Aprender a vivir con la ausencia: conversaciones sobre el duelo
Sociedad

La educación para la muerte gana espacio en colegios y familias como herramienta para prevenir duelos bloqueados y adicciones

Mireille Rosique defiende que hablar de la muerte desde la infancia fortalece la resiliencia y reduce el impacto del suicidio y del dolor silenciado

La educación para la muerte gana espacio en colegios y familias como herramienta para prevenir duelos bloqueados y adicciones

MURCIA

El pódcast Aprender a vivir con la ausencia ha dedicado su último episodio a un tema todavía incómodo en muchas familias y centros educativos: la educación para la muerte. La enfermera y especialista en acompañamiento emocional Mireille Rosique sostiene que abordar la muerte desde edades tempranas se ha convertido en una necesidad social y sanitaria, porque “la inocencia no es ignorancia, es confianza”, y esconder la verdad a un niño no le protege del dolor, sino que le priva de recursos para gestionarlo. Rosique afirma que los menores conviven con la muerte en videojuegos, noticias y conversaciones cotidianas, pero “sin contexto ni acompañamiento”, y que la escuela debe ser el espacio donde esta realidad se humaniza y se explica como parte del ciclo vital.

La educación para la muerte gana espacio en colegios y familias como herramienta para prevenir duelos bloqueados y adicciones

La experta ha explicado que un niño de cinco años puede comprender una pérdida si se usa un lenguaje claro y tierno, evitando eufemismos que generan confusión. Sugiere explicar el cuerpo como una máquina que deja de funcionar y reforzar la idea de seguridad y vínculo: “seguimos unidos por el amor, que queda en el corazón”. También defiende integrar la muerte en el día a día educativo mediante ejemplos naturales —una planta que se marchita, un pájaro que cae al patio— para construir, poco a poco, un sostén emocional que permanece en la vida adulta.

En adolescentes, Rosique afirma que el duelo se camufla bajo conductas como aislamiento o rabia, y que lo esencial es la presencia silenciosa y disponible del adulto: “el joven necesita espacio, pero también saber que la habitación de al lado no está vacía”. El silencio, insiste, agrava el trauma porque el adolescente interpreta que algo malo hay en él cuando el adulto evita mirar su dolor.

El episodio también ha abordado el tema del suicidio, un terreno donde persisten temores y mitos. Rosique recuerda que la evidencia científica demuestra que hablar del suicidio protege, porque permite nombrar el sufrimiento y abrir vías de ayuda. Señala que el tabú es el mayor aliado del suicidio, mientras que la palabra, la escucha compasiva y la ausencia de juicio actúan como factores de protección. Explica que quien piensa en suicidarse “no quiere morir, sino dejar de sufrir”, y que abrir canales en escuelas y universidades permite que los jóvenes encuentren aire cuando sienten que se ahogan.

Rosique subraya que los padres y docentes forman un equipo: la familia es refugio emocional y la escuela es espejo social. Ambos, dice, deben ofrecer coherencia y presencia para evitar que el duelo quede congelado. Cuando el dolor permanece en silencio durante años, el cerebro infantil se adapta en modo de estrés crónico, lo que puede favorecer en la vida adulta la búsqueda de alivio en adicciones o conductas de evasión. Por eso sostiene que educar en la muerte es también una forma de prevenir futuras adicciones.

En los casos donde un joven se suicida, Rosique insiste en acompañar a los “supervivientes” —sus compañeros, amigos o familia— limpiando la culpa injusta que suele aparecer y humanizando los tiempos escolares: “no se puede pedir un examen al día siguiente”. Para ella, el mensaje es claro: la educación para la muerte es, en realidad, educación para la vida. “Sembrar libertad y vida”, afirma, “solo es posible cuando dejamos de tener miedo a nombrar lo que duele”.