de los grandes debates en cuidados paliativos es el lugar donde transcurre el final. El domicilio, cuando se puede, ofrece algo difícil de replicar en un hospital.

“Estás con tu gente, en tu entorno, con tus recuerdos”, explica.

Aun así, no siempre es viable. Por eso el CHUAC combina la atención domiciliaria con una unidad hospitalaria especializada. “Tenemos para elegir”, dice, subrayando la importancia de adaptar cada caso a cada familia.

Porque no hay dos situaciones iguales.

Las familias, el pilar invisible

En ese proceso, las familias no son un acompañamiento secundario. Son protagonistas.

En casa, especialmente, su papel es clave. “No podemos atender a un paciente en domicilio sin un cuidador”, recuerda.

Acompañar también significa enseñar, preparar, sostener emocionalmente. Y, en muchos casos, ayudar a superar ese miedo inicial a vivir el final en casa.

Lo que queda después de cada despedida

Treinta años después, Lamelo reconoce que cada paciente deja huella. Algunas más profundas que otras, pero todas presentes.

“Son muescas que se te quedan”, dice.

Recuerda domicilios, historias, familias. Y también el agradecimiento. Mensajes, cartas, palabras que llegan tiempo después y que ayudan a seguir.

“Es muy reconfortante”.

La pandemia, cuando todo cambió

Su trayectoria también estuvo marcada por uno de los momentos más duros de la sanidad reciente. Durante la pandemia, lideró una unidad pionera para apoyar residencias en Galicia.

“No sabíamos casi nada del virus”, recuerda. “Aprendimos sobre la marcha”.

Fueron meses de trabajo intenso, de incertidumbre y de compromiso colectivo. “No pensábamos en el riesgo, hacíamos lo que tocaba”.

“Soy un médico normal”

Pese al reconocimiento recibido, Lamelo rehúye cualquier protagonismo.

“Esto me ha sobrepasado un poco”, admite sobre la medalla.

Se define como un médico “de a pie”, consciente de que hay muchos profesionales que comparten ese mismo trabajo silencioso. “Yo no estaría aquí sin el equipo”, insiste.

La vida, también fuera del hospital

Antes de despedirse, deja algunas pinceladas más personales. Elige el Monte de San Pedro como rincón de A Coruña, recuerda los cafés frente al Orzán y cita La vida es bella o Forrest Gump como películas de referencia.

Y, casi sin querer, vuelve al tema que atraviesa toda la conversación: la vida, el tiempo y lo que hacemos con él.

Porque en su trabajo, cada día recuerda lo esencial.

 

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