Aprender a vivir con la ausencia: conversaciones sobre el duelo
Sociedad

El duelo que nadie ve: cuando la adicción es la ausencia más difícil de nombrar

Mirelle Rosique asegura que "la droga no es el problema, es el alivio desesperado de un dolor que nunca se atendió"

Mirelle Rosique sobre el duelo de la adicción

Murcia

La adicción suele ocupar titulares por sus consecuencias más visibles, pero pocas veces se mira lo que hay debajo: un duelo antiguo, silencioso, que ha ido cavando un vacío difícil de sostener. En el nuevo episodio de 'Aprender a vivir con la ausencia', la enfermera y experta en acompañamiento al duelo Mirelle Rosique advierte de que muchas conductas adictivas no nacen del placer, sino del intento desesperado de apagar un dolor que nunca tuvo nombre.

El duelo y la adicción se entrelazan como heridas profundas que siguen abiertas

"No es falta de voluntad. Es un secuestro biológico", explica Rosique, que recuerda que la infancia marcada por carencias afectivas o trauma afecta directamente al desarrollo del cerebro. Mientras la parte racional se debilita, la amígdala —ese centro donde se cuecen el miedo, el dolor y también el placer— queda hiperactivada. "Cuando el sufrimiento te sobrepasa, buscas cualquier modo de respirar", resume.

Duelos invisibles que se acumulan

La experta insiste en que, alrededor de la adicción, la persona y su entorno viven duelos que nadie reconoce: el de la salud perdida, el del tiempo que no vuelve, el de la confianza que se rompe con cada recaída, el de la identidad que se diluye hasta no saber quién se era antes del consumo.

"La persona se deshumaniza por fuera… y por dentro", sentencia Rosique. El juicio social y el juicio propio acaban alimentando el círculo de culpa y consumo. La sustancia, sea alcohol, fármacos, drogas o incluso pantallas, funciona como un paréntesis químico que anestesia… pero congela el duelo. Y cuando se descongela, sigue estando ahí, intacto, con la misma intensidad.

El trauma de la jaula de oro

Otro de los puntos que aborda el episodio es el trauma menos evidente: el que nace en hogares donde no falta lo material, pero sí la posibilidad de ser uno mismo. "Es el trauma de la jaula de oro: no te hicieron daño… pero no te dejaron ser", explica Rosique. No se permite fallar, llorar, pedir ayuda. El amor se vuelve condicional y el sistema nervioso aprende a vivir en amenaza constante.

En esos casos, consumir no es una búsqueda de euforia: es la única manera de silenciar una voz que repite "no eres suficiente" desde la infancia.

Cómo se reconstruye una vida rota por dentro

La buena noticia —insiste Rosique— es que se puede sanar, incluso tras infancias duras, pérdidas profundas o duelos sin acompañamiento. La clave está en la neuroplasticidad del cerebro: "Lo que el trauma rompió, la relación humana puede repararlo".

Pero no hay atajos: es un camino largo, paciente, lleno de acompañamiento seguro. "No se sale con fuerza de voluntad. Se sale con ayuda, con amabilidad y con alguien que te ofrezca la mano que te faltó cuando eras niño".

Un mensaje para quienes conviven con la adicción… y para quienes la viven

A quienes sienten que conviven con alguien "que está, pero no está", Rosique les pide que entiendan que la recuperación no empieza cuando se deja de consumir, sino cuando se atiende el dolor que hay debajo.

Y para la persona atrapada entre el duelo y la adicción, deja un mensaje directo: "Si hoy estás escuchando esto, significa que tu chispa vital sigue intacta. Rompe el silencio. Habla con alguien. La palabra es la primera grieta que deja entrar la luz".