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Los últimos pescadores de arrastre de Cartagena denuncian que se sienten "furtivos siendo trabajadores del mar"

Los hermanos Fernando y José relatan el asfixio de un sector que gasta 1.100 euros diarios en gasoil y se enfrenta a inspecciones constantes

Fernando y Jose, dos hermanos pescadores de los últimos arrastreros de Cartagena

Fernando y Jose, dos hermanos pescadores de los últimos arrastreros de Cartagena

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Cartagena

Los hermanos Fernando y José, son dos de los rostros visibles de la resistencia de un sector que languidece en el muelle de la Cofradía de Pescadores de Cartagena. Languidece porque vive una paradoja amarga: aman un oficio que les asfixia. A bordo de su arrastrero que es, nos dicen, uno de los más importantes de la Región, llegan a puerto entre el bullicio y el trasiego de cajas de gamba roja, pulpo, merluza o un imponente rape. Su testimonio es necesario para entender el sector, al pescador de arrastre de toda la vida que hoy dicen Fernando y Jose, se enfrenta a un sistema que, según denuncian, les ahoga hasta el punto de sentir que llevan "una cadena al cuello que aprieta más que otra cosa".

Los últimos pescadores de arrastre de Cartagena denuncian que se sienten "furtivos siendo trabajadores del mar"

Los últimos pescadores de arrastre de Cartagena denuncian que se sienten "furtivos siendo trabajadores del mar" / ser

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Ambos tuvieron referencia en casa. Su padre, pescador durante más de 40 años, observa la entrevista que nos conceden a bordo del barco, en silencio y asintiendo a las palabras de sus dos hijos que, decidieron seguir sus pasos.

La sombra de la sospecha sobre el trabajador del mar

La sensación de ser observados constantemente es el mayor lastre para estos veteranos. Fernando, que se quedó a la puertas de estudiar Arquitectura en Madrid —“me tiró más esto que la arquitectura y aquí estoy”—, se inició en la pesca a los 17 años en barcos de madera, no reconoce la profesión en la que hoy se mueve. “Ahora mismo vamos perseguidos como si fuésemos delincuentes, como si fuésemos furtivos, porque es lo que parecemos. Estamos mucho peor que antes porque antes trabajaba más libre y ahora tenemos un montón de controles, de aparatos, de cajas azules... saben en todo momento lo que hacemos y dónde estamos”, relata con frustración.

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Esa vigilancia se traduce en una presión inspectora que consideran desproporcionada. “En dos semanas llevo cuatro inspecciones. Cualquier fallo te supone una multa mínima de 3.000, 4.000 o 6.000 euros de ahí para arriba”, explica Fernando, subrayando que esa tensión constante termina por minar la moral de cualquiera: “Esas cosas te quitan muchas veces las ganas de seguir trabajando”. Para su hermano José, la situación es especialmente dolorosa si se compara con el pasado reciente. “En el confinamiento éramos héroes. No nos dieron la opción de hacer ERTE porque éramos sector esencial y teníamos que salir a faenar con miedo de llegar a casa y pegarle algo a mis padres, que tenían 76 años. Y ahora que está todo bien, volvemos a ser criminales. Algo no funciona”, sentencia.

"Trabajamos a pérdidas"

El análisis económico que hacen los hermanos es preocupante. El esfuerzo de levantarse a las tres de la madrugada no siempre garantiza un sueldo digno a final de mes. “Lo duro es ver que todo el esfuerzo que has hecho durante el día es para a lo mejor pagar el gasoil. Yo he gastado hoy 1.100 litros, que son 1.100 euros, y aparte tengo marineros que pagar y seguros sociales”, detalla Fernando. Esta realidad les obliga a navegar en el alambre: “En Cartagena somos cuatro barcos nada más y si siguen apretando no podemos trabajar, porque trabajamos muchas veces a pérdida”.

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José, que estudió ADE e informática pero que aporta la visión desde la gestión en tierra y su formación académica, pone el foco en la injusticia del mercado global. “La Unión Europea pone leyes para Italia, Francia y España, pero el Mediterráneo africano trabaja como quiere. El Mediterráneo solo lo cuidamos nosotros, pero luego el malo somos nosotros”. Por ello, insiste en que el consumidor tiene un poder que no utiliza: “Pedir la etiqueta es un derecho. Que vean de dónde viene ese pescado aunque ponga bandera española; interesa más el pescado de otros sitios y el problema es que no sabemos lo que estamos comprando”.ç

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El contraste entre el puente de mando y la tierra

La relación entre los hermanos también deja ver las dos caras de la pesca actual. Mientras Fernando es el "lobo de mar" que no ha pegado una cabezada desde las tres de la mañana, José representa el soporte técnico y administrativo desde el muelle, a pesar de que su camino pudo ser muy distinto tras estudiar ADE e Informática. “Yo las veces que intento embarcarme no he podido, no me ha gustado porque el arrastre es aburrido”, confiesa José con sinceridad y un punto de ironía. Explica que, mientras el barco remolca las redes durante tres o cuatro horas, la marinería descansa o come, y solo el patrón permanece en alerta. “Yo prefiero el lío de la tierra, el tema de ir corriendo con las redes. Cuando mi hermano me llama porque ha roto algo y se lo soluciono, me encanta”, añade, demostrando que en la pesca moderna el trabajo en el muelle es tan vital como el de alta mar.

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Un mar menos castigado pero lleno de sorpresas

Sobre el estado de los caladeros, los hermanos ofrecen una visión que contradice algunos discursos, asegurando que el mar está respondiendo bien. “Ahora mismo el mar está mucho menos castigado; hay que entender que donde antes éramos nueve barcos en Cartagena, ahora solo somos cuatro”, detalla Fernando. Además, defienden que las normativas de mallas más grandes han permitido que el pescado inmaduro escape, favoreciendo que ahora tengan rachas “muy buenas de gamba, merluza y salmonete”. Sin embargo, la red de arrastre a veces devuelve testimonios mudos de la suciedad del ser humano: “Hay de todo, hemos sacado hasta caravanas de camping del fondo del mar”, relatan, evidenciando que los pescadores son, a menudo, los primeros en realizar una labor de limpieza ecológica que nadie les reconoce.

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La salud del Mediterráneo y el mito del anisakis

Otro de los puntos de reflexión que deja la charla es la calidad sanitaria del producto local frente al importado. José hace una defensa encendida de la seguridad del pescado de Cartagena, lanzando un dardo a las inspecciones que a veces parecen ignorar la realidad del caladero: “Habría que preguntarle a los biólogos que tanto nos aman cuántos anisakis hay en el Mediterráneo. La última bióloga que vino nos comentó que aquí no se ha detectado”. Para los hermanos, este es un argumento de peso que el consumidor desconoce cuando elige productos de otros océanos: “España tiene un proceso de trazabilidad donde la Cofradía da el visto bueno de que el pescado es legal y apto; el problema es que nos llenan las grandes superficies con pescado de países que no tienen ni esta sanidad ni esta seguridad”.

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El fin del relevo y la "antigüedad" de la subasta

La falta de futuro es la mayor preocupación de una familia que ha hecho del mar su vida. Fernando, al que le tiró más subir al arrastrero para seguir la tradición familiar, lamenta que no haya apoyo para los jóvenes. “Es una pena que no haya una generación que continúe. Los gobiernos deberían promover el estudiar la mar y favorecer que los chavales conozcan esto”.

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Además, critican un sistema de venta que consideran anacrónico que se sigue realizando a diario en la Cofradía de Pescadores y que para ellos se trata de una subasta a la baja. “Yo pienso que debería ponerle el precio a mi producto. Es como cuando voy a un restaurante y pago un euro por el café porque el dueño lo ha decidido; yo, en cambio, pongo mi producto ahí a que me den lo que quieran por él y eso es antiguo”, defiende Fernando.

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José concluye con una advertencia sobre la soberanía alimentaria que nos espera en el futuro: “El que hace las leyes, por favor, que se moje aunque sea los pies en La Manga. Que venga un día y vea lo que es esto antes de hacer la ley, porque el problema es que cuando el sector primario se vaya, España va a depender de terceros países para comer”. A pesar de los temporales que les han dejado “36 horas sin ver la costa” y los días de averías, los hermanos siguen bajando al muelle cada día, custodiados por la Virgen del Carmen en su puente de mando, esperando que, algún día, se les vuelva a tratar como los trabajadores esenciales que nunca han dejado de ser.

 

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