Hablar de la muerte para cuidar la vida: Mirelle Rosique explica cómo afrontar el duelo por el final propio
Rosique detalla cómo viven pacientes y familias el proceso de despedirse cuando la muerte deja de ser una idea lejana

MURCIA
Cuando el final de la vida deja de ser una idea abstracta y se convierte en un diagnóstico, una fecha o un pronóstico, comienza un duelo del que apenas se habla: el duelo por la propia muerte. Así lo explica la especialista en procesos de duelo Mireia Rosique, que trabaja con personas que se enfrentan al límite de su existencia y con familias que acompañan ese tránsito. Rosique describe este proceso como “uno de los más difíciles, pero también uno de los más sagrados” que puede vivir un ser humano.

Cuando la vida se acorta el duelo por el final de la propia vida cap. 12
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Según la experta, el impacto emocional de recibir un diagnóstico irreversible es una sacudida profunda: confronta la fragilidad del cuerpo, rompe la sensación de omnipotencia y obliga a replantear el tiempo que queda. Es habitual que aparezcan emociones contradictorias como miedo, rabia o negación, y Rosique insiste en que no deben silenciarse: “no se le puede pedir a alguien al final de su vida que no tenga miedo; hay que nombrarlo y acompañarlo”.
La especialista explica también que, en este tramo, las personas no solo lidian con su propio miedo, sino con el de sus familias. A menudo se genera una “conspiración de silencio”: el enfermo quiere proteger a los suyos y la familia intenta evitarle sufrimiento. Pero Rosique defiende que hablar—hablar de la muerte, del futuro inmediato, del legado que se deja—alivia y ordena el miedo, porque “cuando se nombra, pesa menos”.
Ese legado, subraya, no es material: es la huella emocional que permanece en quienes siguen vivos. Para la especialista, los últimos días ofrecen una oportunidad para cerrar asuntos pendientes, agradecer, pedir perdón, repartir objetos significativos y dejar instrucciones claras sobre los cuidados, incluso sobre cómo desea cada persona su propia despedida. Todo ello ayuda tanto a quien se va como a quienes se quedan, porque reduce culpas y remordimientos en el duelo posterior.
Rosique recuerda que, en la fase final, el cuerpo inicia un proceso natural de desconexión: desaparece el apetito, se reduce la comunicación verbal y el enfermo puede empezar a “ver” a seres queridos fallecidos, algo que—explica—forma parte del tránsito y puede resultar incluso reconfortante. Acompañar ese momento implica presencia, serenidad y respeto absoluto a la dignidad y los deseos de la persona. “El último viaje—dice—se hace más ligero cuando uno solo se lleva el amor que dio y el amor que recibió”.
Una conversación que recuerda que hablar de la muerte no acorta la vida, pero sí puede ensancharla, haciendo más pleno y más verdadero el tiempo que queda.




